Historia
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Un análisis de ADN reescribe la historia: analizan una fosa de hace 2.800 años y lo que encuentran deja sin palabras a los arqueólogos

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

A lo largo de la historia, la violencia colectiva ha sido una constante que ha moldeado las relaciones sociales, las estructuras de poder y la organización de las comunidades. Comprender las motivaciones y condiciones que llevaron a episodios de violencia permite analizar cómo los conflictos entre grupos evolucionaron desde enfrentamientos locales relativamente simples hasta formas más estratégicas y organizadas de conflicto. En este contexto, el estudio bioarqueológico de una fosa común del siglo IX a. C. hallada en Gomolava, en la cuenca de los Cárpatos,, aporta una perspectiva especialmente reveladora sobre la naturaleza de la violencia en la prehistoria tardía.

El yacimiento de Gomolava se sitúa en el actual norte de Serbia, en una zona que durante la Edad del Hierro temprana constituía un punto de contacto entre diferentes tradiciones culturales, estilos de vida y visiones del uso del territorio. Aquí, los investigadores hallaron una fosa común que contenía los restos de 77 individuos. El análisis de estos restos, junto con estudios genéticos y biomoleculares realizados en algunos de ellos, revela que se trató de un episodio de violencia extrema dirigido principalmente contra mujeres y niños. Este hallazgo sugiere que no se trató simplemente de una batalla o un enfrentamiento convencional, sino de una acción deliberada con objetivos sociales y políticos más amplios.

Un hallazgo que reescribe la historia antigua

Gomolava era un asentamiento con una larga historia. El lugar había sido ocupado desde el sexto milenio antes de Cristo y funcionó durante milenios como un punto de referencia en el paisaje social y simbólico de la región. Situado junto al río Sava, el sitio formaba parte de una red de rutas fluviales y territorios que conectaban distintas comunidades del sur de la llanura panónica. Durante el primer milenio a. C., esta región experimentaba importantes transformaciones. Tras el colapso de grandes asentamientos fortificados al final de la Edad del Bronce, muchas comunidades adoptaron formas de vida más móviles, mientras nuevas poblaciones y tradiciones culturales llegaban desde otras regiones, incluyendo influencias de la estepa euroasiática.

La fosa común tenía aproximadamente 2,9 metros de diámetro y medio metro de profundidad. Aunque su tamaño era relativamente pequeño, el contenido era extraordinario. En su interior se encontraron los restos de 77 personas cuidadosamente depositadas, junto con objetos personales de bronce, vasijas de cerámica y restos de animales, incluyendo partes de ganado, cerdos y ovejas o cabras. También se hallaron semillas quemadas y piedras de molino rotas colocadas sobre la tumba, lo que sugiere que el enterramiento fue acompañado de algún tipo de ritual o ceremonia.

El análisis osteoarqueológico de los restos humanos reveló un perfil demográfico muy particular. Más de la mitad de los individuos eran niños de entre uno y doce años. También había adolescentes y adultos, pero entre estos predominaban claramente las mujeres. De los individuos cuyo sexo pudo determinarse, más del setenta por ciento eran femeninos. Esta distribución demográfica es excepcional en comparación con otras fosas comunes prehistóricas de Europa, donde suele haber una proporción más equilibrada entre hombres y mujeres o incluso una mayoría de hombres, especialmente en contextos asociados a combate.

Además, los restos presentaban claros indicios de violencia. Cerca de una quinta parte de los individuos mostraba lesiones traumáticas producidas en el momento de la muerte. La mayoría de estas heridas se encontraba en el cráneo y había sido causada por golpes contundentes, probablemente con armas o herramientas de impacto. En algunos casos también se detectaron heridas producidas por proyectiles como flechas o lanzas, así como lesiones defensivas en brazos o manos, lo que indica que algunas víctimas intentaron resistir el ataque.

Los análisis genéticos también aportan información clave sobre quiénes eran estas personas. Los investigadores obtuvieron ADN antiguo de 25 individuos y descubrieron que la mayoría de ellos no estaba emparentada entre sí. Solo se identificó una relación familiar clara: una mujer adulta y sus dos hijas pequeñas. La ausencia general de vínculos familiares cercanos indica que los individuos enterrados no pertenecían a una misma familia, sino que se trataba de un grupo heterogéneo.

«En este estudio presentamos los resultados de un análisis bioarqueológico de 77 individuos y de un análisis biomolecular de 25 personas procedentes de una fosa común del siglo IX a. C. hallada en Gomolava, en la cuenca de los Cárpatos, en el sureste de Europa.

Los resultados muestran que la violencia ejercida principalmente contra mujeres y niños sugiere un claro sesgo demográfico selectivo. Las personas enterradas juntas compartían pocas relaciones genéticas entre sí, incluso distantes, lo que indica que su asesinato constituye una evidencia notable de un episodio de conflicto de alcance regional y de un cambio agresivo en las relaciones de poder. El caso de Gomolava aporta evidencia consistente con la aniquilación deliberada de determinados sectores de una población regional como motivación para la violencia masiva en la Europa prehistórica tardía», concluyen los investigadores