Alarmante caída de la preocupación por el cambio climático que se desploma 25 puntos en España
Tan sólo el 42% de la población considera el cambio climático un gran problema
Los hombres de 16 a 24 años conforman el grupo de población menos preocupado por el cambio climático
El 48% de la población afirma sentirse orgullosa cuando realiza una compra que cuida del medioambiente
Según la ciencia, el cambio climático contribuye de forma decisiva a que los veranos sean cada vez más largos y extremos, como quedó patente durante el pasado mes de mayo, cuando se alcanzaron temperaturas más propias de la canícula. A pesar de estas evidencias, lo cierto es que la preocupación por el calentamiento global está cayendo en picado en nuestro país.
En el año 2019, dos de cada tres personas (67%) consideraban la crisis climática un gran problema y afirmaban que les preocupaba mucho. Ahora, según los datos más recientes, tan sólo el 42% de la población se muestra de acuerdo con dichos planteamientos.
Así lo recoge la séptima edición del estudio anual El consumo sostenible y los productos certificados, que acaban de lanzar ClicKoala y el Grupo de Investigación en Psicología Ambiental de la Universidad de Castilla-La Mancha con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente. El análisis se basa en 2.000 entrevistas y da continuidad a una serie iniciada en 2019, que acumula ya más de 16.000 personas encuestadas.
Brecha generacional
El descenso dibuja una evidente brecha generacional. Los jóvenes, que en 2019 figuraban entre los perfiles más preocupados por el cambio climático, son ahora los más desconectados del asunto: los hombres de 16 a 24 años pasan del 68% al 27%, y las mujeres, del 74% al 35%. Entre los mayores de 65 años, en cambio, la preocupación resiste mucho más.
«No es que el cambio climático haya dejado de importar; es que la preocupación se está desgastando. La alarma climática puede despertar conciencia, pero cuando se repite sin mostrar salidas claras, comprensibles y alcanzables, corre el riesgo de convertirse en cansancio, distancia o impotencia», señala Xavier Moraño, cofundador de la plataforma de consumo consciente ClicKoala y director de la investigación.
«En un contexto de crisis acumuladas, incertidumbre económica y sobreexposición informativa, el reto no es sólo recordar la gravedad del problema, sino mostrar que actuar todavía tiene sentido», añade el experto en estudios de mercados y tendencias sociales.
Ansiedad climática
El estudio no sólo refleja cuánta gente se preocupa por el cambio climático, sino que también describe qué comportamientos y respuestas generan dicha preocupación. Según sus conclusiones, el 12% de la población transforma la ansiedad climática en acción. Se trata del grupo de personas que sienten que sus decisiones cuentan y muestran hábitos mucho más sostenibles.
Frente a este segmento, alrededor del 20% queda instalado en el bloqueo. «El problema importa, pero actuar se percibe como difícil, insuficiente o poco eficaz. La diferencia no está en ver o no ver el cambio climático como un problema, sino en sentir que se puede hacer algo frente a él», remarcan desde la plataforma de consumo consciente.
Tercer espacio
Otro hallazgo destacado es la existencia de un tercer espacio fuera de la ansiedad climática y que está conformado por personas para las que la sostenibilidad no desaparece, pero pierde centralidad.
Dentro de este grupo, se detectan diferentes posturas. «Algunas personas mantienen hábitos responsables de forma más moderada; en otros casos, la menor conexión emocional con el problema se traduce en distancia, baja implicación o desconexión», aclara Moraño.
Compra responsable
El papel que los encuestados atribuyen a la compra responsable ayuda a entender cómo puede reactivarse esa conexión. El 48% de la población afirma sentirse orgullosa cuando cree que ha realizado una compra que cuida el medioambiente y respeta a quienes producen. En cambio, únicamente el 22% declara sentirse culpable cuando compra algo contrario a sus valores.
El contraste apunta a una idea central: la sostenibilidad funciona mejor cuando conecta con el orgullo, la utilidad y la coherencia personal que cuando se apoya únicamente en la culpa o en la obligación. Para sostener hábitos responsables, no basta con saber que algo debe hacerse: también tiene que sentirse posible, valioso y con impacto, según el informe.
Esa lógica se observa con claridad en los hábitos más incorporados. El 63% de los españoles dona, regala o vende lo que no usa, y el 58% separa habitualmente la basura para reciclar. «Son prácticas que encajan bien con esa lógica: no requieren grandes renuncias, forman parte de la rutina y ofrecen una sensación clara de utilidad», recalca Moraño.
Expertos en sostenibilidad
Además de la encuesta a la población general, el estudio incorpora una consulta a 145 expertos en sostenibilidad, que refuerza una de las principales conclusiones del informe: el consumo sostenible avanzará si el contexto lo facilita.
Para los próximos años, los expertos detectan oportunidades en el cambio cultural generacional y en nuevos hábitos alimentarios, como reducir el desperdicio, incorporar más opciones vegetales o normalizar dietas más sostenibles.
Dos grandes amenazas
Pero ese mismo contexto también puede jugar en contra. Más de la mitad de los expertos señala dos grandes amenazas para el consumo sostenible: las crisis económicas, que reducen el poder adquisitivo y hacen más determinante el precio, y las crisis globales y geopolíticas —pandemias, conflictos o crisis energéticas—, que pueden encarecer productos, reducir su disponibilidad y alterar las prioridades de compra.
«En ambos casos, el riesgo es que la sostenibilidad quede desplazada por necesidades más inmediatas», avisan desde ClicKoala.
Paradoja
Los resultados de esta investigación señalan, a juicio de sus autores, la existencia de una paradoja: la sostenibilidad sigue presente en hábitos, valores y aspiraciones, pero se debilita cuando se percibe como difícil, cara, confusa o poco eficaz.
«En la semana del Día Mundial del Medio Ambiente, el informe apunta a una conclusión concreta: no basta con insistir en la urgencia climática si no se refuerzan también las condiciones que hacen posible actuar. Para que la preocupación se convierta en hábito, las personas necesitan saber qué hacer, poder hacerlo y confiar en que ese esfuerzo tiene impacto», concluye Moraño.
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