La psicología sugiere que los nacidos a partir del 2000 tienen otra configuración del cerebro y no es por simple evolución, sino porque el uso de las pantallas reescribe el desarrollo cerebral

Publicado el: 28 de junio de 2026 a las 20:42
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Adolescente utilizando un teléfono móvil mientras una representación del cerebro ilustra cómo las pantallas pueden influir en el desarrollo cerebral durante la juventud.

El cerebro no se termina de «cerrar» el día que una persona cumple 18 años. Un nuevo marco teórico publicado en Brain Health plantea que las experiencias vividas desde antes del nacimiento hasta aproximadamente los 25 años pueden quedar integradas en la arquitectura cerebral de una forma más profunda de lo que se pensaba.

La idea llega en pleno debate sobre móviles, redes sociales y salud mental juvenil. En España, DataReportal estima que había 46,1 millones de usuarios de internet y 39 millones de identidades activas en redes sociales a finales de 2025, un contexto que ayuda a entender por qué los autores piden estudiar mejor qué pasa cuando una infancia crece pegada a pantallas.

Qué es el criticoma

El trabajo propone una palabra nueva para ordenar una pregunta vieja. Michel Cuenod y Kim Q. Do, del Centro de Neurociencia Psiquiátrica de la Universidad de Lausana, junto con Julio Licinio, de SUNY Upstate Medical University, llaman «criticoma» al conjunto de experiencias sensoriales, sociales, culturales y ambientales que el cerebro incorpora durante sus etapas más moldeables.

Dicho de forma sencilla, no hablamos solo de recuerdos. También entran la lengua que se escucha en casa, las relaciones familiares, la escuela, el barrio, el miedo, el juego, la música, el deporte y, ahora, las pantallas. Todo eso puede funcionar como el andamio de una obra en construcción.

Estas etapas moldeables se conocen como períodos críticos de plasticidad. Plasticidad significa que las conexiones del cerebro pueden cambiar con facilidad, como una masa blanda que todavía admite forma. Luego se endurece un poco. No del todo, pero sí lo suficiente como para que aprender o reparar algunas cosas cueste más.

Hasta los 25 años

La cifra de los 25 años no es una frontera mágica. Los propios autores señalan que algunas partes del cerebro maduran antes, mientras otras, relacionadas con planificar, decidir o regular emociones, siguen ajustándose durante la juventud.

Eso cambia la conversación sobre adolescencia. Si el cerebro aún está reorganizando sus circuitos, lo que ocurre en esos años no es un simple decorado. Puede influir en cómo una persona interpreta señales sociales, controla impulsos o responde al estrés.

También explica por qué ciertas habilidades se aprenden mejor pronto. Un idioma, un instrumento o un deporte no entran igual a los seis años que a los quince. En la práctica, el cerebro no solo acumula horas, sino que aprovecha ventanas de oportunidad.

Salud mental

El estudio propone mirar varios trastornos mentales con una lente más amplia. En lugar de verlos solo como fallos del cerebro adulto, sugiere que algunos podrían entenderse también como problemas del desarrollo, vinculados a cómo ciertas experiencias se integraron durante etapas clave.

Los autores mencionan trastornos como la esquizofrenia, la depresión mayor, el estrés postraumático y el autismo. No dicen que todo dependa del entorno ni que la biología deje de importar. La idea es más matizada. Genes, experiencias y momento vital se cruzan.

«Los datos llevan años indicándonos que la esquizofrenia es un trastorno del desarrollo», afirma Cuenod, según el comunicado de Genomic Press. Su punto es que la pregunta ya no sería solo qué falla en el cerebro adulto, sino qué pudo no integrarse bien y cuándo ocurrió.

El caso de la depresión

Para la depresión mayor, la revisión recupera una investigación con gemelos idénticos criados juntos, pero con vidas distintas respecto a la enfermedad. Al compartir genética y hogar, esos casos permiten observar con más detalle el peso de experiencias posteriores, como rupturas, conflictos o relaciones difíciles.

Los autores usan esa idea para hablar de continuidad acumulativa. Es una forma técnica de decir que pequeñas diferencias pueden crecer con los años, como una bola de nieve. Al principio parecen poco. Después pesan.

Esto no convierte cada mala experiencia en una condena. Pero sí recuerda algo incómodo y útil a la vez. Las trayectorias vitales se construyen con muchas piezas pequeñas, y algunas llegan justo cuando el cerebro está más sensible.

Pantallas en juego

La gran incógnita está en las pantallas. Los autores son prudentes y no afirman que móviles o redes sociales causen directamente trastornos mentales. Lo que sostienen es que la exposición digital actual no tiene precedentes y ocurre justo durante años de alta plasticidad cerebral.

La investigación previa ya da pistas para tomarse el asunto en serio. Un estudio publicado en JAMA Pediatrics siguió durante tres años a adolescentes y observó que revisar redes sociales de forma habitual se asociaba con cambios en la sensibilidad del cerebro ante recompensas y castigos sociales.

¿Significa eso que cada notificación daña el cerebro? No. Significa que el cerebro adolescente presta mucha atención a la aprobación social, y las redes están llenas de señales de ese tipo. Likes, mensajes, silencios y comparaciones entran en la mochila diaria.

Lo que falta por saber

El criticoma no es una prueba médica ni una máquina capaz de medir cada experiencia dentro del cerebro. Es un marco para hacer mejores preguntas. Los autores reconocen que aún faltan métodos para traducir esta idea en mediciones claras y tratamientos concretos.

Por eso el mensaje no debería reducirse a prohibir pantallas sin más. La cuestión es entender qué contenidos, qué edades, qué horarios y qué contextos familiares hacen más probable un impacto negativo o positivo. Al final del día, no es lo mismo una videollamada con un amigo que una madrugada entera saltando de un vídeo a otro.

El estudio principal se ha publicado en Brain Health.


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