Todos los ojos en la Reina Sofía: duelo, memoria y un futuro delicado tras la muerte de "tía Pecu"
La Reina Sofía atraviesa uno de los momentos más delicados de su vida tras el fallecimiento de su hermana
Irene de Grecia murió a los 83 años en el Palacio de la Zarzuela rodeada de sus seres queridos
Su despedida se celebrará entre Madrid y Tatoi, con capilla ardiente, ceremonia en la Catedral Ortodoxa Griega
La Reina Emérita Doña Sofía atraviesa uno de los momentos más delicados de su vida. Este jueves, 15 de enero de 2026, la Casa Real confirmó el fallecimiento de su hermana, la princesa Irene de Grecia, conocida cariñosamente dentro de la familia como «tía Pecu» por su carácter bohemio, rebelde y singular. Con 83 años, Irene falleció en el Palacio de la Zarzuela, rodeada de su hermana, quien suspendió toda agenda oficial para acompañarla hasta el último momento. La pérdida de su confidente y compañera inseparable llega apenas 26 días después del fallecimiento de su prima Tatiana Radziwill y tres años tras la muerte de su hermano Constantino, dejando a Doña Sofía frente a una etapa marcada por el duelo, la soledad y la reflexión.
El impacto de esta pérdida en la Reina Sofía es profundo. Con el desgaste natural de la edad y algún episodio de salud como un ingreso por una infección urinaria en 2024, la Emérita se enfrenta a un periodo en el que la ausencia de sus confidentes más cercanos se hace aún más evidente. Sus hijos y nietos han intensificado su apoyo, pero la soledad y la necesidad de cuidar su bienestar físico y emocional marcarán sus próximos meses. La Reina ha mostrado signos de fatiga y emoción contenida, como en su reciente aparición en la Universidad Camilo José Cela, donde las lágrimas emergieron al felicitar a Emilio Lora-Tamayo, un amigo muy cercano de la familia, recordando que incluso los actos públicos se han convertido en momentos cargados de emoción.
A esta difícil situación se suma el disgusto y la preocupación que le han causado las recientes memorias del Rey Juan Carlos, que han reabierto capítulos dolorosos del pasado y tensionado su vida familiar. Aunque la relación con el Emérito se mantiene en términos de cordialidad y reconciliación, su vida social y familiar se redefine ante la pérdida de quienes durante décadas fueron su apoyo incondicional. El cariño de hijos, nietos, amigos y allegados se convierte ahora en su sostén principal, mientras Doña Sofía atraviesa esta etapa delicada, observada y admirada por todos los ojos que siguen la vida de la monarquía española.
El futuro de la Reina Emérita se perfila como un camino de duelo y reflexión, en el que tendrá que equilibrar su salud, la soledad y el papel que siempre ha desempeñado como referente familiar y público. La partida de Irene deja un vacío que no solo es emocional, sino también práctico: la ausencia de quien compartió décadas de cercanía y apoyo constante obliga a Doña Sofía a redefinir su vida cotidiana, mientras continúa siendo símbolo de fortaleza y dignidad para la corona y para todos los que la admiran.
Los grandes apoyos de la Reina Sofía tras la muerte de Irene de Grecia
Tras la pérdida de su inseparable confidente, la Reina Sofía se enfrenta a un periodo marcado por la soledad y la reflexión, pero aún conserva un círculo de apoyo sólido que le permite afrontar estos duros momentos. En primer lugar, el Rey Felipe VI, con quien mantiene una relación cercana y afectuosa, será un pilar fundamental; a su lado, la Reina Letizia, y sus hijas, las infantas Elena y Cristina, conforman un núcleo familiar que la arropa día a día. Además, sus nietos, le aportan alegría y un motivo constante de orgullo, mientras las noticias de la princesa Leonor y la infanta Sofía siguen siendo un estímulo emocional y un vínculo con el presente y el futuro de la familia.
Más allá de España, la Reina Sofía cuenta también con el apoyo de su cuñada Ana María de Dinamarca, cuya cercanía, aunque física distante, continúa siendo un referente de contención y afecto en su vida. Su agenda activa, que la mantiene ocupada en viajes y compromisos semanales, sigue siendo otro sostén importante, proporcionando rutina y propósito, algo que quedó patente cuando canceló planes para acompañar a Irene en sus últimos días.
La despedida de Irene de Grecia: entre Madrid y Tatoi
La princesa Irene de Grecia falleció en Madrid a los 83 años, rodeada de sus seres queridos, en la que fue su casa desde los años ochenta: el Palacio de la Zarzuela. Curiosamente, su fallecimiento coincide con el aniversario de la misa celebrada en Grecia en honor a su hermano Constantino, un hecho que añade un matiz simbólico a este adiós.
Los detalles de su despedida han sido cuidadosamente organizados para respetar su carácter discreto y familiar. La capilla ardiente se instalará en el Palacio de la Zarzuela en las próximas horas, en un ámbito íntimo y reservado para sus allegados más cercanos. Posteriormente, el sábado 17 de enero, los restos de la princesa serán trasladados a la Catedral Ortodoxa Griega de San Andrés y San Demetrio de Madrid, donde se acogerán durante unas horas antes de su traslado definitivo a Grecia.
El funeral se celebrará el lunes 19 de enero en Atenas, y tras él tendrá lugar el entierro en el cementerio real de Tatoi, un lugar que corresponde a su rango como princesa y alteza real, y donde descansan su hermano, el rey Constantino, y sus padres, los reyes Pablo y Federica. Este lugar histórico, símbolo de la monarquía griega moderna, se convierte así en el último hogar de Irene, cerrando un círculo que une su infancia, su familia y su legado.
Así era Irene de Grecia
Irene de Grecia, hija menor de los reyes Pablo y Federica, nació en Ciudad del Cabo en 1942, durante el exilio de la familia real griega, y pasó su infancia entre Sudáfrica y Egipto antes de regresar a Grecia en 1946. Su juventud estuvo marcada por la inestabilidad política, el desarraigo y la búsqueda de su propia identidad, que la llevó a la India, donde profundizó en la espiritualidad y el compromiso social. Nunca se casó ni tuvo hijos, pero fue un pilar fundamental para sus sobrinos, especialmente los hijos de Doña Sofía, que la llamaban con afecto «tía Pecu». Tras la muerte de la reina Federica en 1981, Irene se trasladó a España, residió en el Palacio de la Zarzuela y compartió con Sofía décadas de cercanía, viajes, actividades culturales y labor filantrópica, convirtiéndose en una compañera inseparable y discreta, siempre en segundo plano pero indispensable para la Reina.
La princesa Irene destacó por su vocación humanitaria. Fundadora y presidenta de la ONG Mundo en Armonía desde 1986 hasta su cierre en 2023, impulsó proyectos solidarios en todo el mundo, apoyando causas como la inclusión de personas con discapacidad, la lucha contra las adicciones y la defensa de los derechos de los animales. Su espíritu activo incluso la llevó a organizar el traslado de centenares de vacas a India y Jordania para evitar su sacrificio, gestos que la convirtieron en una figura admirada dentro y fuera de la Familia Real. Su pasión por la música, la filosofía y la arqueología completaban el perfil de una mujer excepcional cuya discreta grandeza ahora se despide, dejando un vacío difícil de llenar para Doña Sofía.