El reloj inteligente que mide tus pasos, tu pulso y tus entrenamientos también puede estar rozando tu piel durante horas. Un estudio de la Universidad de Notre Dame ha detectado niveles elevados de PFAS, conocidos como «químicos persistentes», en varias correas de relojes inteligentes y pulseras de actividad compradas en Estados Unidos.
La investigación no demuestra que llevar una de estas correas vaya a enfermar a una persona. Lo que sí pone sobre la mesa es una pregunta incómoda. ¿Qué pasa cuando un material pensado para resistir sudor, grasa y suciedad se lleva pegado a la muñeca casi todo el día?
Qué encontró Notre Dame
El equipo analizó 22 correas de relojes inteligentes y pulseras de actividad de distintas marcas y precios. El trabajo fue liderado por Alyssa Wicks, investigadora del laboratorio de Graham Peaslee en la Universidad de Notre Dame, junto con Heather Whitehead y otros colaboradores.
Los investigadores encontraron altas cantidades de flúor total en 15 de las 22 correas, una pista habitual de la presencia de PFAS. En 9 de ellas detectaron ácido perfluorohexanoico, conocido como PFHxA, una sustancia de esta familia química. Algunas muestras superaban las 1.000 partes por mil millones, una cifra que Peaslee describió como mucho más alta que la vista en muchos productos de consumo.
«Lo más llamativo fue la concentración muy alta de un solo PFAS», explicó Graham Peaslee. No es una frase menor. En productos que tocan la piel durante tanto tiempo, el detalle cambia bastante la conversación.
Qué son los PFAS
Los PFAS son sustancias químicas usadas para que muchos productos repelan agua, aceite, sudor o manchas. Por eso aparecen en textiles, envases, cosméticos, espumas contra incendios y, en este caso, algunos materiales de correas deportivas. Se les llama «químicos persistentes» porque pueden permanecer durante mucho tiempo en el ambiente y también acumularse en el cuerpo.
La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos señala que la exposición a ciertos PFAS se ha relacionado en estudios científicos con problemas inmunitarios, hormonales, colesterol elevado y mayor riesgo de algunos cánceres. También advierte que todavía se investiga cómo afectan distintos niveles de exposición durante largos periodos.
En las correas, el punto clave es que no hablamos de una sartén o una chaqueta que se usa de vez en cuando. Hablamos de algo pequeño, sí, pero muy pegado a la piel. Y ahí está el matiz.
La muñeca importa
Una pulsera de actividad suele ir ajustada, se moja con sudor y se usa durante entrenamientos, paseos, noches de sueño y jornadas de oficina. En la práctica, eso significa muchas horas de contacto directo. Para un corredor, una correa no es un accesorio cualquiera.
El estudio no midió cuánto PFHxA pasa realmente desde una correa al cuerpo humano. Esa es una limitación importante. Pero el equipo señala que la exposición por la piel sigue siendo una vía poco estudiada y que necesita más datos, sobre todo en objetos de uso diario.
Una investigación relacionada de la Universidad de Birmingham mostró en 2024 que varios PFAS pueden atravesar modelos de piel humana creados en laboratorio. El trabajo de Oddný Ragnarsdóttir, Mohamed Abou-Elwafa Abdallah y Stuart Harrad encontró absorción notable en 15 de 17 sustancias analizadas, con algunos compuestos de cadena corta entrando con más facilidad.
El material clave
La palabra que conviene mirar en la descripción del producto es «fluoroelastómero». Es un caucho sintético usado porque resiste bien el sudor, los aceites de la piel y la suciedad. Suena técnico, pero para el comprador significa algo sencillo. Esa correa puede estar fabricada con una familia de materiales asociada a PFAS.
Según la American Chemical Society, las 13 correas anunciadas como hechas con fluoroelastómeros contenían flúor. También lo contenían 2 de las 9 que no lo anunciaban así, lo que sugiere que no siempre basta con leer la etiqueta de forma superficial.
El precio tampoco tranquiliza. En el análisis, las correas más caras tendían a mostrar más flúor que las más baratas. Puede parecer al revés de lo esperado, pero tiene lógica. Los materiales más resistentes y «premium» a veces incorporan químicos diseñados precisamente para aguantar más.
Qué puede hacer el usuario
La recomendación más prudente no es tirar el reloj a la basura. Es revisar la correa. Si el producto menciona «fluoroelastómero», conviene valorar una alternativa, especialmente si se usa a diario y durante entrenamientos largos.
Alyssa Wicks recomendó optar por correas de silicona de menor precio y evitar las que indiquen fluoroelastómeros si el usuario quiere reducir su exposición. No es una solución perfecta, pero sí una decisión sencilla al comprar una correa nueva.
Para los corredores, la idea es parecida a elegir unas zapatillas o una camiseta técnica. No todo lo cómodo es automáticamente lo mejor para el cuerpo. Leer el material puede ahorrar dudas después.
Lo que falta por saber
Los científicos todavía no saben con precisión cuánto PFHxA se libera desde estas correas ni qué cantidad puede entrar por la piel en condiciones reales. También falta estudiar qué ocurre con el sudor, el roce, el calor y el uso durante meses. Ahí está la parte abierta de la historia.
Por eso la conclusión razonable es de cautela, no de alarma. El hallazgo no convierte a todos los relojes inteligentes en un peligro inmediato, pero sí apunta a una exposición posible que merece más vigilancia. Al final del día, un dispositivo de salud no debería añadir una preocupación química sin que el usuario lo sepa.
El estudio principal se ha publicado en Environmental Science & Technology Letters.













