Ciencia índice del calzoncillo

¿Están locos estos suizos? Entierran 2.000 calzoncillos para un experimento que mide la salud del suelo

Un millar de voluntarios enterró la ropa interior durante dos meses en 1.000 puntos del país

Cuanto más rápido se descompone el algodón, más activa y sana está la tierra que lo rodea

No es lo mismo biodegradable que compostable: te contamos la diferencia

calzoncillos enterrados
Tras permanecer enterrado en el suelo durante dos meses y ser descompuesto por los organismos del terreno, un par de ropa interior de algodón nueva (izquierda) muestra claros signos de descomposición (derecha). (Foto: Nicolas Zonvi).
Antonio Quilis
  • Antonio Quilis
  • Periodista especializado en información medioambiental desde hace más de 20 años y ahora director de OKGREEN en OKDIARIO. Anteriormente director de El Mundo Ecológico. Colaborador en temas de medioambiente, ecología y sostenibilidad en Cadena Ser.

¿Están locos estos suizos? La pregunta es legítima cuando uno se entera de que un millar de ellos se dedicó, pala en mano, a enterrar 2.000 calzoncillos de algodón en jardines, prados y campos de labranza.

Detrás de la estampa, sin embargo, no hay excentricidad alguna, sino uno de los experimentos de ciencia ciudadana más ingeniosos de los últimos años. El proyecto se llama Beweisstück Unterhose, que en alemán viene a significar «calzoncillo como prueba pericial», y en inglés se rebautizó con retranca como Proof by Underpants.

Un calzoncillo como termómetro de la tierra

El nombre es una broma, pero la misión va en serio: sacar a la luz el universo que late bajo nuestros pies. Se estima que más de la mitad de la biodiversidad del planeta vive bajo tierra, y de esa vida invisible depende buena parte de nuestra comida.

La idea de partida es tan sencilla como brillante. Como el algodón es materia orgánica, cuanto más rápido lo devoran los organismos del suelo, más viva y sana está esa tierra. Un simple calzoncillo se convierte así en un medidor barato, visual e inmediato de la actividad biológica que se esconde a pocos centímetros de la superficie.

El experimento lo lanzaron en 2021 la Universidad de Zúrich (UZH) y Agroscope, el centro suizo de excelencia en investigación agrícola. Siguiendo un protocolo estandarizado, 1.000 voluntarios enterraron más de 2.000 calzoncillos de algodón y 12.000 bolsitas de té en cerca de 1.000 localizaciones repartidas por todo el país.

muestrario calzoncillos enterrados
Una selección de las más de 2.000 prendas de ropa interior de algodón, en diversos grados de descomposición, que fueron enterradas en campos, prados y jardines. (Foto: Priska Koller, Agroscope).

Dos meses bajo el barro

Dos meses después, los participantes desenterraron las prendas, las fotografiaron y las enviaron al laboratorio junto con una muestra de suelo para su análisis. El resultado, un auténtico mapa de la actividad del suelo suizo, acaba de publicarse en la revista Plants, People, Planet.

La participación fue tan masiva que se refleja incluso en la autoría del estudio: alrededor de 240 ciudadanos de a pie figuran como coautores del trabajo científico. Los datos proceden de todas las regiones de Suiza y conforman uno de los conjuntos de información más completos que existen sobre la vida del suelo del país.

Y el veredicto de los calzoncillos fue rotundo. El uso que se le da a la tierra es el factor que mejor explica lo activa que está, por encima de casi cualquier otra propiedad del suelo. Cómo se gestiona un terreno pesa más que su composición química a la hora de determinar cuánta vida alberga.

calzoncillos algodón suiza
¿Descomposición leve o avanzada? Cuanto mayor sea la actividad de los organismos del suelo, más rápido se descompondrá el material de algodón. (Imagen: Gabriela Brändle, Agroscope).

Los jardines ganan; el césped pierde

El algodón se descompuso a mayor velocidad en los jardines privados, donde los investigadores encontraron los niveles más altos de materia orgánica: condiciones ideales para lombrices, hongos, bacterias y demás inquilinos del subsuelo. Allí los calzoncillos apenas resistieron.

En el extremo opuesto se situaron los céspedes, con la vida del suelo bajo mínimos. Los campos de cultivo y los prados quedaron en una posición intermedia, ni tan voraces como los huertos ni tan aletargados como el césped ornamental.

«Nuestros resultados muestran que el modo en que se gestiona el suelo puede afectar de forma notable tanto a su vida como a su calidad», resume Marcel van der Heijden, catedrático de agroecología de la UZH y codirector del estudio. «Un suelo sano y biológicamente activo es clave para la fertilidad, el ciclo de nutrientes y muchos otros servicios del ecosistema».

El problema de comer demasiado

La descomposición rápida suele indicar suelos fértiles y bien nutridos, algo especialmente ventajoso para la producción agrícola. Pero los propios científicos advierten de que la voracidad extrema no es deseable en todos los ecosistemas.

«La máxima descomposición no es buena en cualquier entorno», matiza Franz Bender, responsable del equipo de evaluaciones agroecológicas de Agroscope. «En hábitats casi naturales como los bosques, un nivel muy alto de nutrientes puede señalar un desequilibrio; también en los jardines, una descomposición muy veloz puede apuntar a un exceso de abono».

En esos casos, apunta el investigador, conviene revisar si se está fertilizando de más. La actividad del suelo depende además de la temperatura y la humedad: si el terreno está demasiado frío o demasiado seco, la vida bajo tierra prácticamente se detiene.

ropa interior enterrada tendida
El tipo de uso del suelo —huerto, prado, campo de cultivo o césped— es un factor clave en la descomposición de la ropa interior, más que otras características del suelo. (Foto: Gabriela Brändle, Agroscope).

El índice del calzoncillo

Enterrar ropa interior de algodón, concluyen, es una forma sencilla pero reveladora de exponer las diferencias de fertilidad y actividad biológica de un suelo. Por eso los autores proponen, medio en broma, medio en serio, un índice del calzoncillo como manera intuitiva de ilustrar estos procesos y concienciar sobre la necesidad de proteger la tierra.

Entre las medidas que ayudan a mantener el suelo vivo, el equipo cita mantenerlo siempre cubierto, aportar compost, diversificar las rotaciones de cultivos y limitar el uso de fertilizantes minerales y pesticidas. Gestos discretos que, calzoncillo mediante, la ciencia ha demostrado que marcan la diferencia bajo nuestros pies.