Esta dieta podría salvar 40.000 vidas al día y ayudar a conservar el medioambiente
La industria alimentaria genera alrededor del 30% de las emisiones globales
Una dieta saludable y sostenible se basa en el consumo de vegetales pero sin excluir la carne
La lucha contra el cambio climático también afecta a nuestra dieta
En los últimos años, el concepto de dieta ha adquirido una dimensión que va mucho más allá de lo que dictan los manuales de nutrición y las recomendaciones médicas: ya no se trata únicamente de cuántas calorías ingerimos o la calidad de lo que comemos, sino que también importa qué impacto tiene todo ello no sólo para nuestra salud, también para el entorno.
En este sentido, la dieta de salud planetaria propone un patrón alimentario mayoritariamente vegetal —legumbres, cereales, frutas, verduras y frutos secos—con cantidades moderadas de productos de origen animal, y una drástica reducción de carnes rojas, azúcares añadidos y alimentos ultraprocesados.
Desde la perspectiva de la salud humana, este plan nutricional ofrece múltiples ventajas: mayor ingesta de fibra, vitaminas y minerales esenciales; así como una menor exposición a grasas saturadas y azúcares. Todo ello se asocia con un menor riesgo de padecer enfermedades como la diabetes tipo 2, problemas cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer.
Huella ambiental
Paralelamente, la dieta de salud planetaria promueve la transformación del sistema de producción agroalimentario para reducir al máximo su huella ambiental. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), los sistemas agroalimentarios generan alrededor del 30% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
La mayor parte proviene además de la ganadería, que representa por sí sola el 12% de las emisiones globales provocadas por las actividades humanas. Un solo kilo de carne de ternera emite casi 130 kilogramos de dióxido de carbono, frente al pan, las bananas y las patatas, alimentos que generan menos de un kilo de CO₂ por kilogramo de producto, según el Foro Económico Mundial.
La industria alimentaria también requiere el empleo de otros valiosos recursos naturales y materiales, comenzando por la biodiversidad y siguiendo con el agua, el suelo y el aire, así como energía, maquinaria, productos fitosanitarios y complejos sistemas logísticos y de transporte. Optimizar la utilización de todos estos insumos e infraestructuras es una tarea ineludible para alinear salud y sostenibilidad.

Acceso a los alimentos
Por otro lado, adaptar nuestra dieta a los límites planetarios nos permite repensar los sistemas agroalimentarios desde el punto de vista del acceso, a fin de hacer efectivo el derecho humano a la alimentación para todas las personas.
Una cuestión nada menor si tenemos en cuenta que el modelo actual se caracteriza por su falta de equidad: mientras los países ricos se alimentan de una manera claramente insostenible, las poblaciones de las zonas más vulnerables sufren inseguridad alimentaria o se ven obligadas a consumir alimentos de baja calidad nutricional.

Muertes prematuras
Un informe reciente de la Comisión EAT-Lancet, grupo internacional en el que participan expertos en salud, sostenibilidad, justicia social y políticas públicas, profundiza en las principales ventajas de la dieta planetaria.
«Esta dieta permite flexibilidad y es compatible con una gran variedad de alimentos, culturas, patrones alimentarios, tradiciones y preferencias individuales. También proporciona una nutrición adecuada y reduce el riesgo de enfermedades no transmisibles», aseguran los autores, que en 2019 ya presentaron una primera versión de la dieta de salud planetaria, (PHD, por sus siglas en inglés) actualizada con este nuevo trabajo.
Según la Comisión EAT-Lancet, la adopción de la PHD podría prevenir unos 15 millones de muertes prematuras al año, lo que equivale a cerca de 40.000 vidas salvadas cada día. «Dicha transición reduciría la incidencia de muchas enfermedades no transmisibles específicas y promovería una longevidad saludable», afirma la misma fuente.
Cambio climático
Los autores de este trabajo afirman, además, que esta dieta, combinada con una transformación del sistema alimentario, podría reducir en torno al 50% las emisiones vinculadas a los alimentos de aquí a 2050, contribuyendo así a la mitigación del cambio climático.
«No es posible una solución segura a las crisis climáticas y de biodiversidad sin una transformación global de los sistemas alimentarios. Incluso si se produce una transición energética global que abandone los combustibles fósiles, los sistemas alimentarios provocarán que el mundo incumpla el Acuerdo de París sobre el Clima, cuyo objetivo es limitar la temperatura media global de la superficie a 1,5 °C», aseguran los expertos.

Industria alimentaria
La Comisión EAT-Lancet también deja claro que la introducción de la dieta, por sí sola, no es suficiente. También resulta imprescindible un cambio radical de la industria y los sistemas alimentarios. «Dicha transformación tendría profundas implicaciones sobre qué, cómo y dónde se producen los alimentos, y para las personas involucradas en estos procesos», advierte.
«Como parte de esta reestructuración, algunos sectores tendrían que contraerse (por ejemplo, una reducción del 33% en la producción de carne de rumiantes) y otros tendrían que expandirse (por ejemplo, un aumento del 63% en la producción de frutas, verduras y frutos secos) en comparación con los niveles de producción de 2020», insisten los expertos.
Dieta climática
En España también existe una propuesta de dieta planetaria basada en la PHD. Hablamos de la dieta climática, iniciativa en la que han colaborado Amigas de la Tierra y el CSIC.
Sus principales recomendaciones son triplicar el consumo de legumbres, doblar el de verduras, dejar a la mitad el consumo de azúcar y reducir la ingesta de carne a tres raciones por semana.
Con ello se podría conseguir, aseguran las dos entidades implicadas, la reducción de gases de efecto invernadero en un 125%, al generarse nuevos sumideros de carbono, lo que equivaldría al CO₂ que emiten unos 34 millones de coches al año. A su vez, se reduciría el uso de suelo en un 34%.