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Los psicólogos coinciden: «No nos lo enseñan en ningún sitio, pero este sencillo gesto puede ayudarte a aumentar tu autoestima y reducir el cortisol al instante»

Ponte de pie, abre el pecho, levanta la barbilla y coloca las manos en la cintura, como un superhéroe. Mantén la pose dos minutos y, según se repite en redes, tu cuerpo bajará el cortisol, la hormona del estrés, y tu autoestima se disparará. Es uno de los consejos de psicología más compartidos de la última década y aparece una y otra vez en vídeos y publicaciones que prometen cambiar tu vida en un instante. La realidad, sin embargo, es bastante más interesante y bastante menos milagrosa.

El estudio que convirtió una postura en fenómeno mundial

Todo empezó en 2010, cuando las psicólogas Dana Carney, Amy Cuddy y el investigador Andy Yap publicaron un estudio en la revista Psychological Science. Según sus resultados, adoptar durante solo dos minutos una postura expansiva, la llamada «postura de poder», aumentaba la testosterona, reducía el cortisol, hacía a las personas más dispuestas a asumir riesgos y les daba una mayor sensación de poder.

La idea dio la vuelta al mundo en 2012 gracias a una charla TED de Amy Cuddy que se convirtió en una de las más vistas de la historia. El mensaje era irresistible: un gesto gratuito, sencillo y al alcance de cualquiera capaz de cambiar la química del cuerpo antes de una entrevista de trabajo o una reunión importante.

@ivanaznar_¿Sabías que tu postura influye en tu autoestima? La psicóloga Amy Cuddy descubrió que mantener una Power Pose (postura de poder) durante solo 2 minutos puede: – Aumentar tu confianza – Reducir el estrés – Mejorar tu estado de ánimo Prueba esto ahora: Ponte de pie, abre el pecho, sube la barbilla y coloca las manos en la cintura. Mantén esta posición durante 2 minutos y siente el cambio. ¿Te atreves a probarlo? Cuéntame en los comentarios cómo te sientes después. Y si quieres aprender más técnicas para fortalecer tu autoestima, escríbeme «PODER» y te cuento más.

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Lo que pasó cuando otros científicos intentaron repetirlo

El problema llegó cuando otros equipos trataron de reproducir el efecto. En 2015, investigadores de la Universidad de Zúrich encabezados por Eva Ranehill repitieron el experimento con 200 participantes, muchos más que en el original, y con un diseño en el que los investigadores no sabían qué postura había adoptado cada persona. El resultado fue contundente: no encontraron cambios en el cortisol ni en la testosterona, ni tampoco en la disposición a asumir riesgos.

Lo más llamativo vino un año después. La autora principal del estudio original, Dana Carney, publicó en la web de la Universidad de California en Berkeley un comunicado en el que reconocía que ya no creía que el efecto de las posturas de poder fuera real. Desde entonces, este caso se cita como uno de los ejemplos más conocidos de la llamada crisis de replicación en psicología, en la que hallazgos muy populares no resisten cuando se vuelven a poner a prueba.

Lo que sí se sostiene: cómo te sientes

Eso no significa que la postura no sirva para nada. Lo que sí se repitió en el estudio de Zúrich, y en otros posteriores, es que las personas que adoptan una postura expansiva dicen sentirse más poderosas y seguras después de hacerlo. Ningún análisis ha encontrado cambios hormonales detrás de esa sensación, pero la sensación en sí aparece de forma bastante consistente. Amy Cuddy ha seguido defendiendo precisamente este efecto más modesto, centrado en cómo nos sentimos.

Hay otro estudio que apunta en la misma dirección. Investigadores de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda) pidieron a 74 personas que se sentaran erguidas o encorvadas, con la espalda sujeta con cinta de fisioterapia para mantener la posición, mientras afrontaban una prueba de estrés que consistía en preparar y dar un discurso. Los que estaban sentados derechos mostraron mayor autoestima, mejor estado de ánimo y menos miedo que los que estaban encorvados. Además, hablaban más rápido y se centraban menos en sí mismos.

Un efecto pequeño, pero útil

Conviene poner las cosas en su sitio. Los efectos que sobreviven son pequeños y se basan, sobre todo, en lo que las personas dicen sentir, no en cambios medibles en el cuerpo ni en su comportamiento. Además, saber qué está probando un estudio puede influir en cómo responde cada participante. Así que no, dos minutos con los brazos en jarra no van a transformar tu autoestima ni a eliminar el estrés de golpe.

Lo que sí puede hacer un gesto tan sencillo como enderezar la espalda es ayudarte a afrontar un momento de tensión con algo más de aplomo. Antes de una entrevista, una presentación o una conversación difícil, sentarse derecho o ponerse de pie con los hombros abiertos no tiene coste y puede darte un pequeño empujón de confianza. No es magia, pero tampoco es poca cosa.

Al final, la historia de la postura de poder deja una lección que va más allá de la autoestima: desconfiar de los trucos que prometen resultados inmediatos. La autoestima se construye con el tiempo, a base de experiencias, relaciones y de cómo nos hablamos a nosotros mismos. Una buena postura puede acompañar ese camino, pero no sustituirlo.