Fabiola Martínez denuncia el desamparo de su hijo Kike, con parálisis cerebral, ante su futuro a los 21 años: «En España no hay una solución suficiente»
Fabiola Martínez afronta una preocupación relacionada con su hijo Kike, que cumplirá 20 años en noviembre
El joven tiene parálisis cerebral y actualmente estudia en un colegio de educación especial
La escolarización de Kike finalizará a los 21 años y Fabiola denuncia que, llegado ese momento, las alternativas son muy escasas

La vuelta al cole ha llegado este año a casa de Fabiola Martínez con un significado especialmente importante. La ex mujer de Bertín Osborne afronta el inicio de un nuevo curso viendo cómo sus dos hijos, Carlos y Kike, se encuentran en momentos muy diferentes de sus vidas. Mientras el menor, de 17 años, acaba de dar un importante paso con su llegada a la universidad, su hermano mayor, que está a punto de cumplir 20 años, se acerca poco a poco a una etapa que genera una enorme incertidumbre para su madre. Carlos ha comenzado sus estudios universitarios de Marketing y su primer día no podía haber sido más positivo. «Carlos ha empezado hoy Marketing», contaba la propia Fabiola, emocionada ante el nuevo capítulo que se abre para su hijo.
La venezolana reconoce estar «centrada» y «contenta» después de comprobar que todo ha salido «fenomenal» en este primer día de universidad. Para cualquier madre, ver a un hijo comenzar una carrera y avanzar hacia una vida cada vez más independiente supone un motivo de orgullo, pero en el caso de Fabiola esta nueva etapa familiar llega acompañada de una preocupación que lleva tiempo sobrevolando su día a día. Su hijo Kike, fruto también de su relación con Bertín Osborne, tiene parálisis cerebral y necesita atención y cuidados específicos. Por eso, mientras celebra los pasos que está dando Carlos, Fabiola no deja de mirar hacia el futuro de su hijo mayor, una cuestión que ella misma ha situado como su «principal preocupación».

La inquietud tiene una fecha especialmente marcada en el calendario: el final de la escolarización de Kike a los 21 años. Actualmente acude a un colegio de educación especial y, según explica su madre, cuando termine esta etapa las alternativas disponibles son muy limitadas. «Kike va a un colegio de educación especial y esta etapa de escolarización termina a los 21 años. A partir de ahí nos quedamos prácticamente sin alternativas», asegura Fabiola. El problema, según denuncia, es que las personas con un grado de afectación como el de su hijo necesitan mucho más que un lugar donde pasar el día: requieren terapias, asistencia en las actividades cotidianas y profesionales preparados para atender sus necesidades.
A esta situación se añade una circunstancia que hace todavía más compleja la búsqueda de una alternativa. Kike tiene epilepsia y necesita una atención específica y especializada, por lo que no cualquier recurso asistencial puede responder a sus necesidades. En estos momentos, las opciones que contempla el sistema pasan fundamentalmente por un centro de día o una residencia, pero Fabiola considera que ninguna de estas soluciones resulta sencilla. Además, advierte de que muchos centros ni siquiera están especializados en perfiles como el de su hijo, lo que deja a las familias ante un escenario de enorme incertidumbre cuando termina la etapa educativa.
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La falta de plazas es otro de los grandes problemas a los que se enfrentan. Según explica Fabiola, hay mucha más demanda que oferta y las plazas disponibles son muy escasas. En muchos casos, una vacante no queda libre hasta que otra persona se traslada de ciudad o fallece. Una situación que no afecta únicamente a su familia, sino a muchas otras que llegan al final de la escolarización de sus hijos sin encontrar un recurso adecuado para continuar con sus cuidados y terapias. Por este motivo, Fabiola ha decidido elevar su preocupación y reclamar una respuesta que vaya más allá de su caso particular. «En España no hay una solución suficiente para las personas con este grado de afectación y quiero solicitar al Gobierno un planteamiento a nivel nacional», sostiene. Su objetivo es que el problema se aborde desde una perspectiva más amplia y que estas personas puedan contar con continuidad en su atención, centros especializados y recursos suficientes una vez terminada su escolarización.
No es una batalla nueva para Fabiola. Desde hace casi dos décadas, la venezolana está implicada en la atención y acompañamiento de familias que viven situaciones similares. Cuando Kike era pequeño, los médicos llegaron a pronosticarle una esperanza de vida muy limitada. Sin embargo, este mes de noviembre cumplirá 20 años y se encuentra ante una nueva realidad que, paradójicamente, pone de manifiesto uno de los grandes avances de las últimas décadas: la esperanza de vida de las personas con este tipo de afectaciones ha aumentado considerablemente, pero los recursos no lo han hecho al mismo ritmo.

Fue precisamente al comprobar que su situación no era única cuando Fabiola y Bertín decidieron crear en octubre de 2009 la entonces Fundación Bertín Osborne, un proyecto destinado a acompañar de manera integral a familias que cuidan de hijos con discapacidad. Con el paso de los años, y coincidiendo con la mayoría de edad de Kike, la organización pasó a llamarse Fundación Kike Osborne, como homenaje al verdadero protagonista de esta historia familiar.
La propia Fabiola ha llegado incluso a plantearse la creación de un centro desde su fundación, pero reconoce que tampoco sería suficiente para resolver un problema de estas dimensiones. «Aunque la fundación tuviera los recursos para montar un centro, ahora mismo no habría capacidad para dar solución a todas las personas que se encuentran en esta situación», explica. Los centros están colapsados, existe poca rotación de plazas y la demanda continúa creciendo. Así, mientras Carlos comienza ilusionado su etapa universitaria, Fabiola afronta también una cuenta atrás que le preocupa especialmente: encontrar para Kike un futuro que garantice la atención que necesita cuando termine el colegio.