‘Dido and Aeneas’, contribución del barroco al presente
El Teatro Principal ha acogido la representación de esta ópera con gran éxito
Una velada de altura, acertadamente diseñada por un escenógrafo magistral, que supo transportarnos al siglo XVII
Recuperar una obra barroca en la Temporada de Ópera del Teatro Principal de Palma era un objetivo que se había marcado Miquel Martorell desde que asumió la gerencia. Como punto de partida, acudir a Dido y Eneas ha sido un gran acierto, puesto que Henry Purcell fue el más grande compositor del barroco inglés. Dido y Eneas no se representaba en Palma desde 1997, lo que significa una ausencia de casi tres décadas. A ello ha venido a sumarse que estamos hablando de una coproducción del Teatro Principal de Palma y el Teatro Alighieri de Ravenna y con estreno absoluto el pasado noviembre en Italia. Este mes de febrero, los días 12, 14 y 16, llegaba nuestro turno.
Asimismo no se puede pasar por alto la participación del escenógrafo Pier Luigi Pizzi, que a sus 94 años mantiene intacta su autoridad en la materia.
De entrada su exquisito acierto al entrelazar en tiempo continuado Ode on St. Cecilia’s Day (1692) y Dido and Aeneas (1688), visto por primera vez en España nos cuentan, lo que propicia un interesante juego interactivo con la ambientación en el mismo espacio (La escuela londinense de señoritas de de Josiah Priest) donde asistimos a una fiesta de celebración de la música, y formando parte de ella la representación de una ópera. Este detalle, conecta con la historia real, puesto que Dido and Aeneas se representó en aquella misma escuela, precisamente, y en este ocurrente juego de coincidencias le corresponderá al coro representar con mucho acierto el papel de público. Es por lo tanto una suerte de representación del teatro dentro del teatro.
El libreto de Nahum Tate, en parte inspirado en el canto IV de La Eneida de Virgilio, fue una petición de Josiah Priest, a la sazón profesor de danza en aquella escuela de señoritas. De ahí, que el estreno fuera en Chelsea. No es casual, por tanto, que la danza esté bien presente en la Oda. Nada hay de gratuito en ello, porque en el barroco la danza cortesana estaba en boga en sus diferentes modalidades: la chacona, el minueto, la zarabanda, la gavota y así sucesivamente. En escena destacan dos danzas compuestas por Henry Purcell, para guitarra, dejando amplio margen a la improvisación: Dance Gittars Chacony y Gittar Ground a Dance. Magníficamente bailadas, por cierto. Purcell recurre a la danza para reforzar la expresión dramática y dar desarrollo a la narrativa, al tiempo que contribuir a expresar las emociones de los personajes, y todo ello en el contexto de una celebración que refleja solemnidad y alegría, al tiempo que el texto de la Oda refiere el poder de la música y su capacidad para elevar el espíritu.
En este entramado apacible, a ojos del espectador, es de reconocer la figura del director musical, un joven Andrés Salado bien introducido en el barroco aunque ésta era la primera vez que encaraba la partitura de Purcell. Bastaba con observar sus manos abiertas al cielo como queriendo abrazar el sonido, intensa y apasionadamente, consciente de contemplar una obra toda ella un símbolo emblemático del barroco, de profunda expresión emocional y en la que probablemente, por primera vez, se mostraba la capacidad de la música barroca para transmitir sentimientos intensos y con la Sinfónica de Baleares convertida en un magnífico conjunto barroco de cámara.
El momento más esperado por ser una obra maestra en sí misma era el aria de soprano Dido’s lament, que además, históricamente, es un referente en la creación de una experiencia dramática en la ópera barroca, y me atrevo a aventurar, que sencillamente se adelantó al verismo por simple intuición. Y qué grande la intervención de la soprano navarra Maite Beaumont. Pero no fue correspondida por el público imagino que debido a la singularidad de la propuesta en su conjunto, cuando bien merecía el aplauso unánime.
Todos los solistas, estuvieron acertados en sus papeles, sin excepción. Pero puestos a señalar, además de Beaumont vimos a un convincente contratenor (Christian Borrelli) que acabó siendo el más aplaudido; una deliciosa, Irene Mas, en especial en el papel de Belinda; un trío de hechiceras, dando alas al maleficio, y con excelente factura (Begoña Gómez, Susana Cordón, Natalia Salom) y por encima de todo, junto a Maite Beaumont, el barítono Tomeu Bibiloni, apuntando maneras al estilo del reverendo John Gostling, un bajo profundo a quien, Henry Purcell, dedicó no pocas composiciones.
En resumidas cuentas, una velada de altura, acertadamente diseñada por un escenógrafo magistral, que supo transportarnos al siglo XVII con atuendos contemporáneos, pues no en vano él era el autor del diseño de vestuario.
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