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Recorremos la exposición de Cayetana de Alba en Liria y descubrimos el recuerdo que Eugenia Martínez de Irujo guarda «como oro en paño»

  • Marta Menéndez
  • Jefa de Corazón y Crónica Social en COOL. Periodista especializada en celebrities, televisión, moda y realeza, con experiencia en medios como Cadena SER, El Independiente y Diez Minutos. Actualmente cuento las historias detrás de los grandes nombres de la crónica social, con especial foco en actualidad, casas reales y televisión.

Cayetana de Alba sigue dando que hablar cien años después de su nacimiento. En el Palacio de Liria, su historia se cuenta a través de fotografías en las que aparece de niña, cartas que intercambió con algunas de las personalidades más importantes de su época, vestidos de alta costura y objetos que conservó durante toda su vida. La exposición Cayetana. Grande de España, que COOL ha visitado en Madrid, permite descubrir a la XVIII duquesa de Alba más allá de los titulares, las apariciones públicas y su conocida personalidad. Aquí hay una Cayetana que dibujaba, montaba a caballo, bailaba flamenco y sentía un cariño especial por los animales, pero también una mujer consciente de la responsabilidad de preservar uno de los patrimonios históricos y artísticos más importantes de España. Su hija Eugenia Martínez de Irujo, comisaria de la muestra, ha participado en la selección de las piezas y ha vuelto a algunos de los recuerdos más personales de su madre. La exposición puede visitarse hasta el 31 de enero de 2027 y, además de celebrar el centenario de su nacimiento, incorpora un recorrido por la reconstrucción de Liria, de la que se cumplen 70 años.

La muestra reúne más de 200 piezas y es el resultado de más de tres años de investigación. El recorrido combina documentos, fotografías, obras de arte, correspondencia, vestidos y pertenencias personales para reconstruir las distintas facetas de una mujer que convirtió su residencia en un lugar de encuentro para artistas, diseñadores, músicos y figuras internacionales. Una de las claves está precisamente en esa mezcla entre lo público y lo privado: junto a los nombres de quienes frecuentaron su entorno aparecen escenas de su infancia, recuerdos familiares y objetos que difícilmente tendrían el mismo significado fuera de su historia. «Para mí ha sido un orgullo y un honor que mi hermano Carlos haya pensado en mí para ser la responsable de esta exposición tan importante», explica Eugenia a COOL. La experiencia también le ha permitido conocer mejor la relación que su madre mantuvo con grandes figuras de la cultura, la política, la moda y la pintura. «Lo que más me ha removido interiormente ha sido descubrir su relación y respeto con grandes figuras», reconoce, al recordar una correspondencia que refleja vínculos que iban mucho más allá del protocolo y de su posición social.

Los recuerdos de una infancia entre obras de arte

Entre las imágenes que ayudan a entender a la mujer detrás de la duquesa destacan dos retratos ecuestres de Ignacio Zuloaga que se muestran juntos por primera vez. En uno, Cayetana aparece siendo niña sobre su poni Tommy; en el otro, ya adolescente, posa con ropa de montar sobre un caballo blanco. Son dos imágenes que permiten seguir su evolución desde la infancia y que conectan con una afición que mantuvo durante años. La exposición también recupera fotografías familiares, como una imagen de 1942 junto a su padre, Jacobo Fitz-James Stuart, entonces embajador de España en Londres, y escenas mucho más espontáneas que rebajan la solemnidad asociada a una de las familias aristocráticas más conocidas del país. En otra fotografía, tomada en 1973, Cayetana aparece sentada en la hierba junto a Eugenia y su perro Kas; en una imagen más insólita, la duquesa posa con su mona Amelia sobre la cabeza. El sentido del humor y su amor por los animales aparecen así como parte esencial de su personalidad, lejos de la imagen encorsetada que podía proyectar su título.

Eugenia también recuerda cómo era crecer en las distintas residencias familiares, rodeada de pinturas, tapices y piezas históricas que exigían ciertas normas. «Las casas de mi madre no eran casas al uso y entendíamos que había la parte de los niños y los cuartos de juego para nosotros, obviamente no los salones principales, donde hay piezas históricas que debía proteger», cuenta. La conservación del patrimonio formaba parte de la vida cotidiana, incluso en los años de infancia, y esa conciencia ayuda a comprender el cuidado con el que la familia ha mantenido las colecciones. La relación cambiaba, eso sí, cuando llegaban los nietos. «Lógicamente la relación de los padres con los hijos no es la misma que con los nietos… Los abuelos siempre, como en cualquier familia, son mucho más permisivos», añade con humor. En sus palabras aparece una Cayetana familiar, consciente de sus responsabilidades, pero también capaz de dejar a un lado la rigidez de su papel cuando estaba con los suyos.

La parte más emotiva de la exposición quizá no esté en las piezas de mayor valor artístico, sino en esos objetos pequeños que conservan una historia personal. Eugenia tiene claro qué habría tocado la fibra sensible de su madre: «Las piezas que más le hubieran emocionado pienso que serían las más sentimentales, como el collar de uno de sus primeros perros, que yo guardo como oro en paño». La elección dice mucho de la relación que Cayetana mantuvo con los animales y del valor que su hija concede a los recuerdos familiares. La propia Eugenia cree que a la duquesa le habría emocionado, por encima de todo, comprobar el cariño que todavía despierta. «Le emocionaría el gran cariño que ha recibido por todo el mundo como ser humano y, segundo, haber estado toda la familia celebrando el centenario de su nacimiento», asegura. No es una declaración menor: la exposición no se limita a repasar la trayectoria de una aristócrata, sino que intenta explicar por qué su figura sigue generando interés y afecto más de una década después de su muerte.

