Agencia Espacial Europea (ESA) Basura espacial

Parece inexplicable pero es real: la basura espacial seguirá creciendo aunque no lancemos ni un satélite más

Un informe del Parlamento Europeo cifra en 140 millones los fragmentos de 1 mm a 1 cm en órbita

El síndrome de Kessler amenaza con dejar inutilizables órbitas clave y costar 165.000 millones

"En el futuro se espera que podamos reciclar la basura espacial en órbita"

Basura espacial
Un informe del Parlamento Europeo cifra en 140 millones los fragmentos de 1 mm a 1 cm en órbita.
Antonio Quilis
  • Antonio Quilis
  • Periodista especializado en información medioambiental desde hace más de 20 años y ahora director de OKGREEN en OKDIARIO. Anteriormente director de El Mundo Ecológico. Colaborador en temas de medioambiente, ecología y sostenibilidad en Cadena Ser.

La basura espacial no deja de crecer y, aunque mañana se detuvieran todos los lanzamientos, seguiría aumentando. Es la principal advertencia de un informe elaborado para la Comisión de Industria, Investigación y Energía (ITRE) del Parlamento Europeo, que analiza la congestión de las órbitas terrestres y sus consecuencias.

El documento, firmado por Valentina Richard Romei y fechado en septiembre de 2026, sostiene que el sector espacial, valorado en 420.000 millones de euros a nivel mundial, depende de un entorno orbital cada vez más saturado. La última década ha traído más operadores comerciales y grandes constelaciones de satélites.

La razón es sencilla: las colisiones entre objetos que ya están en órbita generan nuevos fragmentos, que a su vez provocan más choques. Esa dinámica, subraya el texto, hace inevitable un aumento de los restos incluso sin nuevos satélites, sobre todo en la órbita baja terrestre.

Millones de fragmentos

Los modelos estadísticos estiman que hay unos 54.000 objetos de más de 10 centímetros, 1,2 millones de entre 1 y 10 centímetros y unos 140 millones de fragmentos de entre 1 milímetro y 1 centímetro. La masa conjunta de todos ellos supera las 17.000 toneladas.

De todos esos objetos, sólo 46.650 están catalogados y son seguidos de forma regular por las redes de vigilancia espacial. El resto se conoce únicamente por estimaciones, lo que complica prever los choques y decidir cuándo una maniobra de evitación resulta realmente necesaria.

Desde 1957 se han lanzado unos 27.490 satélites. Alrededor del 69% sigue en el espacio, pero sólo el 58% funciona. En la última década, el número total de objetos en órbita se ha multiplicado por 2,43, según los datos de la Agencia Espacial Europea (ESA) que recoge el informe.

La órbita baja concentra el problema

El principal motor de este crecimiento son las megaconstelaciones de comunicaciones en órbita baja. Starlink, la mayor de todas, supone aproximadamente dos tercios de los satélites activos del planeta. El informe atribuye el auge a lanzamientos más baratos y a satélites cada vez más pequeños.

La distribución es muy desigual. La órbita baja acumula 25.060 objetos catalogados, frente a 1.303 en la órbita media y 961 en la geoestacionaria. Además, los restos suponen el 37% de lo que hay en la órbita baja, frente al 10% en la geoestacionaria.

Esa diferencia tiene una explicación física. En órbita baja, la resistencia de la atmósfera acaba haciendo caer los restos, aunque el proceso puede durar años. En la geoestacionaria, a unos 36.000 kilómetros, la fricción es despreciable y los objetos pueden quedarse indefinidamente si no se envían a una órbita cementerio.

El síndrome de Kessler

El peor escenario es el síndrome de Kessler, formulado en 1978 por los físicos de la NASA Donald Kessler y Burton Cour-Palais. Describe una reacción en cadena de colisiones que multiplica los restos y puede dejar ciertas órbitas inutilizables, con especial incidencia en las zonas más pobladas de la órbita baja.

La velocidad relativa típica en esa órbita es de unos 10 kilómetros por segundo. A ese ritmo, un fragmento de sólo 1 milímetro puede dañar los sistemas de un satélite, y uno de más de 1 centímetro puede provocar su destrucción parcial o total, según el documento.

