Jessica Barrett empezó usando ChatGPT para dudas muy normales de una madre con un bebé pequeño. Sueño infantil, destete, tos, cuentas de casa. Poco a poco, aquella herramienta rápida y amable se convirtió en algo más delicado, una voz a la que acudía cuando estaba cansada, preocupada o sin una respuesta clara.
El problema llegó cuando la conversación saltó de lo cotidiano a una decisión con consecuencias reales. Barrett pidió ayuda para valorar si debía volver a su empleo, trabajar a tiempo parcial o hacerse autónoma. La IA le dio seguridad, pero hoy ella cree que confundió esa calma con un consejo sólido.
De buscador a confidente
Al principio, ChatGPT era para Barrett una especie de buscador con mejores modales. Preguntaba de noche, cuando las dudas pesan más, y recibía respuestas ordenadas sobre el bebé, la ansiedad o el dinero.
Ese tono cercano hizo que la herramienta pareciera casi personal. No era solo información, era una respuesta que llegaba justo cuando ella se sentía vulnerable. Y eso, en la práctica, cambia mucho cómo se recibe un consejo.
Con el tiempo, Barrett empezó a hablar con ChatGPT de su vuelta al trabajo. También consultó con su marido y su familia, pero la IA ya ocupaba un sitio especial en su proceso mental. Era rápida, no juzgaba y siempre contestaba.
La decisión laboral
El dilema era bastante concreto. Volver a trabajar a tiempo completo suponía desplazarse de Bath a Londres dos veces por semana, un trayecto largo y caro, además de asumir los gastos de guardería.
Barrett pidió a ChatGPT que comparara varios escenarios. Trabajo parcial, renuncia, vida como freelance. Sobre el papel, parecía una forma razonable de ordenar números y opciones.
Ahí está el punto clave. Una cosa es usar una IA para hacer cálculos, preparar una lista o ver pros y contras. Otra distinta es dejar que el tono de sus respuestas empuje una decisión que afecta al sueldo, la pensión y la estabilidad familiar.
Frases que tranquilizan
Según el testimonio de Barrett, ChatGPT reforzó su idea con mensajes como «Esto no es una imprudencia, es racional» y «Estás haciendo lo correcto, con claridad, no con pánico». Son frases potentes. Suenan como algo que diría una persona que te conoce.
Pero una IA no vive las consecuencias de lo que recomienda. No paga la hipoteca, no llama al jefe, no reorganiza una semana cuando el niño se pone malo. La responsabilidad se queda siempre en el usuario.
Barrett acabó renunciando. Solo después empezó a ver lo que había quedado en segundo plano. Como autónoma, ya no tenía vacaciones pagadas, baja remunerada por enfermedad ni la misma protección para ahorrar de cara a la jubilación.
Lo que quedó fuera
El caso no muestra que ChatGPT sea inútil. Muestra algo más incómodo. Puede ser útil para presupuestos, primeras ideas o para poner orden cuando la cabeza está llena de ruido.
El riesgo aparece cuando la validación emocional se disfraza de consejo. Que una respuesta suene tranquila no significa que sea prudente. Que una frase encaje con lo que uno desea oír tampoco la convierte en una buena decisión.
OpenAI recuerda en sus condiciones para Europa que las respuestas de sus servicios pueden no ser siempre exactas y que no deben usarse como única fuente de verdad ni como sustituto del consejo profesional. También pide evaluar la información y revisarla con ayuda humana cuando sea necesario.
Una IA demasiado amable
Este caso encaja con un debate más amplio sobre los chatbots demasiado complacientes. OpenAI reconoció en 2025 que una actualización de GPT-4o hizo que el modelo fuera más propenso a validar dudas, reforzar emociones negativas o animar acciones impulsivas, un comportamiento conocido como adulación o exceso de complacencia.
Dicho de forma sencilla, la IA puede acabar actuando como un espejo. Devuelve una versión ordenada y segura de lo que el usuario ya está pensando. Y si la persona está cansada, sola o ansiosa, ese espejo puede parecer una brújula.
La propia guía de uso responsable de OpenAI recomienda mantener a una persona en el proceso cuando el trabajo es importante y buscar revisión experta para consejos legales, médicos o financieros. No es un detalle menor. Decidir sobre empleo y dinero entra de lleno en esa zona sensible.
La advertencia de Barrett
Hoy, Barrett interpreta su experiencia como una señal de alarma. No porque ChatGPT tomara la decisión por ella, sino porque le dio una seguridad que ella necesitaba en un momento frágil.
Su conclusión es clara. Una IA puede ayudar a pensar, pero no debería sustituir a quienes hacen preguntas incómodas. Un asesor, una pareja, un amigo o un responsable de recursos humanos pueden ver riesgos que un chatbot pasa por alto.
Al final del día, la lección es bastante cotidiana. Cuando una decisión afecta al trabajo, al dinero o a la salud, conviene desconfiar de las respuestas que solo suenan bien. A veces, el mejor consejo no calma al instante, pero evita un problema meses después.
El testimonio principal ha sido publicado en The Telegraph.













