La joya etnográfica de origen medieval que solo existe en Galicia y servía para tender una trampa mortal a los lobos
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La joya etnográfica que abordaremos ahora solo existe en Galicia, repartida en decenas de puntos por sus sierras y montes, casi siempre lejos de las rutas turísticas habituales. Se trata de una construcción de piedra que combina ingeniería rudimentaria con un conocimiento profundo del comportamiento animal, pensada para resolver un problema que tenían los ganaderos gallegos.
Durante generaciones, esta estructura formó parte del paisaje cotidiano de muchas parroquias rurales, aunque hoy la mayoría de los gallegos que pasan cerca ni siquiera saben para qué servía. Su forma, muy característica, delata que se trata de algo bastante ingenioso y, según cómo se mire, también bastante cruel con el animal que tenía en el punto de mira.
El foso del lobo, la joya etnográfica medieval que solo existe en Galicia
Esta construcción se llama foxo do lobo (foso del lobo, en castellano) y es una trampa de piedra diseñada, ya desde la Edad Media, para cazar lobos sin necesidad de armas.
Consistía en dos muros largos de piedra dispuestos en forma de V o de embudo, que podían llegar a medir varios cientos de metros, y que terminaban estrechándose hasta un pozo o recinto circular donde el animal quedaba atrapado sin ninguna posibilidad de salir con vida.
En la misma línea, el origen de estas trampas responde a una necesidad muy concreta: los lobos representaban una amenaza constante para el ganado, principal sustento de muchas familias gallegas, y las armas de fuego de la época eran caras, escasas o directamente inexistentes.
Por lo tanto, la solución tenía que ser colectiva y basarse en materiales al alcance de cualquier parroquia. Por ejemplo, piedra del propio monte y claro, la coordinación de vecinos dispuestos a colaborar.
¿Cómo era el funcionamiento de esta trampa mortal para lobos en Galicia?
El funcionamiento era tan simple como eficaz. Los vecinos de la zona organizaban batidas colectivas, generalmente reguladas por el concello parroquial, en las que un grupo de personas recorría el monte haciendo ruido con cencerros, palos y gritos para asustar a los lobos y empujarlos hacia la boca abierta de la V de piedra.
A medida que el animal avanzaba, los muros se iban estrechando y ganando altura, hasta que no le quedaba más remedio que caer al pozo final, de donde ya no podía escapar.
Cabe remarcar aquí que no todos los fosos eran iguales: además del modelo más común, de doble muro convergente, existían variantes con cuatro muros en cruz, con dos pozos unidos entre sí o con cebo vivo para atraer al animal hasta el interior de un recinto cerrado.
A su vez, las batidas se concentraban sobre todo en primavera y verano, y una vez cazado, el lobo se exhibía como trofeo en las aldeas cercanas, casi como prueba pública de que la amenaza había sido neutralizada.
Del arma de caza a la joya patrimonial: qué queda hoy de los fosos en Galicia
La práctica de cazar lobos con fosos se mantuvo viva hasta bien entrado el siglo XX, cuando la llegada de armas de fuego más accesibles y el veneno terminaron sustituyendo a estas trampas de piedra.
Con el tiempo, el propio lobo pasó de ser un enemigo a cazar a convertirse en una especie protegida, y estas construcciones que antes servían para exterminarlo hoy se cuidan y catalogan como parte del patrimonio etnográfico de Galicia.
Muchos de estos recintos siguen recibiendo distintos nombres según la comarca (couso, lobeira o simplemente foxo), una variedad lingüística que refleja lo extendida que estuvo esta práctica por todo el territorio gallego.
Hoy, caminar hasta uno de ellos no supone ningún peligro: el lobo ibérico apenas sobrevive en unas pocas sierras del norte peninsular, y la piedra que antes mataba ahora solo cuenta una historia.
Los fosos de lobo que todavía se pueden visitar en Galicia
Uno de los ejemplos mejor conservados se encuentra en Os Foixos, dentro de la Serra do Suído, en el concello pontevedrés de Covelo, a 930 metros de altitud. Sus muros laterales superan los 100 metros de longitud, unidos por un muro central de unos 40 metros que divide la V en dos secciones, una particularidad poco habitual entre este tipo de construcciones.
Junto al foso se conserva también un pequeño chozo de piedra que servía de refugio a los pastores.
Otro ejemplo notable es el foso de lobo de Parada da Serra, en el límite entre A Gudiña y Riós (Ourense), a más de 1.100 metros de altura en la Serra da Urdiñeira.
Así, un sendero señalizado de cuatro kilómetros, que forma parte del trazado de la Vía de la Plata del Camino de Santiago, permite recorrer hoy la misma ladera por la que antaño los vecinos empujaban a los lobos hacia una muerte segura entre dos muros de piedra.
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