Opinión

Secretos de Estado: el poder residual de Zapatero

Zapatero, que fue presidente del Gobierno y ahora parece una especie de embajador oficioso de sí mismo, vuelve a pasearse por los titulares con ese aire de seminarista que sabe más de lo que dice. En España los expresidentes no se retiran: se diluyen en la estructura del Estado como el coñac viejo en la madera de una barrica. No están, pero están.

Y Zapatero está… pero, ¿cómo?

Su nombre ha vuelto a aparecer entre papeles judiciales, sospechas políticas y ese barro espeso que siempre rodea al dinero público cuando alguien decide rescatar una aerolínea que casi nadie había visto despegar. El rescate de Plus Ultra, que sonó a operación humanitaria para algunos y a negocio sospechosamente generoso para otros, ha hecho que el expresidente tenga que comparecer en el Senado. Él lo niega todo con esa sonrisa lenta y un poco sacerdotal, que parece decir: yo pasaba por aquí.

Dice que no cobró por mediar en Venezuela. Dice que su labor fue altruista, casi misionera, como si hubiese ido a Caracas con una Biblia democrática bajo el brazo. Aunque luego admite que sí, que cobró setenta mil euros al año de una consultora relacionada con los intermediarios de aquel ecosistema político que florece entre el chavismo, los negocios y la geopolítica tropical. Setenta mil euros no es mucho dinero para un expresidente, pero tampoco es calderilla para un mediador espiritual y misionero.

El problema, sin embargo, no es el dinero. El problema es el poder.

Zapatero gobernó España siete años, y siete años en el poder dan para plantar un bosque de nombramientos. Fiscales, altos cargos, diplomáticos, directores generales, jefes policiales, consejeros de empresas públicas, asesores que luego pasan a otros despachos. Una presidencia deja siempre una pequeña cartografía humana repartida por el Estado. No es una conspiración; es simple biología del poder.

Y es que el poder crea memoria. Y la memoria crea influencia.

Porque un expresidente no sólo guarda fotos con líderes extranjeros y discursos encuadernados. Un expresidente guarda secretos de Estado. Conversaciones que no están en las actas. Informes que nunca llegaron al Parlamento. Operaciones diplomáticas que se movieron en la penumbra del CNI y de las cancillerías amigas. Cosas que, llegado el caso, pueden recordarse sin necesidad de contarlas. El secreto de Estado es como una pistola que nunca hace falta disparar. Basta con que esté sobre la mesa.

Zapatero, además, tiene otra geografía de poder: Venezuela. Durante años ha ido y venido de Caracas como quien tiene allí una segunda oficina política. Ha hablado con chavistas, con opositores, con empresarios, con mediadores internacionales. Ha jugado a ser diplomático sin bandera, árbitro sin silbato, confesor de un régimen que lleva años viviendo entre sanciones, petróleo y propaganda.

Ese mundo, naturalmente, también guarda secretos. Y los secretos —en política— son una moneda más sólida que el euro. De momento, el clima le es favorable. En La Moncloa gobierna Pedro Sánchez, que conoce bien el valor de las lealtades tácticas y la utilidad de los veteranos que saben demasiado. Mientras ese bastón político exista, Zapatero camina tranquilo por los pasillos de la actualidad, como un viejo zorro que ya ha visto todas las cacerías.

La pregunta es otra. Qué ocurrirá el día en que cambie el gobierno, el viento judicial se vuelva más frío y algún juez decida mirar con más detalle ese pequeño universo de mediaciones, consultoras y rescates milagrosos. ¿Hasta dónde estará dispuesto a llegar Zapatero?

Porque hay dos tipos de expresidentes: los que escriben memorias… como Winston Churchill y los que guardan archivos. Y Zapatero siempre ha tenido más cara de archivero del poder que de jubilado de las letras. Algo así como José Bono, exministro de Defensa español y expresidente del Congreso, quien ha estado envuelto en presuntas y controvertidas posesiones de documentos oficiales al dejar sus cargos. Así es nuestra España.