El Colauato reinante
Ada Colau iba para actriz. Lo intentó en Antena 3 con una serie que no tuvo éxito. Tal vez sopesó que, puesto que no estaba llamada a la farándula, podría hacer teatro en la vida real para labrarse un futuro. Y ahí dio el golpe. Ahora es la reina de esta comedia que es la política de la supervivencia. La estratagema de decir una cosa y la contraria. La de hacerle un papelón al Rey en su recepción y ponerse coqueta a la hora de la cena, aunque no durante toda la velada. Depende del momento y de la cámara. Eso no quiere decir que todo en su vida política sea fingimiento. Ella se debe a su público, exterior e interior. Y el segundo, sobre todo, no reniega del oportunismo antiespañolista. Basta con invertir las declaraciones de Ada Colau durante los corrillos de prensa del Mobile para que salga a flote el pleonasmo de su obstinado sectarismo. Cuando afirma, por ejemplo, que el Rey no mostró empatía alguna por los dolientes catalanes, refiere en verdad su desprecio por las leyes y su desaire a la verdad, los dos únicos principios que rigen su acción política.
Del primero estábamos avisados desde que, no bien tomó posesión de la vara de munícipe, proclamó que únicamente obedecería las leyes que le parecieran justas. Del segundo supimos incluso antes; no en vano, basó la campaña que la llevó a presidir el Ayuntamiento en divulgar la ficción de una Barcelona cuyos ciudadanos, desahuciados a chorros por efecto de la crisis, se veían obligados a dormir bajo los soportales, abrevar en las fuentes públicas y rebuscar restos de comida en los contenedores. A la luz —roja— del revelado, insisto, la ausencia de consideración de Felipe VI para con los demócratas catalanes que resultaron heridos durante las brutales cargas policiales —añadan a la cursiva todas las presunciones y comillas que gusten, pues no hay en la acusación una sola palabra que resista el contacto con el aire— no es más que el reflejo de la animadversión de Colau hacia aquellos catalanes que, respetuosos con el orden constitucional, renuentes al nacionalismo, dieron la espalda a la revuelta instigada por el régimen, y entre los que, por cierto, no se hallaban los votantes comunes, que, al igual que ella —o inspirados por ella—, a la hora de la verdad no suelen resistirse a la tentación antiespañola.
A esos altres catalans, en efecto, reserva la alcaldesa Colau su más cínica ojeriza. La atribución del cargo es pertinente, pues quien ultraja a sus conciudadanos no es la actriz, ni la okupa, ni Supervivienda, ni la compareciente por la PAH que, al borde del llanto, llamó criminal en el Congreso al representante de la banca, ni siquiera la promotora de Barcelona en Comú, con su rap a la manuchao. No. La que, deponiendo su bilis contra el monarca, la disemina también contra la “no gente”, es nada menos que la primera edil de la localidad, y no hablamos precisamente de Riudecollons de Dalt, por mucho que el pasado octubre, y en virtud de la larga marcha organizada por Tractoria, pudo parecerlo.
Muchos alcaldes han dirigido Barcelona sin pena ni gloria después del primer Maragall, del Maragall en su plenitud. Y la verdad, para ser la cuota femenina histórica, dan ganas de silbar hacia otro lado. Esperemos que en un futuro próximo vengan otras féminas y Colau se cubra con la capa del porcentaje de fracasos que todo conjunto sufre pero que se corrija con los números a fuerza de promedios. Porque presumir del Colauato es algo que no podremos hacer por más voluntad que le echemos.
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