Los ‘palmeros’ de las mujeres poderosas de Mallorca
Dicen que mi estilo, llamado merceriano, es elegante pero venenoso, con ironía, un retrato social agudo y ese perfume de cóctel con sonrisa afilada. Si lo perciben así, sea.
Hoy si me leen descubrirán una versión satírica sobre los palmeros de las mujeres poderosas de Mallorca. En la isla hay una fauna autóctona y luego están ellos, los palmeros de las poderosas. No necesitan carnet, pero todos los conocemos. Son esa especie tan versátil que florece al calor del poder femenino bien administrado, ése que combina perfume caro, agenda apretada y un séquito de aduladores en torno a la copa de champán.
El palmero no nace, se entrena. ¿Se me han puesto los pelos de punta? Sí. Sabe detectar la luz de una mujer poderosa como el mosquito detecta el calor. Se acerca con sigilo, sonrisa impecable y un comentario aparentemente inocente: «Qué barbaridad, cómo te favorece ese color». Y ahí, como quien no quiere la cosa, comienza su escalada social, emocional y logística.
Primero ofrece soluciones pequeñas del tipo «yo te lo gestiono», «te lo arreglo en un minuto», «conozco al del ayuntamiento» y cuando menos te lo esperas, ya es confidente, chófer, asesor y hasta terapeuta de guardia. Con talento para aplaudir sin despeinarse, ni pedir nada a cambio.
En los cócteles de verano, los ves perfectamente ubicados, un paso atrás, inclinación ligera de cabeza, copa en mano y mirada devota. Siempre atentos, siempre disponibles. Su frase favorita: «Tú no sabes lo importante que eres para mí, cariño».
La traducción libre sería: «Tú no sabes lo útil que me estás resultando». Las piernas formando una X, la chepa caída y la lagrimilla entrenada para ser una catarata oportuna.
Las mujeres poderosas, por su parte, los toleran con un leve gesto de ternura y algo de utilidad, todo hay que decirlo. Saben perfectamente quién es quién en la corte de la adulación balear. Pero también saben que, sin palmeros, el eco del poder suena más seco.
Porque en Mallorca, la palmera no sólo da sombra, da estatus. Y los palmeros, con su sonrisa ensayada y su entrega gratuita, son los jardineros de ese pequeño paraíso donde el poder y la vanidad bailan un pasodoble eterno.
Así que, si los ve en algún evento entre copas de cava tibio y flashes indiscretos, no los juzguen. Sólo están cumpliendo su papel en el ecosistema social mallorquín: mantener viva la ilusión de que el poder también necesita cariño y ese tono merceriano mezcla de elegancia, ironía y retrato social sin piedad, pero con mucha crema que cubra los defectos de un mal pastel.
Cuidado, la cosa suele acabar mal. Se van de la lengua una noche de copas, llegan a ser una fotocopia casi exacta de su musa, acaban presentando facturas demasiado caras y la musa, siempre en su papel, cambia de acompañante en un santiamén. Entonces comienza el escalofriante drama que genera la verdad, será en otro capítulo, si me lo permiten, el de la exclusión social, temporal o definitiva.
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