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CRÍTICA

‘El Holandés errante’ llega en la madurez del Teatro Principal

La razón del estreno en Palma venía motivada por el espíritu de celebrar los 40 años de la Temporada de Ópera

La razón del estreno en el Teatro Principal de Palma venía motivada por el espíritu de celebrar los 40 años que cumple la Temporada de Ópera, puede incluso que celebrar asimismo los 150 años del Festival de Bayreuth, cuya primera edición tuvo lugar en 1876 en el Festspielhaus, construido bajo el mecenazgo de Luis II de Baviera. También, mira por dónde, celebrando el Nuevo Bayreuth que regresaba ya sin interrupciones a partir de 1951, hace 75 años. El Holandés errante no era inédito del todo, puesto que el 2001 fue interpretado en versión concierto en el Auditórium, como parte de la XV Temporada de Ópera mientras estaba cerrado por obras el Principal. 

La Temporada de Ópera del Teatro Principal de Palma los días 18, 20 y 22 de febrero ha decidido regalarse un momento histórico sin lugar a dudas. El motivo de incluir por primera vez a Richard Wagner en sus 40 años de trayectoria ininterrumpida era, precisamente, celebrar la cifra redonda. 

Había un problema técnico, antes que de madurez, impidiendo programar un Wagner: el foso del Principal no tiene capacidad para alojar el potencial sinfónico necesario para ello. Elegir El Holandés errante, no era gratuito, puesto que tratándose de una obra de juventud quedaba a mano, siempre y cuando la Orquesta Sinfónica de Baleares aceptase el esfuerzo de reunirse en un espacio incómodo para una plantilla superior a los 30 músicos al estar hablando de un compositor que transformó radicalmente el papel de la voz humana y de la orquesta en los usos de la ópera tradicional.

El trazo característico que se repite en Richard Wagner desde El Holandés errante (1843) es, precisamente, fijar su estilo en dos herramientas a modo de pilares estratégicos: actores que cantan, no cantantes que se lucen, y dar a la música una personalidad diferenciada a partir de la melodía infinita, lo que permitía que la acción transcurriera sin interrupciones. El gran acierto del Principal ha sido elegir voces wagnerianas para los personajes centrales que sin duda están, muy en especial, en el bajo-barítono George Gagnidze (Holländer) y la soprano Iwona Sobotka (Senta), los dos debutando en la temporada del Principal. Un tercer elemento imprescindible, los personajes del marino Daland en la voz del bajo Vazgen Gazaryan (también debutaba) y Erik, el joven enamorado de Senta encarnado por el tenor Alejandro Roy.

Teníamos entonces en escena los ingredientes necesarios para degustar con garantías de éxito un  Wagner en estado de gracia que venía a coronar bien a las claras, y felizmente, la mayoría de edad del Teatro Principal. 

No nos olvidemos del coro y de otras voces secundarias. El coro estuvo en grado sublime, tanto en el coro de las hilanderas, que abre el Acto II, y así volvía a ocurrir en el coro de los marineros del Acto III. También los pasos intermedios, en especial al finalizar el Acto I, fueron extraordinarios en su aportación a la narrativa. El tenor mallorquín Joan Laínez era el timonel en el solo que tiene lugar al comienzo del Acto I y la mezzo valenciana Ana Ibarra, como la niñera de Senta y supervisora de las hilanderas en el barco de Daland completan el juego de voces que juegan a favor de que fluya la música de manera continua y siempre remando a favor de la narrativa.  

Los momentos cumbres de las voces principales se concentran en el Acto I con el dramático y conmovedor monólogo de Holländer y en el Acto II al llegar la Balada de Senta, que viene a ser el antídoto a la desesperación expresada desde el monólogo, complementándose así los dos rasgos más presentes en el legado wagneriano: el personaje marcado por la soledad y la culpa, que solo podrá ser reparado a través de la redención del amor.

El Holandés errante marcó la transición desde la ópera tradicional, que era la norma en aquella época, al drama musical moderno. Wagner consideraba esta obra como el verdadero comienzo de su andadura, dejando atrás sus intentos anteriores –más convencionales-, inaugurando de paso la trilogía romántica continuada con Tanhäuser (1845) y Lohengrin (1850). Ser él el mismo el autor del libreto de El Holandés errante, en cierto sentido como refugio autobiográfico parapetado en una leyenda nórdica, desencadenaba un drama impregnado de incendiadas revueltas emocionales que él mismo de algún modo había experimentado como viajero errante que un día fue.  

Siendo una obra de juventud -se estrenó cuando Wagner tenía 29 años- lo cierto y relevante es que presenciamos en El Holandés errante un pasaje trascendental en la historia de la música. Un acto revolucionario en toda regla y que solo podía llegarnos al corazón a través del cuidado extremo de la música y de las voces capaces de encarnar el romanticismo más oscuro.

Una colosal obertura que, además, estrenaba el leitmotiv en aquellos días, ya presagiaba el poema sinfónico que empezaba a desencadenarse. En el foso, una excelente batuta bien conocida por el público de Mallorca: Guillermo García-Calvo, quien en dos ocasiones había dirigido a nuestra Sinfónica, la primera en 2018 con Joaquín Achúcarro de solista invitado y la segunda el año 2024 dirigiendo la Sinfonía nº 5 de Gustav Mahler. Su pulso firme y delicado se encargó de hacernos llegar en plenitud este drama musical.

Quienes fueron capaces de ponerse en la piel del espectador de hace 183 años asistieron -visto desde el presente- a un momento único, conmovedor, al presentir que estaba naciendo una idea nueva jamás antes ensayada. Las voces de Holländer y Senta acompañaban con desgarrada convicción y así la conmoción, finalmente, daría paso a un inesperado descubrimiento.