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Antoni Cerdá: «Devolvería todos los premios, medallas y distinciones recibidos durante mi carrera por encontrar a Ana Eva Guasch»

El ex comisario jefe de la Policía Judicial de la Policía Nacional reconoce, 25 años después de la desaparición de la profesora Ana Eva Guasch Melis

Ana Eva Guasch, 25 años de ausencia: el recuerdo de una profesora que Mallorca nunca olvidó

Antoni Cerdá, ex comisario jefe de la Policía Judicial de la Policía Nacional en Baleares, reconoce los errores cometidos en la investigación de la desaparición de Ana Eva Guasch, la joven profesora de 27 años a la que se perdió la pista en Palma en octubre de 2001. Veinticinco años después, el caso continúa sin resolverse y su paradero sigue siendo desconocido. «Falló la Policía en su conjunto», admite Cerdá, que considera que se tendría que haber actuado con mayor rapidez y dedicado más medios a esclarecer lo ocurrido.

El pasado 21 de octubre se cumplieron 25 años de la desaparición de Ana Eva Guasch, uno de los casos que más han marcado la crónica de sucesos de Mallorca. Un cuarto de siglo después, la incertidumbre continúa pesando sobre su familia y sus amigos, que nunca han dejado de reclamar respuestas. Para Antoni Cerdá, el caso sigue representando una espina clavada en su trayectoria profesional.

El ex comisario reconoce que cambiaría todos los reconocimientos recibidos durante su carrera por encontrar a la joven. «Devolvería todos los premios, medallas y distinciones recibidos durante mi carrera por encontrar a Ana Eva», asegura con la impotencia que todavía siente ante una investigación que no logró esclarecer qué ocurrió aquella noche de octubre de 2001.

Cerdá no elude la autocrítica cuando recuerda las actuaciones policiales. A su juicio, la investigación de la desaparición de Ana Eva Guasch no estuvo a la altura de lo que exigían las circunstancias. El exresponsable policial admite que se cometieron errores y considera que habría sido necesario trabajar con mayor intensidad desde el primer momento.

«Se tendría que haber hecho más y más rápido», sostiene. Su reflexión apunta directamente a la importancia de las primeras horas tras una desaparición, un periodo en el que la recopilación de testimonios, la búsqueda de indicios y la reconstrucción de los últimos movimientos pueden resultar determinantes.

El ex comisario recuerda que los medios técnicos de hace 25 años eran muy diferentes de los actuales. Entonces no se disponía de las posibilidades que ofrecen hoy los análisis de ADN, las cámaras de vigilancia tenían importantes limitaciones y algunas grabaciones se borraban cada 24 horas. Tampoco existían los actuales sistemas de geolocalización de los teléfonos móviles.

Sin embargo, Cerdá no considera que esas limitaciones tecnológicas expliquen por sí solas que el caso continúe sin resolver. La falta de herramientas actuales no eximía a los investigadores de la obligación de agotar las vías de investigación disponibles. Por eso insiste en que habría sido necesario actuar antes y con mayor eficacia.

La desaparición de la joven profesora no quedó relegada al recuerdo profesional de Cerdá. Durante los años en los que estuvo al frente de la Policía Judicial, mantuvo la fotografía de Ana Eva sobre su mesa, como un recordatorio permanente de una investigación que no había conseguido cerrar.

El mando policial recuerda especialmente las visitas de los padres de la joven, que acudían para interesarse por las pesquisas y tratar de encontrar alguna respuesta sobre el paradero de su hija. Aquellos encuentros le afectaban profundamente y reconoce que, después de recibirlos, la preocupación continuaba acompañándolo durante horas.

Cerdá admite que las visitas de los padres de Ana Eva le impedían dormir aquella noche. La impotencia de no poder ofrecerles una explicación definitiva convertía cada encuentro en un recordatorio del sufrimiento de una familia que llevaba tiempo esperando noticias.

Su testimonio pone de manifiesto la dimensión humana de un caso que, más allá de las diligencias policiales y las hipótesis investigadas, dejó a unos padres sin saber qué había ocurrido con su hija.

Entre las cuestiones que siguen rodeadas de incógnitas está la posibilidad de reconstruir lo sucedido aquella noche. Cerdá considera que encontrar el cuerpo de Ana Eva habría supuesto una oportunidad fundamental para avanzar en la investigación.

