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La ciencia lo confirma: hablar a las plantas es bueno para ellas… y también para tu propia salud

Las personas que charlan con sus plantas suelen cuidarlas mejor

El contacto con la naturaleza reduce nuestros niveles de estrés

Descubre las plantas de interior que te recomienda la NASA para purificar el aire de tu vivienda

Cuidado de las plantas. Generado por IA.
Cuidado de las plantas. Generado por IA.

A nadie le gusta que se le mueran sus plantas. Por eso intentamos cuidarlas lo mejor posible, buscando para ellas el lugar más adecuado de la casa para cubrir sus necesidades de luz y aire, mientras procuramos dar con la dosis justa de agua que requieren para no pasarnos, ni tampoco quedarnos cortos, a la hora del riego.

Y todo esto lo hacemos mientras les dedicamos unas tiernas palabras de afecto, porque todo el mundo sabe que hay que hablar de forma cariñosa a las plantas si queremos que crezcan de forma saludable y vigorosa. Así se ha hecho siempre, y poca gente duda de que las flores y los arbustos de nuestro hogar pueden, de algún modo, entender lo que queremos decirles.

Pero, ¿de verdad es bueno que les hablemos, o estamos ante otra creencia popular desmentida por la ciencia? No resulta sencillo dar una respuesta. Ciertamente, las plantas no son capaces de comprendernos ni tampoco tienen sentimientos. A pesar de ello, nuestras palabras sí pueden beneficiarlas de manera real, como vamos a explicar a continuación.

Sesgo de la atención

Recientemente, Marcial Escudero (catedrático del Departamento de Biología Vegetal y Ecología de la Universidad de Sevilla) y Katty M. Cavero (estudiante de doctorado en Ciencias de la Salud de la Universidad de Huelva) explicaron en un artículo para el medio digital de divulgación científica The Conversation que hablar a las plantas es positivo para ellas por varios motivos, entre los que destaca el llamado sesgo de la atención.

«El acto mecánico de emitir palabras amables no es la causa directa del crecimiento vegetal. Pero sí existe una fuerte correlación: el perfil de la persona que se detiene regularmente a charlar con sus macetas es el de alguien que las observa con mayor detenimiento», explican los investigadores en este texto.

Por tanto, es muy probable que las personas que hablan habitualmente con sus plantas presten también una mayor atención a su estado y sean más conscientes de sus necesidades, lo cual puede acabar favoreciendo un mejor cuidado y un crecimiento más saludable de las mismas.

Beneficio humano

Los expertos también destacan otro beneficio inesperado, pero en este caso no para las plantas, sino para sus cuidadores humanos. Y es que, tal y como señala la hipótesis de la biofilia, los seres humanos tendemos de manera instintiva a conectar con la naturaleza y con otras formas de vida.

«Hablar a las plantas es una expresión moderna de esta necesidad intrínseca de vincularnos con nuestro entorno natural y nos ayuda a satisfacer nuestras necesidades psicológicas básicas», recalcan.

Exposición a la naturaleza

Más allá del citado artículo, multitud de investigaciones científicas respaldan estos planteamientos. Por ejemplo, esta revisión sistemática de diferentes estudios científicos publicada en Complementary Therapies in Medicine demuestra que la exposición a la naturaleza es capaz de disminuir el estrés.

Los investigadores señalan en el paper que existe «una relación inversa entre la exposición a la naturaleza y el estrés, tanto percibido como fisiológico, en 11 de los 12 estudios analizados. Dado que el estrés tiene amplias implicaciones en diversas enfermedades, la exclusión de los entornos naturales podría ser perjudicial para la salud pública».

«Es posible que el estrés crónico relacionado con los entornos construidos, la separación de los entornos naturales y otros estímulos «antinaturales» influyan en el aumento de la incidencia de enfermedades no transmisibles», añaden los científicos.

Jardinería y estrés

Igualmente reseñable es este estudio publicado en la revista de psicología Journal of Health Psychology. En el mismo se analizó si la jardinería podía favorecer la recuperación después de una situación de estrés. Para ello, los investigadores realizaron un experimento con 30 personas que disponían de parcelas de cultivo.

Todos los participantes completaron primero una tarea diseñada para provocar estrés y, a continuación, fueron asignados aleatoriamente a dos grupos.

Catorce realizaron durante 30 minutos tareas ligeras de jardinería al aire libre, mientras que 16 permanecieron ese mismo tiempo leyendo en el interior de su vivienda. Durante el experimento se midieron repetidamente los niveles de cortisol en saliva y el estado de ánimo.

Descenso de cortisol

Las actividades de jardinería incluían podar plantas y arbustos, eliminar malas hierbas, retirar flores marchitas, sembrar y plantar. Los resultados mostraron que el cortisol —hormona asociada a la respuesta del organismo a episodios de estrés— descendió en ambos grupos, aunque la reducción fue significativamente mayor entre quienes realizaron labores de jardinería.

En ese mismo grupo se comprobó que, después de los 30 minutos, los niveles de cortisol regresaron a los valores iniciales, algo que no ocurrió en el grupo de lectura. También se registraron cambios reseñables en el estado de ánimo positivo: aumentó un 9,2% en el grupo de jardinería, mientras que disminuyó un 4,3% en el de lectura.

Los autores concluyeron que esta investigación aportaba «la primera evidencia experimental de que la jardinería puede aliviar el estrés agudo». No obstante, señalaron que el diseño de la prueba no permitía determinar cuánto del efecto correspondía al contacto con la naturaleza y cuánto a la actividad física propia de la jardinería.