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Psicología

La psicología sugiere que las personas que sienten placer y se alegran del mal ajeno no son malas, sólo tienen problemas de baja autoestima

Hay emociones que cuesta reconocer incluso ante uno mismo. Sentir un pequeño alivio, o incluso cierta satisfacción, cuando a alguien le va mal es una de ellas ya que no encaja con la imagen que queremos tener de nosotros mismos y, por eso, suele venir acompañada de incomodidad. Sin embargo, la psicología lleva tiempo señalando que esta reacción no es tan extraña como parece, ni mucho menos exclusiva de personas especialmente frías o egoístas. Al contrario, aparece en situaciones cotidianas y tiene más que ver con cómo nos relacionamos con los demás que con una supuesta falta de valores. Negarlo no hace que desaparezca, pero entenderlo sí permite ponerlo en contexto.

Existe incluso una palabra para definirlo: schadenfreude. Es un término alemán que describe ese placer que puede aparecer ante el tropiezo de otra persona. Puede sonar duro, pero lo cierto es que forma parte del repertorio emocional humano así que no surge de la nada ni aparece en cualquier momento, sino en circunstancias bastante concretas, muchas veces ligadas a la comparación, la inseguridad o la percepción de que alguien «no merecía”» lo que tenía. Por eso, aunque resulte incómodo admitirlo, no es una reacción tan excepcional como solemos pensar.

La psicóloga Leticia Martín Enjuto lo explica con claridad en el portal Cuerpo y Mente: muchas personas interpretan esta emoción como una señal de que hay algo malo en ellas, cuando en realidad responde a mecanismos bastante habituales. Sentir esa satisfacción puntual no implica necesariamente desear el mal a nadie ni carecer de empatía. De hecho, en la mayoría de los casos es una reacción breve, casi automática, que convive con otras emociones muy distintas. El problema no es tanto que aparezca, sino cómo la interpretamos y qué hacemos con ella después.

Qué dice la psicología sobre las personas que sienten placer y se alegran del mal ajeno

Una de las claves para entender este fenómeno está en la comparación social. Aunque no siempre seamos conscientes, pasamos buena parte del tiempo evaluándonos en relación con otras personas: su trabajo, su éxito, su forma de vida o incluso su reconocimiento. Es una forma de ubicarnos en el mundo, de saber en qué punto estamos. El problema aparece cuando esa comparación nos deja en una posición de desventaja, porque entonces la percepción de uno mismo se resiente.

En ese contexto, el fracaso de alguien que percibíamos como superior puede producir un efecto inmediato: la distancia se reduce. No es tanto que celebremos su caída, sino que, por un momento, dejamos de sentirnos por debajo. Ese pequeño reajuste interno puede generar alivio, y ese alivio es lo que muchas veces se confunde con alegría por el mal ajeno. Es un matiz importante, porque cambia completamente la interpretación de la emoción y la aleja de la idea de crueldad.

Además, cuanto más relevante sea esa persona en nuestra escala de comparación, más probable es que aparezca esta reacción. No es lo mismo alguien lejano que alguien con quien nos medimos de forma directa. Ahí es donde el impacto emocional se vuelve más evidente y donde esta sensación incómoda suele hacerse más presente.

La autoestima también entra en juego

La autoestima tiene un papel importante, pero conviene no simplificarlo demasiado. No se trata de que sólo las personas con baja autoestima sientan esto, sino de que, en determinados momentos de inseguridad, la mente busca formas rápidas de compensar esa sensación. Y una de ellas puede ser, precisamente, rebajar la posición del otro en esa comparación interna.

Cuando alguien que percibimos como rival falla, se activa una especie de alivio automático. No es un pensamiento elaborado ni consciente, sino una reacción rápida que tiene que ver con la necesidad de proteger la propia imagen. Durante unos instantes, la presión baja y la percepción de uno mismo mejora ligeramente. El problema es que ese efecto dura poco y no resuelve lo que hay detrás.

Por eso, desde la psicología se insiste en que esta emoción no debería interpretarse como algo aislado, sino como una pista. Puede indicar que hay inseguridad, exigencia excesiva o una tendencia a compararse demasiado. En ese sentido, más que reprimirla, lo útil es preguntarse por qué aparece en ese momento concreto y qué la está activando.

Cuando el fracaso ajeno parece «merecido»

Hay otra situación en la que esta emoción aparece con bastante claridad: cuando percibimos que alguien ha tenido ventajas injustas o ha alcanzado algo sin merecerlo. En esos casos, el fracaso no se vive sólo como un tropiezo, sino como una especie de corrección. Es como si el equilibrio se restableciera y eso generara una sensación de alivio difícil de ignorar.

Esto explica por qué, en determinados contextos, la schadenfreude no genera tanta culpa. Si interpretamos que la situación es injusta, la reacción se justifica más fácilmente. Sin embargo, aquí también hay un componente subjetivo importante, porque no siempre esa percepción coincide con la realidad. Muchas veces responde a cómo interpretamos lo que ocurre, no a lo que realmente sucede.

Aun así, este factor ayuda a entender por qué no todas las situaciones provocan la misma reacción. No es lo mismo el fracaso de alguien cercano que el de una persona a la que consideramos arrogante o privilegiada. El contexto lo cambia todo.

No eres mala persona

Reconocer esta emoción no significa aceptar que define quién eres. Las emociones humanas son complejas y, en muchos casos, contradictorias. Es perfectamente posible sentir un pequeño alivio inicial y, al mismo tiempo, experimentar empatía o incluso tristeza por la otra persona. Ambas cosas pueden coexistir sin problema, aunque a veces resulte difícil encajarlo.

Lo que realmente importa no es que aparezca, sino cómo lo hace. En la mayoría de los casos es algo puntual, pasajero, que desaparece tan rápido como llega. No tiene consecuencias y no condiciona el comportamiento. El problema surge cuando se convierte en algo habitual o en una fuente constante de satisfacción, porque entonces sí puede estar señalando un malestar más profundo.

En ese sentido, más que juzgarse con dureza, tiene más sentido observar la emoción con cierta distancia. Entender de dónde viene, en qué momentos aparece y qué dice sobre uno mismo suele ser mucho más útil que intentar eliminarla. Al final, como ocurre con muchas otras emociones incómodas, el primer paso no es negarla, sino comprenderla.