Es la carretera más bonita de Barcelona y de las mejores rutas del mundo: 86 curvas y 23 kilómetros con vistas al mar
Las Costas del Garraf en la C-31 es una de las carreteras más bonitas de Barcelona
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El litoral de Barcelona guarda rincones que sorprenden incluso a quienes creen conocer bien la zona. Más allá de las playas más populares o de los paseos marítimos llenos de gente, hay tramos donde el paisaje cambia por completo y la experiencia se vuelve mucho más tranquila, casi íntima. Uno de esos lugares no está escondido en un pueblo ni detrás de una ruta complicada, sino en una carretera que para muchos, es la más bonita de Barcelona.
Se trata de un recorrido que no destaca por ser rápido ni especialmente cómodo, pero que precisamente por eso se disfruta de otra manera. Aquí no hay prisas sino que las curvas obligan a bajar el ritmo, a mirar alrededor y a detenerse de vez en cuando. El mar aparece a cada pocos metros, a veces muy cerca, otras desde lo alto, y el paisaje va cambiando sin darte cuenta. Las conocidas Costas del Garraf cuyo origen está en las épocas cartaginesa y romana, se han convertido con el tiempo en una de las rutas más especiales de Cataluña. Son unos 23 kilómetros de carretera, con cerca de 86 curvas, que conectan Castelldefels con Sitges y que para muchos conductores y motoristas están entre los trayectos más bonitos que se pueden hacer en España, incluso comparables a algunas rutas internacionales.
La carretera de Barcelona que enamora a quien la recorre
Este tramo de la C-31 es uno de esos recorridos que no necesitan grandes campañas para hacerse conocidos. Quien lo recorre suele repetir, y quien lo descubre por primera vez se sorprende de que algo así esté tan cerca de Barcelona. La clave está en la combinación de elementos ya que por un lado, esta el mar Mediterráneo, que acompaña prácticamente todo el trayecto, mientras que por el otro, tenemos el macizo del Garraf, con sus formaciones rocosas y su vegetación característica, que crean un contraste constante entre azul y tonos tierra. Y en medio, una carretera estrecha en algunos puntos, con curvas continuas que obligan a conducir con atención.
No es una vía pensada para correr. De hecho, gran parte de su encanto está en recorrerla sin prisa, disfrutando de cada tramo. Por eso es habitual ver tanto a motoristas como a conductores que simplemente buscan un plan diferente, más que un desplazamiento rápido. También a ciclistas y de ahí que los que van en coche tengan que circular con cuidado en muchas ocasiones especialmente en el fin de semana.
86 curvas entre acantilados y mar abierto
Uno de los datos que más llaman la atención de esta carretera es el número de curvas. Se habla de unas 86 en apenas 23 kilómetros, aunque estos son de ida y vuelta, es decir casi 12 km para cada tramo, y que da una idea bastante clara de cómo es el recorrido. No tiene largos tramos rectos, sino una sucesión constante de giros que van adaptándose al terreno.
La carretera se abre paso entre acantilados, con algunos tramos en los que la sensación de altura sobre el mar es bastante evidente. En otros puntos, en cambio, desciende ligeramente y permite ver pequeñas calas o zonas más resguardadas. Este trazado, que en su momento se diseñó adaptándose al terreno sin grandes modificaciones, es precisamente lo que hoy le da ese carácter tan especial. No es una carretera moderna ni rectilínea, y eso se nota en cada kilómetro.