Del Carnaval de Canarias al chapapote: recuperamos las imágenes de cuando Letizia era reportera
Antes de ser la esposa de Felipe VI, Letizia fue reportera de calle
Cubrió desde el Carnaval de Canarias hasta la marea negra del Prestige
Mucho antes de convertirse en reina, de los actos oficiales y de la agenda medida al minuto, Letizia Ortiz fue, ante todo, periodista. Y no una cualquiera. Reportera de calle, de micrófono en mano y mirada atenta, acostumbrada a escuchar antes de hablar y a contar lo que ocurría con una dicción impecable que ya entonces no pasaba desapercibida.
Algunas de esas imágenes, casi olvidadas para el gran público, han vuelto ahora a la pantalla gracias a Con plumas y a lo loco, el nuevo programa de RTVE Canarias. Lo hacen, además, en un momento muy simbólico: cuando Las Palmas de Gran Canaria se sumerge de nuevo en su calendario de fiestas. Entre disfraces, comparsas y música, reaparece una escena que hoy se observa con otros ojos.

Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria.
Es el año 2001. Una joven periodista informa en directo para el Telediario desde el corazón del Carnaval. Rodeada de ruido, color y movimiento, mantiene la calma, escucha, pregunta y sonríe. En plena retransmisión lanza una frase tan sencilla como reveladora: «Hay que venir aquí a vivirlo y verlo, desde el parque de Santa Catalina». No actúa ni sobreactúa. Observa. No impone el discurso, se integra en la escena. Y eso, en televisión, se percibe.
Su imagen es sobria: melena suelta, maquillaje natural y una blusa en tonos cálidos que contrasta con el estallido cromático que la rodea. Pero más allá de la estética, lo que llama la atención es su manera de comunicar. Vocaliza con claridad, modula el tono, no atropella las palabras. Escucha tanto como habla. En una de las escenas más comentadas, se agacha para charlar con varios niños que miran la cámara con curiosidad. Les pregunta qué es lo que más les gusta del Carnaval, si han visto las comparsas, cómo viven ellos la fiesta. Periodismo cercano, sin artificios.




Doña Letizia junto al entonces príncipe Felipe. (Foto: Gtres)
Por entonces tenía 29 años y atravesaba un momento clave de consolidación profesional. Licenciada en Ciencias de la Información, había pasado por agencias, prensa escrita y distintos formatos televisivos antes de afianzarse en los informativos de Televisión Española. Era una reportera habitual en directos complejos, valorada por su rigor, su preparación y esa capacidad poco común de mantener la claridad incluso cuando todo alrededor es caos.
Letizia Ortiz recibió el premio ‘Larra’ a la mejor periodista
No era una recién llegada. Un año antes había cubierto el sorteo de la Lotería de Navidad, uno de los grandes hitos televisivos del año, y en enero de 2001 recibió el Premio Larra de la Asociación de la Prensa de Madrid, que distingue al periodista menor de 30 años más destacado. Un reconocimiento que confirmaba lo que muchos compañeros ya sabían.




Cobertura del Prestige en Galicia.
Poco después llegarían coberturas que marcarían época. Desde el atentado de las Torres Gemelas hasta la guerra de Irak, pasando por una de las imágenes más recordadas: su trabajo a pie de chapapote en Galicia tras la catástrofe del Prestige. Allí no había música ni disfraces. Había playas ennegrecidas, voluntarios exhaustos y silencio. «Después de valorar emocionalmente lo que has cubierto, te entristeces», explicaba entonces. Hablaba una periodista cansada, no una figura pública.
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Ese mismo 2003 lo cambió todo. Tras coincidir por primera vez con el entonces Príncipe Felipe en una cena en Madrid, el anuncio de su compromiso, el 1 de noviembre, la situó definitivamente en el centro de todas las miradas. Un día antes se despedía del Telediario, vestida de blanco, cerrando una etapa sin dramatismos.
Vista hoy, aquella escena del Carnaval funciona como un retrato de transición. Una profesional concentrada, pendiente del encuadre y de la respuesta del entrevistado. Una mujer que aún no sabía que, poco después, pasaría de contar la historia… a formar parte de ella. Quizá por eso esas imágenes resultan tan fascinantes: porque devuelven a una comunicadora despierta, curiosa y cercana, que aprendió a hablarle al país desde la calle y que, muchos años después, sigue cuidando cada palabra como quien conoce bien el poder de la voz.