Bernardo Silva y Brahim iluminan al Madrid
Un solitario gol de Brahim al filo del descanso dio al Real Madrid el Trofeo Teresa Herrera
Bernardo Silva, que fue titular y jugó 80 minutos, dirigió el juego del equipo de Mourinho, todavía falto de ritmo y automatismos
Fede Valverde fue suplente, Camavinga disputó el encuentro completo y Carlos Espí mostró sus hechuras de delanterazo
José Mourinho ganó su primer título con el Real Madrid, el Trofeo Teresa Herrera, otrora la Champions del estío español y ahora un simple partido de pretemporada. El gol lo marcó Brahim y el pase se lo dio Lunin con la mano. Eso resume lo a medio hacer que está aún el equipo madridista, al que la presencia de Bernardo Silva le ordena y le mejora, pero todavía no lo suficiente. A falta de que Vinicius arranque y de que se incorpore el resto del arsenal ofensivo, Mou empieza a componer un equipo pragmático y rocoso que gana sin hacer (todavía) grandes cosas.
Mourinho ya iba en serio. Para el tercer ensayo dispuso un once ya sin canteranos y con la inclusión de uno de sus intocables, el viejo Bernardo Silva, para poner cabeza a ese manojo incontrolado de músculos que se llama Camavinga. Fede Valverde se caía de la alineación, primer aviso para un Pajarito que se niega a volar de Madrid. La pareja de centrales, Rüdiger y Huijsen, suena a ser la que arranque el curso, igual que Dumfries y Carreras en los laterales. Arriba Mou juntaba a Brahim, Güler, Vinicius y Endrick. Velocidad, talento y gol. Bien.
Enfrente un Deportivo, recién regresado al sitio del que jamás debió irse, dispuesto a dar una alegría a un Riazor que presentaba un aspecto imponente y abarrotado. Como en los viejos tiempos. De inicio se vio que el Real Madrid de Mourinho va a ser un 4-2-3-1 con la pelota y un 4-4-2 sin ella para liberar de obligaciones defensivas a Vinicius y Mbappé, que en A Coruña era Endrick.
Bernardo Silva braceaba en el centro del campo para intentar que todas las jugadas pasaran por sus pies. En los primeros minutos nadie gobernó el partido, aunque al Real Madrid le duraba algo más la pelota que al Depor. Los locales intentaban estirarse pero el entramado defensivo de Mourinho, un bloque bajo y ordenado, abortaba cualquier opción de verle la cara a Lunin.
Partido sin ritmo
El orden se imponía al talento y en el primer cuarto de hora en Riazor hubo un eclipse de fútbol. La falta de ritmo de ambos equipos con la pelota hacía que las posesiones se alargaran en un sedante juego horizontal. Mandaba el aburrimiento. El Deportivo sí se animaba a presionar la salida de balón del Real Madrid, que las pasaba canutas para sacar la pelota limpia. Ya saben, lo de la falta de un cerebro y tal. No insistiré por ahí para no hacerme mala sangre ni que les hierva la suya.
Los de Mourinho tenían un serio problema cuando se asomaban al área de Leo Román. Todo el mundo la quería al pie y nadie se animaba ni con un regate ni con un pase filtrado. Vinicius era invisible, igual que Brahim y Güler, transparentes ambos. Sin sustancia ni vértigo, el fútbol del Real Madrid devenía en impotencia. Bernardo Silva hacía una maratón en cada jugada ofreciéndose a diestro y siniestro, pero sus compañeros eran conos.
En defensa Huijsen mantenía la compostura pero a Rüdiger se le veían costuras gigantescas. Mourinho puso carita en el banquillo cuando el alemán, fuera de cacho y lento como el AVE de Óscar Puente, vio una amarilla por llevarse puesto a Aubameyang, la veterana estrella que ha llegado este verano al Deportivo para formar una delantera notable junto al tanque Nsongo. En estas y otras reflexiones superamos la primera media hora de juego sin nada reseñable que llevarnos a la boca.
Alguna incursión intentó Endrick. Todas agua. Las cámaras enfocaban a un Mourinho entre pensativo y preocupado. Hubo que esperar al 38 para que el Real Madrid probara los guantes de Leo Román, que hizo un paradón extraordinario a un remate casi a bocajarro precisamente de Endrick. La jugada, eso sí, había nacido a balón parado de las botas del talentoso Güler, que había pasado tan inadvertido como sus compañeros en Riazor.
En los últimos minutos tanto inclinó el Real Madrid el partido hacia el área del Deportivo que acabó encontrando el gol en la prolongación. El mejor pase del equipo no fue con el pie sino con la mano y no lo dio un jugador de campo sino el portero. Lunin atrapó un córner y sacó un gancho kilométrico y medido en busca de la carrera de Brahim. El internacional marroquí pilló a la zaga deportivista mal parada, controló con el pecho, corrió, corrió y corrió y batió con sutileza a Leo Román en su media salida.
Brahim golpea primero
Y entonces llegó el descanso. Los de Mourinho, sin hacer nada especial, se iban con el preciado botín del 0-1. Demasiado grande para tan poco fútbol como había mostrado el Real Madrid. En el entreacto salieron Trent por Brahim, Mario Rivas por Rüdiger, Fede Valverde por Güler y Carlos Espí por Endrick. Mou doblaba laterales por la derecha y juntaba en el medio a Camavinga, Valverde y Bernardo Silva. Nada más comenzar el segundo tiempo Camavinga también vio la amarilla suya de cada partido.
El Depor, tocado tras el postrero gol y lastrado por los cambios, perdió fuelle. El Real Madrid, con Bernardo Silva creciente y mandón, se adueñó de la pelota y cercó el área de Román. El portugués da más órdenes que mi mujer pero, igual que ella, suele llevar razón. Sobre todo cuando colocaba a ese Camavinga con querencia hacia el desorden. Incluso los de Mourinho se permitían el lujo de presionar en algunas jugadas.
En el 56 se fue al limbo un penalti como una casa sobre Carreras y en el 57 Camavinga vio el desmarque de Espí en el área grande. El flamante nueve del Real Madrid controló con la izquierda en una baldosa y marcó con suavidad con la derecha. Ahí hay un nueve que es una cosa muy pero que muy seria. Cada vez que se asoma al área es venenoso. El asistente lo anuló por media oreja, pero el gol había sido impresionante.
Se estiró el Deportivo y en el 66 Mario Rivas hizo un extraordinario paradón con la cabeza dentro del área. El central canterano se tiró como si fuera portero y sacó la cabeza con valentía para evitar un gol cantado. en el 70 Mourinho sacó del campo a un Vinicius irrelevante y silbado por Riazor. Vamos, nada nuevo que no le ocurra en todos los campos de España. Entró en su lugar el canterano Cestero, uno de los preferidos del técnico luso.
Un minuto después Camavinga hizo su habitual camavingada de la que el Real Madrid, por suerte, salió ileso. Igual que el Deportivo un minuto después de un cabezazo algo forzado de Carlos Espí. Se iba muriendo el partido y Loureiro, en un arreón final del Deportivo, tuvo en sus pies el 1-1. Lo evitó otro pie, el de Lunin, que estuvo en plan Courtois.
Fue la última de los locales, que nunca se rindieron, pero el Real Madrid, sin brillo pero con solidez, sin soltura pero con oficio, acabó conquistando el Trofeo Teresa Herrera gracias al solitario gol de Brahim.