La reflexión de Sigmund Freud sobre el amor: «El que ama, se hace humilde. Aquellos que aman, por decirlo de alguna manera, renuncian a una parte de su narcisismo»
El padre del psicoanálisis defendía que amar implica abandonar parte del ego para poder abrirse al otro
«El que ama, se hace humilde. Aquellos que aman, por decirlo de alguna manera, renuncian a una parte de su narcisismo». Esta reflexión de Sigmund Freud es una de las más conocidas sobre la naturaleza del amor y la personalidad. Aunque el neurólogo austriaco es recordado principalmente por fundar el psicoanálisis, dedicó buena parte de su obra a analizar los vínculos afectivos y el modo en que el amor transforma a las personas. Más de un siglo después de formular estas ideas, su planteamiento sigue alimentando el debate entre psicólogos, filósofos y especialistas en relaciones personales.
El amor como transformación del yo
Sigmund Freud (1856-1939) desarrolló esta idea en su ensayo Introducción del narcisismo, publicado en 1914. En esta obra explica que el ser humano dirige inicialmente gran parte de su energía emocional hacia sí mismo, lo que denominó narcisismo. Sin embargo, cuando una persona ama de manera genuina, una parte de esa atención deja de centrarse exclusivamente en el propio yo para orientarse hacia otra persona.
Para Freud, este proceso supone una forma de humildad. Amar implica reconocer el valor del otro, aceptar su importancia en la propia vida y renunciar a la idea de que uno mismo ocupa siempre el centro de todas las cosas. Esa cesión emocional constituye, según el psicoanalista, una de las características fundamentales del amor auténtico.
¿Qué era para Freud el narcisismo?
A diferencia del significado popular del término, Freud no consideraba que el narcisismo fuera siempre un rasgo negativo. En su teoría, existe un narcisismo primario que forma parte del desarrollo psicológico normal y contribuye a construir la autoestima. El problema aparece cuando esa atención hacia uno mismo se vuelve excesiva e impide establecer vínculos sanos con los demás.
En este contexto, la frase cobra todo su sentido. El amor no elimina el amor propio, sino que lo equilibra. La persona enamorada aprende a compartir sus emociones, su tiempo y sus prioridades, aceptando que el bienestar del otro también adquiere un papel importante. Esa capacidad de salir del propio ego continúa siendo considerada por numerosos psicólogos como una de las bases de las relaciones afectivas saludables.
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