Un pequeño taller de Kóvel, en el noroeste de Ucrania, se ha convertido en una fábrica improvisada de capas antidrones. Allí, una decena de voluntarias cose ponchos que reducen la firma térmica de los soldados y dificultan que las cámaras infrarrojas de los drones rusos los distingan del entorno.
No son prendas que vuelvan invisible a quien las lleva. Su objetivo es más modesto y, en el frente, decisivo. Buscan reducir el contraste del calor corporal y ganar tiempo cuando los militares deben desplazarse a pie hacia sus posiciones.
De profesora a coordinadora del taller
La iniciativa está dirigida por Natalia Tkhorzhevska, profesora de lengua y literatura ucraniana de 54 años y responsable de Diyemo Vzhe, un nombre que puede traducirse como “Actuamos ahora”. El grupo comenzó fabricando distintos equipos para los militares, pero las peticiones procedentes del frente cambiaron con la expansión de los drones.
“Es una guerra de drones”, resumió Tkhorzhevska durante una visita al taller publicada el 3 de agosto de 2026. Ahora trabajan allí unas diez mujeres, producen alrededor de cien ponchos por semana y ya han superado las 2.000 unidades desde el inicio del proyecto.
Cómo ocultan el calor corporal
El cuerpo humano emite energía infrarroja, una forma de radiación que nuestros ojos no pueden ver. Las cámaras térmicas detectan esa energía y la convierten en una imagen basada en diferencias de temperatura, por lo que funcionan incluso en completa oscuridad.
Los ponchos de Kóvel combinan capas de tejido sintético de camuflaje con una lámina de aislamiento térmico. La prenda no elimina el calor del cuerpo, pero reduce la cantidad que escapa de forma directa y rompe la silueta reconocible de una persona.
El efecto resulta especialmente importante por la noche, cuando la diferencia entre el cuerpo caliente y el entorno suele ser más marcada. Según las voluntarias, un soldado cubierto puede confundirse con un arbusto o un árbol para un dron que vuela a unos 50 o 100 metros de altura.
Un diseño ligero para moverse rápido
Cada capa pesa unos 800 gramos y tiene espacio suficiente para colocarse sobre el casco, el chaleco antibalas y el resto del equipo. Incluye una capucha y una zona transparente delante del rostro, de modo que el usuario puede mantener la visión sin descubrirse por completo.
La amplitud del poncho también permite agacharse con rapidez al escuchar un dron. Durante el día, las voluntarias adaptan los colores al terreno y a la estación para añadir camuflaje visual frente a las cámaras convencionales.
Por qué los soldados tienen que caminar
Los vehículos cerca del frente pueden ser localizados y atacados con rapidez, así que muchos militares recorren varios kilómetros a pie para llegar a sus posiciones. Algunos trayectos duran horas e incluso días, según la coordinadora, y es precisamente en esos desplazamientos cuando una cámara térmica puede revelar una figura humana en plena noche.
Las capas también se utilizan al salir de refugios excavados y para cubrir a heridos que esperan ser evacuados. No sustituyen a otras medidas de protección, pero ofrecen una barrera adicional en un entorno donde los drones sobrevuelan las posiciones de forma casi constante.
El problema va mucho más allá de una sola unidad militar. La Misión de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania informó de que los drones de corto alcance fueron el arma que más civiles mató en marzo de 2026 y siguieron siendo una amenaza principal cerca del frente.
No es una capa de invisibilidad total
Ningún poncho puede garantizar que una persona pase desapercibida. La distancia, la resolución, el alcance y la sensibilidad de la cámara influyen en lo que aparece en pantalla, mientras que el propio equipo admite que todos los diseños implican compromisos.
La prenda debe reducir la salida de calor sin hacerse demasiado pesada, limitar los movimientos o impedir una reacción rápida. Es un equilibrio difícil cuando el usuario lleva casco, protección corporal y más material encima.
También existen capas térmicas comerciales, pero su producción es limitada y no siempre responden a lo que necesitan los soldados. Las voluntarias aseguran que pueden modificar los patrones con rapidez a partir de los comentarios que reciben desde el frente.
Una producción sostenida por donaciones
Los ponchos se entregan gratuitamente y se fabrican a partir de solicitudes directas de militares. El coste de los tejidos y del material aislante se cubre con donaciones, campañas en redes sociales y actividades benéficas, según la organización.
Los pedidos llegan directamente de las unidades y el grupo ajusta la forma, el tamaño o el color a partir de la experiencia comunicada desde el frente. Ese proceso permite introducir cambios sin esperar a un largo ciclo industrial, aunque la dependencia de donaciones limita la escala.
Las llamadas capas “invisibles” no borran a una persona de la pantalla. Lo que hacen es dificultar una identificación rápida y ofrecer unos segundos adicionales en un frente donde ser visto desde el aire puede tener consecuencias inmediatas.
La información principal se ha publicado en EFE y se ha contrastado con Suspilne Lutsk, la NASA, FLIR y la Misión de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania.












