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Richard Branson compró una isla deshabitada por 180.000 dólares: pocos meses después la convirtió en un exclusivo resort de lujo en el Caribe

Richard Branson tiene 76 años y se ha convertido en uno de los empresarios más famosos de su generación

Uno de sus proyectos más especiales fue comprar una isla y transformarla en un resort de lujo

Realizó esta operación en 1978 y uno de sus objetivos era proteger a los animales que había en la zona

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Richard Branson posando. (Foto: Instagram)

Disfrutar de una isla privada puede parecer una idea reservada únicamente a las grandes fortunas. Sin embargo, Richard Branson ha conseguido que sea una opción destinada a un público más amplio. Cuando tenía apenas 28 años, compró un terreno en las Islas Vírgenes británicas por 180.000 dolares que se ha terminado convirtiendo en Necker Island, un resort muy especial.

En un primer momento, el terreno estaba prácticamente deshabitado y carecía de las infraestructuras que hoy permiten utilizarlo como alojamiento de lujo. Lejos de convertirse inmediatamente en un proyecto turístico, la isla permaneció durante años como una propiedad privada sobre la que Richard fue desarrollando una idea que tardaría aproximadamente una década en materializarse.

El resultado fue Necker Island, una isla de unas 30 hectáreas situada en aguas del Caribe que, además de acoger instalaciones destinadas a huéspedes, se ha convertido en un espacio relacionado con la conservación de especies animales.

Un proyecto ambicioso y personal

La adquisición de Necker Island se produjo hace más de tres décadas. Richard Branson habría comprado el territorio inicialmente como un regalo para su entonces pareja y posteriormente mujer, Joan Templeman, aunque la propiedad acabaría adquiriendo una dimensión muy diferente a la inicialmente prevista.

Durante los primeros años, la isla no disponía de las instalaciones que hoy la caracterizan. El empresario comenzó a desarrollar el proyecto hasta convertirlo en un espacio privado destinado al descanso y al alojamiento de grupos reducidos.

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Richard Branson en su playa del Caribe. (Foto: Instagram)

Con el paso del tiempo, Necker Island se convirtió también en un lugar frecuentado por personas de elevado poder adquisitivo. La propiedad ha mantenido durante años un carácter especialmente reservado, aunque actualmente puede ser alquilada por quienes puedan asumir el elevado coste asociado a una estancia en la isla.

La transformación de aquel territorio prácticamente sin infraestructuras en un complejo residencial requirió una planificación prolongada. Branson tardó alrededor de diez años en poner en marcha su proyecto, que acabaría combinando alojamiento, servicios privados y un programa de conservación.

Una isla con 140 especies protegidas

Uno de los aspectos menos conocidos de Necker Island es su dimensión relacionada con la protección de la fauna. El territorio se ha convertido con los años en refugio para más de 140 especies, muchas de ellas introducidas deliberadamente debido a la situación de vulnerabilidad que atravesaban en sus hábitats naturales.

La presencia de estos animales forma parte del programa de conservación desarrollado en la isla. La iniciativa busca ofrecer un espacio protegido a determinadas especies y ha convertido el territorio en algo más que un lugar destinado exclusivamente al turismo.

La superficie de Necker, de aproximadamente 30 hectáreas, permite combinar las zonas residenciales con áreas destinadas a la fauna. De esta manera, el proyecto desarrollado por Richard ha terminado adquiriendo una vertiente medioambiental que no estaba presente cuando se produjo la compra inicial.

La localización también ha condicionado las características del lugar. Las aguas turquesas, los arrecifes de coral y las playas de arena blanca forman parte del paisaje de las Islas Vírgenes Británicas, un archipiélago situado en el Caribe y caracterizado por sus espacios naturales.

Una mansión con 17 suites y 24 baños

El principal alojamiento de Necker Island es la denominada Gran Casa Central, una mansión diseñada para acoger a grupos de huéspedes en un entorno de privacidad.

La residencia dispone de 17 suites y 24 baños, además de diferentes espacios exteriores e instalaciones destinadas al descanso. Entre ellas se encuentran duchas al aire libre y jacuzzis privados con vistas al paisaje del Caribe.

Los huéspedes disponen además de personal de servicio durante las 24 horas, una característica vinculada al modelo de alojamiento que ofrece la propiedad. El objetivo es que quienes alquilan la isla puedan disponer de buena parte de los servicios necesarios sin abandonar el recinto.

La arquitectura y la distribución de la vivienda están pensadas para aprovechar las características naturales del territorio. Los espacios abiertos permiten contemplar el mar y las zonas de vegetación que rodean las instalaciones residenciales.

Los secretos de Mosquito Island

La experiencia puede ampliarse más allá de Necker Island. La propiedad también ofrece la posibilidad de alojarse en Mosquito Island, una isla situada en las proximidades y que puede acoger a otras 22 personas.

Esta segunda localización permite aumentar la capacidad de alojamiento cuando se trata de grupos numerosos. Ambas islas se encuentran dentro del mismo entorno del archipiélago de las Islas Vírgenes Británicas, caracterizado por sus aguas claras, sus arrecifes y sus playas.

Naturaleza, privacidad y libertad

La historia de Necker Island muestra la transformación experimentada por una propiedad que, cuando fue adquirida por Branson, estaba lejos de contar con las instalaciones actuales. Una inversión de alrededor de 180.000 dólares terminó dando paso a un proyecto desarrollado durante décadas, primero como iniciativa personal y después como alojamiento privado.

En medio del Caribe, Necker Island combina así instalaciones residenciales, espacios naturales y un proyecto de protección de fauna. Lo que comenzó con la compra de un territorio prácticamente deshabitado cuando Richard Branson tenía 28 años terminó convertido, décadas después, en una propiedad privada con una infraestructura muy distinta a la que encontró el empresario británico cuando puso sus ojos por primera vez en aquel pequeño territorio de las Islas Vírgenes Británicas.