El precedente más citado es la colisión de 2009 entre un satélite comercial estadounidense Iridium y el ruso Kosmos-2251, a unos 800 kilómetros de altura. Fue el primer choque accidental entre dos satélites intactos y generó más de 2.000 fragmentos rastreables, muchos de los cuales seguirán en órbita durante décadas.

lanzamiento cohete
La Ley Espacial de la UE busca liderar la gestión del tráfico orbital y la retirada de restos.

Impacto económico

La OCDE estima que un escenario Kessler supondría pérdidas mundiales de unos 165.000 millones de euros. La evaluación de impacto de la propuesta de Ley Espacial eleva el golpe: perder el acceso al espacio equivaldría a un 2,56% del PIB mundial.

Incluso sin llegar a ese extremo, el coste es real. Las maniobras de evitación consumen combustible y acortan la vida de las misiones. Se prevé que su número se multiplique por 2,5 entre 2019 y 2059, y que blindaje y maniobras supongan entre el 5% y el 10% del coste de una misión.

Europa ya lo ha comprobado. En 2021, un satélite del sistema de navegación Galileo estuvo dos semanas fuera de servicio tras una alerta de riesgo de colisión. El dato es relevante porque aproximadamente el 10% del PIB de la UE depende de la navegación por satélite.

Reentradas y cielo nocturno

La reentrada incontrolada de objetos también preocupa. La mayoría se desintegra en la atmósfera, pero algunos fragmentos alcanzan la superficie. El umbral habitual es una probabilidad de víctima de 1 entre 10.000 por reentrada, aunque el riesgo agregado crece: se calcula que en 2030 podría llegar a 0,1 víctimas al año.

Estas reentradas pueden alterar el tráfico aéreo y marítimo, y el informe cita previsiones de que la probabilidad anual de que un avión sea alcanzado llegue a 1 entre 1.000. A ello se suman la contaminación por materiales tóxicos o radiactivos y la liberación de partículas finas al quemarse.

La ciencia también paga el precio. Satélites y restos reflejan la luz solar y elevan el brillo del cielo nocturno al menos un 10%, dejan estelas en las imágenes astronómicas e interfieren con la radioastronomía. Además, dificultan detectar asteroides potencialmente peligrosos que se acerquen a la Tierra.

Vigilancia y maniobras

El sistema europeo de vigilancia y seguimiento (EU SST), en el que participan 19 Estados miembros, detectó en 2025 más de 30.000 conjunciones, es decir, aproximaciones peligrosas entre objetos. De ellas, 4.500 fueron de alto interés, más de 10 al día, y el 81% ocurrió en órbita baja.

Los satélites registrados en su servicio de evitación de colisiones han pasado de 63 en 2016 a 723 en agosto de 2026. Sin embargo, el informe recuerda que ninguna entidad internacional centraliza todos los datos del tráfico espacial y que la decisión de maniobrar corresponde siempre al operador.

descomposición de un satélite
La OCDE estima que un escenario Kessler supondría pérdidas mundiales de unos 165.000 millones de euros.

Entre las medidas técnicas, el texto destaca la pasivación, que elimina la energía residual para evitar explosiones, y la retirada de los satélites al final de su vida útil. La pauta internacional fija un máximo de 25 años en órbita baja, mientras que la ESA ya exige reducirlo a 5 años.

Retirar basura y legislar

La retirada activa de restos empieza a materializarse. La misión ClearSpace-1, liderada por la ESA y prevista para 2029, capturará el satélite Proba-1 para hacerlo reentrar en la atmósfera en tres años. Según Novaspace, el mercado de servicios en órbita generará unos 2.600 millones de euros en una década.

Un estudio de la NASA de 2024 concluye que acortar el tiempo de desorbitado es muy rentable y que los dispositivos de arrastre pueden generar beneficios de hasta 1.000 veces su coste. La OCDE reconoce, no obstante, que hacen falta más datos sobre el efecto real de cada política.

La Ley Espacial, propuesta por la Comisión en junio de 2025, busca reforzar la seguridad, la resiliencia y la sostenibilidad. Según su evaluación de impacto, reducir a la mitad las maniobras ahorraría 675 millones de euros al año a los operadores europeos, con un beneficio neto de 495 millones tras sumar 180 millones de costes de fabricación.

El informe advierte de que el marco regulatorio sigue fragmentado, con sólo 13 Estados miembros con legislación espacial propia, y de que el Comité de Control Reglamentario dio un dictamen «positivo con reservas» a esa evaluación. Aun así, concluye que la UE puede liderar la respuesta global a la congestión orbital.