Charles Spencer Chaplin: «Mirada de cerca, la vida es una tragedia, pero vista de lejos, parece una comedia»
La frase captura la esencia de la forma de concebir el cine por parte del cineasta y actor
En su contexto, la reflexión se suele asociar a su emocionante regreso a los Estados Unidos
Ganador de tres premios de la Academia (uno de ellos honorífico), Charles Spencer Chaplin es la imagen propia del séptimo arte. Su silueta, gestos y mirada canibalizan la disciplina. Porque posiblemente, ningún otro actor de la historia represente, una figura tan asociada al mito fundacional de lo que después conoceríamos como cine moderno. Así, como todo genio que se precie, el británico también nos dejó piezas de sabiduría fuera del set de rodaje. La que recordamos hoy, refleja a la perfección no sólo su forma de entender el celuloide, sino de comprender la vida.
«Mirada de cerca, la vida es una tragedia, pero vista de lejos, parece una comedia», recoge por primera vez en la biografía del intérprete, Gerith von Ulm. La sentencia aparece en Charles Chaplin: King of Tragedy, publicado en 1940. Pero la filosofía de la misma cobró un sentido completo cuando se produjo uno de los momentos más emotivos de su carrera: el histórico regreso a Hollywood en la 44ª. Edición de los Oscar.
Charles Chaplin y su exilio en la Caza de brujas
Por culpa del «macartismo», conocido popularmente como la «caza de brujas», Charles Chaplin tuvo que abandonar los Estados Unidos en 1952. El contexto de la Guerra Fría había incitado a una persecución política por parte del FBI y, aprovechando que el director fue a Londres para estrenar Candilejas, al volver se encontró con que su permiso para entrar al país había sido revocado.

El pánico anticomunista se apoderó de la sociedad norteamericana en aquella época y el director del FBI por aquel entonces, J. Edgar Hoover, se obsesionó con rostros populares como el de Chaplin. De hecho, el gobierno federal llegó a acumular un archivo secreto de casi 2.000 páginas en las que se le consideraba una amenaza por, entre otras cosas, sus críticas al sistema capitalista en Tiempos modernos (1936) y el hecho de nunca haber querido nacionalizarse como estadounidense a pesar de haber vivido y cosechado su fortuna durante 40 años en Estados Unidos.
Tras ello, el gobierno y la prensa conservadora utilizaron su controvertida vida sentimental para atribuirle la categoría de hombre «inmoral». Un cóctel explosivo que terminaría en el exilio, hasta que el oscarizado artista demostrase su «valía moral y política» en un interrogatorio. Chaplin, enfadado por el maltrato recibido, se negó a defenderse y a regresar, estableciéndose en Suiza.
En Europa mantuvo una vida tranquila, aunque siguió trabajando en su cine. En 1957 estrenó Un rey en Nueva York, una crítica feroz y directa contra el macartismo, y en 1967 lanzó su último largometraje, Una condesa de Hong Kong, protagonizada por Marlon Brando y Sophia Loren. Fue la única película en color que dirigió.
Un Oscar Honorífico conmovedor: 12 minutos de ovación
Con el tiempo, el mundo lo colmaba de honores y Estados Unidos intentaba hacer olvidar esa mancha histórica. Dos décadas después, la industria le entregó el Oscar honorífico y, aunque Chaplin estaba temeroso del recibimiento, la respuesta fue unánime: el público lo vitoreó durante 12 minutos.
Visiblemente emocionado, el británico pronunció estas palabras que recoge el archivo histórico de los Oscar: «Oh, muchísimas gracias. Este es un momento emotivo para mí, y las palabras parecen tan inútiles, tan débiles. Sólo puedo darles las gracias por el honor de invitarme. Son personas maravillosas y encantadoras. Gracias».
Chaplin se reencontró con la Academia y, lejos de mostrarse rencoroso, escenificó un agradecimiento total. Al igual que su icónica frase, algunos tramos de su vida pudieron ser trágicos y difíciles. Pero una vez pasado el tiempo, su regreso tuvo un cariz amable y cálido, propio de las mejores comedias.