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PSICOLOGÍA

La psicología sugiere que los adultos a los que les cuesta confiar en los demás no son antipáticos, en realidad sólo arrastran heridas de su infancia

Hay personas que se mantienen a distancia, que no terminan de abrirse y a las que les cuesta fiarse incluso de quienes las quieren. Para la psicoanalista Laura Messina, esa actitud tiene una explicación que se remonta a la niñez: «No confían en nadie porque cuando lo hicieron con sus figuras de cuidado fueron desilusionados». Según explica a partir de su experiencia en consulta, muchas de ellas ni siquiera son capaces de reconocer ni expresar lo que les ocurre porque, de niñas, nadie las escuchó.

Esta forma de relacionarse se asocia al llamado apego desorganizado. El licenciado en Psicología Sebastián Ibarzábal lo define como una falta de coherencia en la forma de responder a la figura de apego. La persona necesita su cercanía, pero al mismo tiempo la asocia con temor o confusión.

El origen suele estar en la infancia. En el estudio Mi pareja, ¿casualidad o causalidad?: la relación entre el estilo de apego y la elección de la pareja, Sandra Sánchez Blanco explica que el adulto con este estilo procede de un entorno en el que el comportamiento de sus padres fue desestructurado y atemorizante. Eso le impidió desarrollar una estrategia sana para cubrir sus necesidades afectivas.

Cuatro formas de vincularse

El concepto parte de la teoría del apego, desarrollada por los psicólogos John Bowlby y Mary Ainsworth entre 1969 y 1980. Su idea central es que un recién nacido necesita establecer una relación con al menos un cuidador principal para que su desarrollo social y emocional sea normal. Del tipo de vínculo que se forme surgen cuatro estilos: seguro, evitativo, ambivalente y desorganizado.

Este último fue el más tardío en describirse. Se atribuye a las investigadoras Mary Main y Judith Solomon, de la Universidad de California en Berkeley, su definición en 1986. La revista Psychology Today lo ha llamado «el estilo de apego olvidado» por la poca atención que recibe frente a los demás. En los niños pequeños se manifiesta como una falta de pautas claras, como buscar consuelo o evitar al cuidador, ante su presencia o su ausencia. Más adelante, influye en la elección de pareja y en la calidad de las relaciones afectivas.

Las señales en la edad adulta

Ibarzábal y Messina identifican varios indicios, además de la dificultad para confiar: miedo a la intimidad, cambios de humor, problemas para regular las emociones, tendencias autodestructivas, sensación de vacío o inseguridad y dificultad para mantener relaciones duraderas y sanas. «Tienen una anulación en cuanto a lo que es el abanico de emociones/sentimientos y esto les dificulta conectar con otros emocionalmente», añade la psicoanalista.

Los investigadores Mario Mikulincer y Phillip R. Shaver lo consideran el estilo más problemático: «Es el patrón más disfuncional de todos y con mayor problemática psicológica asociada». Ibarzábal matiza que no siempre procede de un trauma. También puede surgir de otras formas de estrés o disfunción en las primeras relaciones, y puede persistir en la adolescencia y la edad adulta si no se aborda.

Romper el patrón

«Es complejo, pero no imposible. Se puede salir de ahí siempre y cuando se haga un tratamiento y se elija algo distinto a lo que se recibió», sostiene Messina. Para ella, el primer paso es reconocer el problema. Advierte, además, de que estas personas tienden a repetir relaciones con parejas que presentan sus mismos patrones.

Ibarzábal coincide en que suelen establecer vínculos con conflictos recurrentes, dificultad para poner límites y problemas de comunicación. Como tratamiento propone la terapia psicológica, en especial la centrada en el apego. «Esto puede implicar profundizar en experiencias pasadas, aprender estrategias de regulación emocional, practicar habilidades de comunicación efectiva y desarrollar patrones de relación más estables», explica.