La evolución no se produce de forma lineal ni siempre al mismo ritmo, ya que un equipo de la Universidad de Michigan ha logrado reconstruir 50 millones de años de cambios en el cuerpo de los paseriformes. Entre los hallazgos del estudio se encontró que la evolución puede presentar aceleraciones muy grandes seguidas de etapas mucho más lentas.
El estudio recoge más de 170.000 mediciones que corresponden a un total de 2.057 especies, y no una serie de 170.000 distintos huesos. Estas novedades se asocian sobre todo a oportunidades ecológicas específicas de ciertos linajes, y esas ráfagas presentan una fuerte coincidencia con periodos de fuerte inestabilidad climática.
Una IA en el museo
Los paseriformes son el orden más diverso de aves vivas y son aves que pueden ser tan bien conocidas como los gorriones, mirlos y pinzones. Comparar esqueletos a esta escala era lento ya que, según explica el estudio, cada 30 ejemplares diferenciados el tiempo incluía entre 15 y 30 minutos de manipulación y medición.
La herramienta Skelevision, creada por Brian Weeks y David Fouhey junto con los grupos de Michigan y la Universidad de Nueva York, hace el trabajo de reconocer una docena de huesos en fotografías e integrarlos. Con el sistema se manejó uno cada 45 segundos, lo que permitió estudiar unos 15.000 ejemplares de museo.
La IA no fue la que impuso la conclusión, sino que proporcionó el automatismo de la medición, que luego sirvió a un método estadístico llamado Bifrost que buscaba cambios de ritmo en el árbol de la evolución, que relaciona el parentesco entre especies.
La evolución avanzó a impulsos
El análisis conducido por Jacob Berv encontró ráfagas raramente vistas de innovación corporal en relación con el propio origen de grandes grupos. Luego llegaron numerosas desaceleraciones pequeñas, como si las especies ocupasen primero una habitación vacía y luego se fuesen encontrando cada vez menos espacio libre. Esto se llama radiación evolutiva. Es el momento en que un linaje se diversifica rápidamente al llegar a un nuevo hábitat, al introducir otro tipo de comida o bien al seguir otra forma de vida. «Es realmente importante para la teoría evolutiva», apuntó Berv. El artículo no busca refutar a Darwin. Está centrado en el ritmo del cambio corporal y enseña que, en ningún caso, este tiene que ser un ritmo constante.
El clima coincide con los grandes cambios
Una de las grandes aceleraciones tuvo lugar en un tiempo aproximado de hace unos 35 millones de años, en la transición del Eoceno al Oligoceno. La Tierra se había enfriado intensamente y se había reorganizado ambientalmente, lo cual podría haber abierto nuevos nichos para las aves.
El modelo también encontró muchas desaceleraciones que tuvieron lugar hace cerca de quince millones de años, junto a otro episodio de enfriamiento. La coincidencia temporal apoya el clima como responsable, pero no muestra que la temperatura haya causado, por sí misma, cada cambio.
Las comunidades de latitud alta también poseen especies de aves con ritmos medios de evolución corporal más altos que las que habitan cerca del ecuador. Este patrón fue relacionado por los autores con una mayor variabilidad estacional, aunque el estudio no puede concluir que todas las aves que ocupan zonas frías vayan a adaptarse a corto plazo a las actuales condiciones cálidas.
Los museos guardaban los datos
Las colecciones de la Universidad de Michigan y del Field Museum ofrecieron miles de ejemplares. Digitalizarlos implica que los cajones de los museos se conviertan en datos comparables, lo que permite responder preguntas que antes quedaban superadas por la escala.
La misma plataforma ya había sido usada en el estudio de la longitud de las alas y la regulación del calor. Ahora proporciona una visión más amplia sobre cuándo cambió el cuerpo de las aves y ayuda a formular hipótesis mejores sobre la respuesta versátil de estas aves, sin que el pasado se convierta en una predicción automática del futuro.
El estudio se ha publicado en Nature Ecology & Evolution.










