Una revolución silenciosa: así consiguió Uruguay una red eléctrica basada en energías renovables
Uruguay genera el 98% de su electricidad a partir de fuentes renovables
El país latinoamericano diseña políticas energéticas a largo plazo
Las renovables han conseguido reducir las emisiones al mínimo en 20 años
Articular un nuevo modelo energético sustentado en fuentes renovables y sin emisiones de gases de efecto invernadero: este es el objetivo de la transición energética. Una meta que parece estar lejos de ser alcanzada para la mayoría de los países, exceptuando unos pocos que ya han recorrido buena parte del camino. Entre estos últimos destaca, claramente, Uruguay.
Sin grandes alardes ni discursos grandilocuentes, el país latinoamericano ha logrado en las últimas décadas consolidar una cobertura eléctrica prácticamente universal: el 99,9% de la población urbana y el 99,8% de la rural tienen acceso a la red. Y, además, lo ha conseguido generando prácticamente toda su electricidad a partir de fuentes renovables.
Esto ha sido posible gracias a una cuidadosa planificación estratégica que comenzó a edificarse a principios de este siglo. Por aquel entonces, Uruguay dependía en exceso del petróleo importado, carecía de reservas de hidrocarburos y su capacidad hidráulica, uno de sus puntos fuertes, estaba al límite. Esta frágil seguridad energética desembocó en un desarrollo económico dependiente de la volatilidad del precio internacional del crudo.
A largo plazo
El punto de inflexión llegó en 2008, cuando el gobierno uruguayo aprobó una política energética pensada para el largo plazo y que establecía un plan de acción hasta el año 2030. En 2010, dicho planteamiento fue avalado por todos los partidos políticos, convirtiéndose así en una política de Estado.
Entre los principales objetivos de esta estrategia de país destacan la diversificación de la matriz energética —con una apuesta decidida por las renovables—, el impulso sostenido de la eficiencia energética y el compromiso con un acceso universal, seguro y asequible a la energía, entendida como un derecho humano.

Diversificación energética
Dentro de la citada apuesta por la diversificación de las renovables, la primera gran ola fue la eólica: con el Programa de Energía Eólica lanzado en 2007 y las licitaciones de 2009 y 2011, el país desplegó cientos de megavatios en pocos años, hasta convertirse en referente regional.
La energía solar siguió un camino similar apoyada en el Mapa Solar Nacional de 2010, que constituyó el primer estudio técnico del recurso en el país. Esta herramienta, junto con el Plan Solar de 2012 (enfocado inicialmente en la energía térmica residencial) y el marco regulatorio para grandes inversiones de 2013, permitió la transición desde unas pocas instalaciones aisladas a plantas de gran escala.
Si bien es cierto que el despliegue inicial de la solar fue menor en comparación con el auge eólico debido a los costos de la época, el marco sentó las bases para el crecimiento del sector.
Fuentes renovables
Gracias a este modelo diversificado, el 98% de la energía eléctrica generada por Uruguay en 2025 fue de origen renovable, según confirmó en enero de este año el Ministerio de Industria, Energía y Minería (MIEM).
El pasado año, la hidroeléctrica lideró el mix energético nacional con el 46% de la generación total, seguida de la eólica (34%), la biomasa (14%) y la solar, cuyo reducido peso, de tan sólo un 4%, es otro de los rasgos distintivos del modelo renovable uruguayo. Por último, las fuentes fósiles representaron alrededor del 2% del total.
«El 8% de la electricidad generada en todo el 2025 se exportó; la mayor proporción fue de origen hidráulico», añade el MIEM.

Hidroeléctrica y biomasa
La hidroeléctrica tiene tanto peso debido a que Uruguay cuenta con grandes cuencas fluviales y embalses como los del río Negro, que le proporcionan una base firme y gestionable de generación desde hace décadas.
Esta capacidad instalada no sólo aporta volumen, sino también flexibilidad operativa, ya que puede adaptarse a variaciones de demanda y complementar a las otras renovables.
Por otro lado, la biomasa ha cobrado relevancia en los últimos años porque aprovecha residuos agrícolas, forestales e industriales —incluidas centrales vinculadas a la industria de la celulosa— para generar electricidad de forma continua y predecible, ya que no depende de condiciones climáticas variables.
Costes a la mitad
Diversos análisis oficiales y de organismos internacionales coinciden en que el despliegue masivo de renovables permitió a Uruguay reducir de forma muy notable —prácticamente a la mitad, según varios de estos estudios— los costes asociados a la generación eléctrica, especialmente al disminuir la dependencia de combustibles fósiles importados y la exposición a la volatilidad del precio del petróleo.
Al mismo tiempo, el país logró atraer cerca de 6.000 millones de dólares en inversiones vinculadas a proyectos eólicos, solares y de biomasa y a la modernización de la red eléctrica a lo largo de la década de mayor expansión renovable.
Ese proceso creó, además, alrededor de 50.000 empleos, fundamentalmente durante las fases de construcción, operación y mantenimiento de estas infraestructuras, una cifra especialmente relevante para un país de unos 3,5 millones de habitantes.

Emisiones
La transición energética uruguaya también ha logrado una espectacular reducción de las emisiones. Según el MIEM, Uruguay disminuyó en un 90% su emisión de dióxido de carbono en 2024, en comparación con 2023.
De acuerdo con los datos presentados, por cada gigavatio-hora de electricidad generada en dicho año, se emitieron, únicamente, seis toneladas de dióxido de carbono. Este valor es el más bajo de los últimos 20 años, destaca el ministerio.
Esta caída sitúa a Uruguay entre los países con menor emisión de CO₂ por electricidad generada en el mundo, lo que ha sido clave para cumplir con los compromisos climáticos y demostrar que la descarbonización técnica puede traducirse en reducciones reales y sostenidas de emisiones.
Segunda transición energética
Tras todos estos logros, el Estado uruguayo afronta ahora una nueva etapa, a la que denomina segunda transición energética, marcada por retos vinculados a la descarbonización del transporte y de la industria pesada, el desarrollo de soluciones de almacenamiento energético, la gestión inteligente de la demanda y la exportación planificada de los excedentes eléctricos.
«El hidrógeno verde, las baterías, la digitalización y los mercados regionales serán los nuevos ejes de trabajo», añaden desde Ursea, organismo estatal encargado de regular los servicios de energía y agua en Uruguay. Esta es la agenda que comienza a perfilarse para aquellos países que ya han logrado electrificar gran parte de su economía a través de las energías renovables.
Si China es considerado el primer electroestado del mundo, Uruguay se perfila como uno de estos nuevos referentes en América Latina. Un logro relevante, sin duda, pero que no supone el final del camino, sino el inicio de una nueva fase en un sistema energético en permanente transformación.