La niña que dibujaba y soñaba con el arte

Cayetana no solo coleccionó obras de otros artistas; también pintó desde muy joven. Entre las piezas expuestas hay un paisaje realizado con ceras de colores cuando tenía 12 años, en el que representó el patio del aceite del Palacio de las Dueñas, y un dibujo de un arlequín dominado por tonos azules que recuerda a los primeros trabajos de Picasso. La presencia de estas obras permite asomarse a una faceta menos conocida y entender que su interés por el arte no se limitaba al mecenazgo o a la conservación de las colecciones heredadas. El recorrido incluye asimismo esculturas de Mariano Benlliure, un busto de mármol de Cayetana niña y una figura en bronce de Pastora Imperio, la bailaora que le enseñó a bailar. Según ha contado Eugenia, en Liria había un tablao en el que su madre bailaba de pequeña, en un espacio que compartía con su estudio de pintura. La imagen de la duquesa que emerge de estas piezas es la de una mujer con intereses diversos, que se movía con naturalidad entre la pintura, el flamenco y las tradiciones andaluzas.

Su identidad española también ocupa un lugar central en la muestra. Aunque se educó fuera del país y viajó por el mundo junto a su padre y su abuelo, Eugenia considera que aquella experiencia reforzó el vínculo de su madre con sus raíces. «Haberse educado fuera de España y viajar por todo el mundo con mi abuelo y con mi padre, pienso que le dio más valor a sus raíces y a sentirse tan española», explica. En el caso de Sevilla, la conexión venía además de su tía Sol, hermana de su abuelo, a quien Eugenia atribuye haberle transmitido el amor por la ciudad y las tradiciones andaluzas. No es casual que la primera etapa de la exposición tuviera lugar en el Palacio de las Dueñas, una residencia estrechamente ligada a la vida de Cayetana. La llegada a Madrid permite ahora contemplar esa historia desde Liria, otro de los espacios fundamentales de su biografía.

Los duques de Huéscar y la continuidad del legado familiar

El legado de Cayetana no se entiende sin mirar a las generaciones que han asumido la responsabilidad de mantener vivo el patrimonio de la Casa de Alba. En esa continuidad familiar, los duques de Huéscar, Fernando Fitz-James Stuart y Sofía Palazuelo, representan a una nueva generación vinculada al futuro de la casa y a la conservación de una historia que se ha transmitido durante siglos. El Palacio de Liria no es únicamente el escenario de esta exposición: es también una residencia familiar en la que conviven la memoria de Cayetana y el presente de sus descendientes. La duquesa quiso que el palacio conservara ese carácter de hogar, con los objetos y las obras de arte como parte de una vida cotidiana y no como piezas aisladas de un museo. Esa idea ayuda a entender por qué las fotografías personales y los recuerdos domésticos tienen tanto peso en el recorrido. La historia de los Alba se presenta como una herencia artística, pero también como una responsabilidad que pasa de padres a hijos y de abuelos a nietos.

La reconstrucción de Liria, una de las grandes obras de Cayetana

La exposición reserva un espacio especial para uno de los capítulos más importantes de la historia familiar: la destrucción y posterior reconstrucción del Palacio de Liria. El edificio fue bombardeado durante la Guerra Civil, en 1936, y solo quedaron en pie sus fachadas. Una parte importante de la colección artística y de los documentos había sido trasladada para protegerla, primero a Valencia y después a Ginebra, siguiendo un recorrido similar al de las obras del Museo del Prado. Sin embargo, el desastre tuvo consecuencias irreparables: se perdió aproximadamente la mitad de los libros de la biblioteca y el archivo histórico sufrió la destrucción de gran parte de sus fondos. La recuperación del palacio se convirtió en una tarea de enorme envergadura. El duque Jacobo impulsó la reconstrucción y, tras su muerte, Cayetana y su marido, Luis Martínez de Irujo, continuaron el proyecto hasta la reapertura del edificio en 1956. La sección dedicada a este aniversario incorpora fotografías y documentación que permiten comprender la magnitud de aquel esfuerzo.

La recuperación de Liria fue mucho más que una obra arquitectónica. Para Cayetana significó preservar una parte esencial de la historia de su familia y devolver a Madrid uno de sus grandes palacios. La exposición recuerda ese empeño a través de imágenes del edificio antes y después de su reconstrucción y de documentos que explican cómo se recuperó el patrimonio que había sobrevivido a la guerra. El recorrido también repasa la relación de la duquesa con la moda y la alta costura: Cayetana vistió diseños de Balenciaga, Dior y Givenchy, entre otros grandes nombres, y convirtió Liria en un punto de encuentro cultural. En 1959, el palacio acogió un desfile de Yves Saint Laurent vinculado a Dior con fines benéficos, una muestra del papel que la duquesa desempeñó como anfitriona y mecenas. La correspondencia, las dedicatorias y las fotografías con artistas e intelectuales revelan una mujer que cultivó relaciones en mundos muy distintos y que supo utilizar su posición para acercar la cultura a su entorno.

Al terminar el recorrido, la figura de Cayetana queda dibujada a través de contrastes: la aristócrata y la madre, la coleccionista y la pintora, la mujer que preservó un patrimonio histórico y la que guardaba con cariño el collar de uno de sus primeros perros. Eugenia Martínez de Irujo ha resumido con sus recuerdos esa distancia entre el personaje público y la intimidad familiar. Para ella, el legado más importante no está solo en los palacios, las obras de arte o los títulos, sino también en el afecto que su madre sigue despertando y en los pequeños objetos que conservan su memoria. Cayetana. Grande de España puede visitarse en el Palacio de Liria hasta el 31 de enero de 2027, con un recorrido que permite acercarse a una de las figuras más singulares de la aristocracia española y entender por qué, cien años después de su nacimiento, su historia sigue formando parte del presente de la Casa de Alba.