Un aparato que cabe en una mochila puede vigilar una carretera, corregir el fuego de artillería o lanzarse contra un vehículo que cuesta millones. En Ucrania, esa mezcla de cámara, explosivo y producción en masa ha convertido a los drones en una presencia casi constante sobre el frente.
Pero cambiar la forma de combatir no es lo mismo que decidir una guerra. El análisis de Fernando Fuster sostiene que los drones ya han provocado una revolución táctica, es decir, han cambiado cómo se lucha. Aún no han demostrado una capacidad estratégica comparable a la que tuvieron el avión o el carro de combate en el siglo XX.
De experimento a arma masiva
Un dron es un vehículo sin tripulación que puede ser guiado a distancia o seguir instrucciones automatizadas. El concepto no nació con los cuadricópteros comerciales. En 1917, Charles Kettering diseñó el Kettering Bug, un pequeño avión cargado con explosivos y guiado mediante controles previamente ajustados.
En los años treinta, el británico Queen Bee sirvió como blanco controlado por radio. Décadas después, los aparatos de reconocimiento de Vietnam y el Predator armado mostraron que una aeronave sin piloto podía observar y atacar lejos de su base. La ruptura reciente llegó con cámaras pequeñas, componentes civiles baratos y software accesible.
Ucrania llenó el frente de drones
Tras la invasión rusa a gran escala de febrero de 2022, los cuadricópteros comerciales y los FPV pasaron de ser soluciones improvisadas a material de consumo diario. FPV significa vista en primera persona, ya que el operador recibe la imagen de la cámara como si viajara dentro del aparato.
El Ministerio de Defensa de Ucrania informó de que sus fuerzas recibieron tres millones de drones FPV en 2025 y más de 15.000 robots terrestres. Rusia también institucionalizó su empleo mediante el centro Rubikon y nuevas unidades especializadas. La improvisación se convirtió en estructura militar.
Algunas estimaciones militares estadounidenses atribuyen a los sistemas no tripulados entre el 70 y el 80 por ciento de las bajas de combate de ambos bandos a mediados de 2025. No es un recuento independiente y debe leerse con cautela, pero ilustra hasta qué punto estos aparatos han desplazado parte del protagonismo de la artillería.
Un campo de batalla casi transparente
Los drones no solo atacan. También observan trincheras, siguen vehículos y envían coordenadas en segundos, lo que acorta el tiempo entre localizar un objetivo y disparar contra él. El Ejército estadounidense describe este entorno como un campo de batalla transparente, marcado por una vigilancia casi constante.
En la práctica, eso obliga a dispersar tropas, esconder antenas y mover suministros en grupos pequeños. El instituto británico RUSI sitúa la franja más disputada en torno a 15 kilómetros de anchura, una zona donde concentrar vehículos o permanecer quieto demasiado tiempo puede resultar fatal.
¿Cómo se descansa cuando cualquier zumbido puede anunciar un ataque? Un análisis del Ejército de Estados Unidos advierte de que la presencia persistente de drones genera ansiedad anticipatoria y prolonga el estrés mucho más allá del momento del combate.
La defensa siempre llega detrás
Interferir la señal funcionó durante un tiempo, pero ambos bandos han adaptado sus aparatos. Los drones guiados mediante fibra óptica desenrollan un cable fino durante el vuelo y no dependen de una conexión de radio. Por eso resisten mejor la guerra electrónica, que intenta bloquear o engañar sus señales.
Las respuestas van desde redes sobre carreteras y jaulas metálicas en vehículos hasta escopetas, drones interceptores y misiles. El problema es económico. Derribar un aparato barato con un interceptor mucho más caro puede proteger el objetivo de hoy y vaciar las reservas de mañana.
Las armas de energía dirigida, que concentran láseres o microondas sobre el blanco, buscan romper esa cuenta. Israel entregó a sus fuerzas su primer Iron Beam operativo en diciembre de 2025, mientras que la empresa Epirus afirmó haber neutralizado 49 drones con un solo pulso de microondas en una prueba. Son avances relevantes, pero todavía no resuelven por sí solos la defensa frente a ataques numerosos y cambiantes.
Revolución táctica, duda estratégica
Los drones ya han cambiado la táctica. Permiten atacar con precisión desde unidades pequeñas, vigilar rutas y dificultar grandes concentraciones, pero no ocupan terreno, no sostienen una línea por sí solos ni sustituyen la logística, la infantería o la artillería. Ahí está el límite.
Las grandes potencias han entendido que la cantidad también cuenta. El Ejército de Estados Unidos puso en marcha un programa para adquirir unas 340.000 pequeñas aeronaves no tripuladas en dos años, con la meta de entregar cientos de miles antes de 2027. El mensaje es claro, los ejércitos se preparan para un cielo lleno de máquinas baratas.
El siguiente salto será una autonomía mayor, con enjambres capaces de compartir información y elegir rutas con menos intervención humana. El Comité Internacional de la Cruz Roja pide reglas vinculantes y control humano efectivo sobre las decisiones de vida o muerte. La tecnología avanza deprisa, mientras la doctrina y el derecho intentan alcanzarla.
El análisis principal, firmado por Fernando Fuster, se ha publicado en defensa.com.









