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Qué quiere decir el proverbio africano: «Cuando un anciano fallece es como si ardiera una biblioteca entera»

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Circula desde hace décadas en homenajes, esquelas y publicaciones conmemorativas, casi siempre sin comillas ni referencia alguna, como si fuera un proverbio africano nacido de la tradición oral más antigua. Compara la muerte de una persona mayor con el incendio de una biblioteca entera, una imagen tan potente que rara vez necesita explicación.

Pero pocas frases tan repetidas esconden un origen tan concreto y, a la vez, tan poco conocido. Antes de asumir que se trata de un dicho popular anónimo, transmitido de aldea en aldea desde tiempos inmemoriales, conviene preguntarse quién la pronunció por primera vez, dónde y, sobre todo, qué quería advertir con ella a quien estuviera dispuesto a escuchar.

¿Qué esconde en realidad este proverbio africano sobre la biblioteca que arde?

Detrás de la imagen que pronuncia la frase que nos concierne en esta ocasión, hay una idea muy concreta: cada persona mayor acumula durante décadas una cantidad de conocimiento que ningún archivo oficial recoge por completo.

Y en la misma línea, este proverbio africano no habla de fuego de verdad, sino de todo lo que desaparece sin dejar rastro escrito cuando muere alguien que llevaba consigo oficios, recetas, canciones, nombres de antepasados y formas de resolver problemas que ya nadie más recuerda igual.

La frase, de hecho, tiene autor y fecha, algo que pocas veces se menciona. La pronunció el escritor y etnólogo maliense Amadou Hampâté Bâ (1900-1991), miembro del Consejo Ejecutivo de la Unesco entre 1962 y 1970, durante un alegato en defensa de la tradición oral africana.

Su formulación exacta fue: «En África, cuando un anciano muere, una biblioteca arde, toda una biblioteca desaparece, sin necesidad de que las llamas acaben con el papel».

Con el paso de las décadas, la cita se despegó de su autor y terminó circulando como si fuera un dicho popular anónimo, nacido directamente de la tradición oral que Hampâté Bâ quería defender ante los organismos internacionales.

La memoria que nunca cabe en un libro: conociendo el oficio de los griots

La frase de Hampâté Bâ cobra todo su sentido al conocer la figura del griot (también llamado jali o jeli en las lenguas mandé), el narrador oral que en gran parte de África occidental memorizaba genealogías, guerras, bodas y nacimientos de toda una comunidad.

Su oficio, casi siempre hereditario, convertía a una sola persona en el equivalente humano de un archivo histórico completo.

Sin escritura que respaldase ese conocimiento, la Unesco terminó reconociendo el espacio cultural de los griots como patrimonio inmaterial de la humanidad.

Así, cuando uno de ellos moría sin haber transmitido su repertorio a un aprendiz, la comunidad perdía de golpe siglos de historia oral, de ahí que la comparación con una biblioteca en llamas resultase, para quien la escuchó por primera vez, más literal que poética.

Basta pensar en el Sundiata, la epopeya del imperio de Malí que durante siglos solo sobrevivió gracias a que generaciones sucesivas de griots la recitaron de memoria casi palabra por palabra, mucho antes de que alguien la pusiera por escrito.

Ese poema entero, con sus reyes, batallas y leyes, pudo haber ardido en una sola tarde si la cadena de transmisión se hubiera roto en el momento equivocado.

¿Por qué este proverbio africano incomoda tanto fuera de África?

Aunque nació pensando en griots y ancianos de aldeas africanas, este proverbio africano incomoda en cualquier idioma porque señala algo que ocurre también en los pueblos y ciudades de todo el mundo, incluyendo España, claro.

Por ejemplo, un abuelo que vivió la posguerra, una vecina que conocía el nombre de cada planta del monte o un pescador que sabía leer el mar sin ningún instrumento cargan con un saber que ningún título ni examen certifica.

A su vez, España tiene su propia versión de esos griots, aunque nunca los haya llamado así: son los romances cantados de memoria en las plazas de pueblo, los remedios caseros que se explicaban sin receta escrita y los oficios (esparteros, canteros, guarnicioneros) que se aprendían mirando, no leyendo.

Buena parte de ese repertorio ya solo vive en la cabeza de quienes lo practicaron en primera persona.

En línea con lo que se viene describiendo, esa pérdida no es solo simbólica: tiene una dimensión que crece cada año y que multiplica el riesgo de que la biblioteca se apague sin que nadie llegue a copiar sus páginas.

Hoy, más de 2,2 millones de personas mayores de 65 años viven solas en España, según las proyecciones de hogares del INE, y en tres de cada cuatro de esos hogares quien vive sola es una mujer, según cifras del Imserso.

Una biblioteca que todavía se puede salvar a tiempo

La buena noticia es que la advertencia de Hampâté Bâ ha empezado a tomarse en serio en algunos rincones muy concretos.

En Fitero (Navarra), el proyecto Archivo Vivo, impulsado por la Universidad de Navarra junto a una residencia y un colegio, junta a residentes mayores con escolares para grabar sus recuerdos en forma de podcast, exposición y un mapa con códigos QR repartido por el pueblo.

Uno de los participantes lo resumió con una frase que bien podría hacer eco a la de Hampâté Bâ: aseguró haber descubierto, gracias a esas conversaciones grabadas, «cosas que no aparecen en ningún libro».

Así, cada charla que se guarda a tiempo es, en ese sentido, una página que sí logra salvarse antes de que el fuego llegue.