El hallazgo de una víctima puede proporcionar información forense sobre las circunstancias de su muerte, aportar indicios y permitir nuevas líneas de trabajo para identificar a un posible responsable. En palabras del excomisario, «cuando se encuentra el cadáver, siempre tienes una puerta abierta para encontrar al asesino».

La ausencia de ese hallazgo ha contribuido a mantener las incógnitas sobre el destino de la joven. No obstante, localizar un cadáver tampoco garantiza por sí solo resolver un crimen: el resultado depende de los indicios disponibles y de la posibilidad de relacionarlos con los hechos investigados.

Imagen de la profesora desaparecida hace 25 años, Ana Eva Guasch.

La frustración por la falta de respuestas también ha llevado a otras figuras vinculadas al caso a reconocer las dificultades y las carencias del proceso. El juez José Castro pidió perdón a los familiares por no haber sabido darles una respuesta, un gesto que refleja el impacto que la desaparición ha tenido durante décadas.

Ana Eva tenía 27 años, era licenciada en Filología y trabajaba como profesora en el colegio Santa Mónica de Palma, cerca de la calle Aragón. Quienes la conocían la describían como una joven alegre, extrovertida y responsable, que atravesaba una etapa de ilusión personal y profesional. Había comenzado a vivir por su cuenta y mantenía una vida social activa, rodeada de amistades y nuevos proyectos.

La noche anterior a su desaparición había salido con sus amigos. Durante la madrugada, condujo su coche para acompañar a varios de ellos hasta sus respectivos domicilios antes de regresar a su vivienda. Nada hacía pensar que aquella sería la última ocasión en que se tendría constancia de sus movimientos.

El domingo tenía previsto encontrarse con sus amistades, pero cuando acudieron a su casa, nadie respondió a la puerta. Al día siguiente, su ausencia en el trabajo hizo saltar las alarmas. Ana Eva era una persona responsable y quienes la conocían no creían que hubiera faltado a sus obligaciones sin avisar.

La preocupación aumentó y la familia denunció la desaparición. Cuando sus allegados accedieron a la vivienda, encontraron el coche correctamente aparcado y sus pertenencias personales en el interior. La documentación y las llaves seguían allí. También había ropa en la lavadora, preparada para un lavado que nunca llegó a comenzar. Aquellos detalles alimentaron las preguntas sobre lo ocurrido, pero no permitieron establecer qué había sucedido ni dónde se encontraba la joven.

A lo largo de los años, la investigación de la desaparición de Ana Eva Guasch en Mallorca estuvo rodeada de diferentes hipótesis. Parte de las pesquisas se centró en un hombre con quien la profesora había iniciado una relación sentimental. El joven, de nacionalidad argentina, fue detenido en varias ocasiones, negó cualquier implicación y quedó en libertad al no existir pruebas suficientes contra él.

Con el paso del tiempo, el caso se convirtió en uno de los episodios más recordados de la crónica de sucesos de Mallorca y en un ejemplo del sufrimiento que afrontan las familias de personas desaparecidas cuando pasan los años sin una explicación.

El escenario de la desaparición también ha cambiado. El edificio donde vivía Ana Eva, situado en la confluencia de las calles Aragón y Reina Violante, fue demolido años después. La vivienda en la que transcurrieron sus últimas horas conocidas ya no existe, pero las preguntas sobre aquella madrugada permanecen.

Para Cerdá, el caso sigue teniendo un significado que va más allá de su trayectoria policial. Su reconocimiento de los errores y su deseo de encontrar a la joven reflejan la frustración de no haber podido ofrecer una respuesta definitiva a sus familiares.

Veinticinco años después, Ana Eva Guasch continúa desaparecida y su paradero es desconocido. Su historia recuerda la importancia de actuar con rapidez ante una desaparición, preservar los indicios y agotar las vías de investigación disponibles.

La eventual prescripción de posibles delitos y sus consecuencias jurídicas deben abordarse con información judicial contrastada. En cualquier caso, el transcurso del tiempo no borra la necesidad de conocer qué ocurrió.

Antoni Cerdá lo resume con una declaración que refleja el peso que este caso conserva en su memoria: devolvería todos los premios, medallas y distinciones de su carrera por encontrar a Ana Eva. Para su familia y sus amigos, la prioridad sigue siendo la misma: saber dónde está Ana Eva Guasch y conocer la verdad.