Un pakistaní le destroza la casa a su inquilino de 70 años por unas obras y le obliga a vivir entre mugre: «En mi país las cosas se hacen así»
El casero decidió iniciar unas obras de reforma que han dejado la casa completamente inhabitable desde hace tres meses
Vivir entre escombros, suciedad y la amenaza constante de roedores se ha convertido en la triste rutina diaria de Antonio, un jubilado de 70 años cuya vivienda de alquiler ha pasado de ser su hogar a una verdadera pesadilla.
Ubicado en las inmediaciones del barrio de Son Gotleu, en Palma, este inmueble se encuentra sumido en el caos desde que, hace tres meses, el propietario decidiera iniciar unas obras de reforma que han dejado la casa completamente inhabitable.
Según ha relatado el propio afectado al diario OKBALEARES, el casero, de origen pakistaní, comenzó derribando varias paredes con la promesa de reacondicionar el espacio. Sin embargo, el tiempo ha pasado y la intervención ha quedado completamente abandonada a medio hacer. «En mi país las cosas se hacen así», le llegó a espetar para excusarse.
A día de hoy, el piso se encuentra patas arriba y el arrendador se niega rotundamente a limpiar o a restablecer la normalidad en las zonas más básicas para la vida cotidiana: el cuarto de baño, la cocina, el comedor y el dormitorio.
La acumulación de restos de obra ha propiciado un entorno insalubre en el que proliferan las ratas, las cuales emergen entre las montañas de cascotes. La situación ha llegado a un punto de extrema precariedad en el que realizar acciones tan elementales como asearse resulta un desafío desgastante. «Me dijo que vendría a arreglarlo todo, pero tres meses después la realidad es que apenas puedo ducharme; me quiere ver muerto», confiesa Antonio con tristeza.
Hasta el inicio de los derribos, Antonio abonaba puntual y religiosamente una renta de 400 euros mensuales. Hoy, como acto de rebeldía ante la falta de respuestas y el abandono sistemático, ha tomado la determinación de no pagar ni un euro más. El pensionista sostiene que debe defenderse de alguna manera frente a lo que considera un abuso hacia su persona, amparado en su avanzada edad y en los limitados recursos de su humilde pensión.
A pesar del tormento que supone habitar entre la mugre, Antonio reitera su negativa a abandonar el inmueble al no disponer de ninguna alternativa habitacional.
Frente a la actitud del arrendador, quien según el inquilino llegó a justificar el proceder alegando costumbres de su país de origen, Antonio remarca con firmeza que existen leyes y derechos que deben respetarse. Tras haber dado aviso a las autoridades policiales sin haber obtenido por el momento una solución concreta, el anciano insiste en mantenerse en la vivienda a la espera de que se haga justicia.
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