La Armada de Estados Unidos propone comprar 15 nuevos acorazados de propulsión nuclear, con el futuro USS Defiant como primer buque de la clase Trump. Serían los primeros acorazados nuevos desde que el USS Missouri, el último de su tipo incorporado a la flota, entró en servicio en junio de 1944.
Pero el nombre puede confundir. No se trata de recuperar una fortaleza de acero con enormes cañones, sino de construir una plataforma para misiles hipersónicos, ataques de largo alcance, defensa aérea y mando naval. ¿Puede Estados Unidos pagarla y fabricarla sin agravar los retrasos de sus astilleros?
Un acorazado muy distinto
Los antiguos Iowa fueron diseñados alrededor de nueve cañones de 16 pulgadas y un blindaje muy pesado. Eran gigantes pensados para duelos navales, aunque la aviación embarcada terminó llevando el combate mucho más lejos de lo que alcanzaba su artillería.
La Armada recuperó los cuatro Iowa durante la década de 1980 y les añadió 32 misiles Tomahawk y 16 Harpoon. Aquella modernización convirtió un casco de la Segunda Guerra Mundial en un gran almacén de misiles, una idea que vuelve ahora con tecnología nueva y sin depender del viejo cañón como arma principal.
Misiles en lugar de grandes cañones
El plan oficial emplea el código BBGN, que describe un acorazado de misiles guiados con propulsión nuclear. La Armada quiere que concentre ataques de gran alcance, sistemas de defensa, espacios de mando y suficiente energía para futuras armas láser.
Entre sus armas previstas figura “Conventional Prompt Strike”, un misil hipersónico pensado para recorrer largas distancias a más de cinco veces la velocidad del sonido. Su objetivo es alcanzar blancos lejanos con rapidez y reducir el tiempo disponible para reaccionar.
Los documentos oficiales publicados no detallan un cinturón blindado comparable al de los Iowa, y la Oficina de Presupuesto del Congreso incluye el nivel de protección entre las preguntas abiertas. Por eso, llamarlo acorazado describe en gran medida su tamaño y su potencia de fuego, no una vuelta exacta al diseño de 1944.
Una factura de portaaviones
La Oficina de Presupuesto del Congreso calcula que un primer buque de unas 35.000 toneladas, comprado en 2030, costaría entre 17.600 y 18.900 millones de dólares de 2025. Los siguientes podrían situarse entre 10.000 y 15.000 millones cada uno, según el diseño final y la capacidad industrial disponible.
El plan presupuestario de la Armada ya reserva 1.000 millones de dólares para compras anticipadas y plantea 16.970 millones para el buque principal en el año fiscal 2028. Los tres primeros cascos sumarían 43.526 millones hasta 2031. Todo ello cuando el diseño todavía no está cerrado.
El límite está en los astilleros
Eric J. Labs, analista sénior de fuerzas y armas navales de la Oficina de Presupuesto del Congreso, advirtió que incluso una flota de 15 acorazados exigiría construir más tonelaje que los 28 destructores DDG X que el proyecto debía sustituir inicialmente. Eso requiere acero, reactores, proveedores y miles de trabajadores especializados durante décadas.
El problema no empieza con la clase Trump. La misma oficina señala retrasos en portaaviones de la clase Ford y submarinos Columbia y Virginia, además de una base industrial que ya tiene dificultades para cumplir los calendarios actuales. Añadir otro programa nuclear gigantesco no crea capacidad por arte de magia.
Un programa que todavía cambia
La propuesta ha evolucionado con rapidez. En abril, la Oficina de Presupuesto del Congreso explicó al Capitolio que el nuevo buque reemplazaría al DDG X, pero el plan naval publicado en mayo insiste en que no sustituirá a los destructores y lo coloca en la parte más alta de una flota combinada de buques grandes y pequeños.
El Congreso tampoco ha entregado un cheque en blanco. Un borrador de la Cámara de Representantes condiciona el inicio de la construcción a que la Armada certifique que los sistemas principales están suficientemente maduros. Es una precaución básica cuando el casco, el reactor y varias armas avanzadas deben funcionar juntos.
El Zumwalt sirve de ensayo
La Armada ya está probando parte de esta lógica en el USS Zumwalt. El destructor fue rediseñado para recibir misiles “Conventional Prompt Strike”, y la Oficina de Responsabilidad Gubernamental sitúa en 2027 la demostración prevista de esa capacidad desde el buque.
Ese paso puede reducir algunas dudas sobre el lanzamiento de misiles hipersónicos desde una nave de superficie. Pero no demuestra que la industria pueda entregar 15 acorazados nucleares a un coste asumible. Una cosa es adaptar los Zumwalt y otra levantar una nueva clase durante varias décadas.
Entre la ambición y la realidad
Mark Cancian, analista del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, resumió su escepticismo con una frase directa. “Este barco nunca navegará”. Su argumento es que el diseño llevará años y concentrará demasiado dinero en unos pocos objetivos de gran tamaño.
La Armada sostiene lo contrario y afirma que ningún destructor actual ofrece el espacio, la autonomía y la energía necesarios para combinar misiles hipersónicos, armas futuras y un gran centro de mando. Por ahora, el USS Defiant sigue siendo una propuesta presupuestaria y de diseño, no un buque en construcción. Ahí está la diferencia.
El plan oficial se ha publicado en la web del Departamento de la Armada de Estados Unidos.










