El ocaso de un Rey: 50 años después, Juan Carlos I ya no encaja en su historia
Hace 50 años, Juan Carlos I asumió la Corona con la esperanza y el apoyo de la Reina Sofía
Su prestigio se consolidó con hitos como la Constitución de 1978 y la actuación decisiva en el 23-F
Décadas después, los escándalos financieros y su exilio en Abu Dabi marcaron su declive
«Juanito, hay más ilusión que miedo. Va a salirnos bien». Hace cincuenta años que la Reina Sofía pronunció estas palabras al oído de un emocionado Juan Carlos I, al asomarse frente a la multitud congregada ante el Palacio Real. Él, igual de nervioso, respondió con un susurro que hoy suena casi profético: «La gente quiere cambio, hay ilusión… No les podemos defraudar. Tenemos que hacerlo bien». Doña Sofía, entonces aún cercana a su marido y confiada en un destino compartido, se incluyó en aquella ecuación de esperanza. No imaginaba que sería el propio Rey quien, décadas después, desequilibraría las cuentas de esa promesa.
Era el 27 de noviembre de 1975. Apenas cinco días antes había sido proclamado Rey de España, tras la muerte de Francisco Franco, en una ceremonia histórica retransmitida a más de 300 millones de espectadores. Ese día, después de la tradicional Misa del Espíritu Santo en los Jerónimos, los nuevos monarcas se presentaron ante el país desde el balcón del Palacio Real. La imagen, que formaba parte de los actos de coronación, simbolizaba el inicio de una nueva etapa para España: una etapa que el propio Juan Carlos anunciaría solemne ante las Cortes como «un tiempo de paz, trabajo y prosperidad».
Cinco décadas después, el aniversario de aquella jornada se conmemoró con un acto institucional sobrio y una comida privada en Zarzuela. En ambos, la presencia del Rey emérito quedó reducida a un gesto mínimo, casi a una sombra del pasado. La distancia ya no es un rumor, sino una realidad consolidada.
De la esperanza al poder: el joven que debía rescatar a España
Para entender la magnitud del contraste entre el ascenso y la caída, hay que regresar a los orígenes del monarca. Juan Carlos de Borbón, nacido en Roma en 1938 durante el exilio de la Familia Real, fue educado para reinar desde niño. Su formación en academias militares, sus estudios de Derecho, Economía y Política, y su convivencia con Franco desde la adolescencia, formaban parte del diseño de una restauración monárquica adaptada a los tiempos modernos. En 1969, las Cortes franquistas lo designaron sucesor del dictador. Y en 1975 su oportunidad llegó, primero de manera interina por la enfermedad de Franco y finalmente con su proclamación como Rey de España.
Los primeros años de su reinado fueron decisivos. Entre 1975 y 1977, el monarca pilotó, con la colaboración imprescindible de Adolfo Suárez y Torcuato Fernández-Miranda, la compleja transición de una dictadura de casi cuatro décadas a una democracia parlamentaria. La Ley para la Reforma Política, aprobada en referéndum en 1976, abrió paso a las primeras elecciones democráticas en junio de 1977. Después llegarían los Pactos de la Moncloa, la Constitución de 1978 y la consolidación definitiva del sistema democrático. Era el tiempo de «la ilusión» de la que hablaba aquel joven Rey del balcón. Y España respondió.
El 23-F: la noche que le dio su lugar en la historia
El momento decisivo llegó el 23 de febrero de 1981. El intento de golpe de Estado, con el Congreso tomado por guardias civiles, amenazó con derribar el proceso democrático. Esa madrugada, Juan Carlos apareció en televisión vestido de Capitán General. Sus palabras -«La Corona no puede tolerar acciones que pretendan interrumpir la democracia»- se convirtieron en el pilar de su legitimación histórica. Desde ese instante, incluso quienes no eran monárquicos se declararon «juancarlistas».
Su prestigio se expandió internacionalmente. Recibió el premio Carlomagno, visitó la URSS como primer jefe de Estado occidental en hacerlo, participó en la Conferencia de Paz de Madrid, impulsó las Cumbres Iberoamericanas, reforzó vínculos con América Latina y obtuvo un papel simbólico de mediador en grandes escenarios internacionales. Para entonces, Juan Carlos I encarnaba la imagen de una España moderna, confiada, integrada en Europa y orgullosa de su transición.
El declive: Botsuana, escándalos y una reputación que se derrumba
La estabilidad comenzó a resquebrajarse a partir de 2012. La famosa caída durante un safari de caza en Botsuana destapó una relación extramatrimonial que llevaba años oculta, al tiempo que revelaba el lado más opaco y contradictorio de un Rey que pedía austeridad al país en plena crisis económica. Su disculpa pública -«Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir»- fue histórica, pero insuficiente.
Después llegaron las operaciones quirúrgicas, las investigaciones sobre el caso Nóos, la imputación de la infanta Cristina y el distanciamiento público del duque de Palma. El desgaste se hizo evidente. En 2014, Juan Carlos decidió abdicar en su hijo, Felipe VI. En su discurso recordó con orgullo los logros de la democracia y expresó su deseo de «lo mejor para España». Pero su retirada no frenó el deterioro. Las revelaciones sobre presuntas comisiones millonarias procedentes de Arabia Saudí, fundaciones opacas, cuentas en Suiza y regalos nunca declarados, terminaron por dinamitar la reputación que había construido durante décadas. Felipe VI, en un gesto sin precedentes, renunció a la herencia económica de su padre y retiró su asignación oficial. El vínculo institucional entre ambos quedó formalmente quebrado.
El exilio en Abu Dabi: confirmación, aislamiento y memorias
En agosto de 2020, Juan Carlos I abandonó España. No fue desterrado, pero la presión era tal que él mismo comunicó a su hijo su decisión de marcharse. Su destino, confirmado posteriormente, fue Abu Dabi, donde reside desde entonces en la isla de Nurai como «huésped» del gobierno emiratí.
La imagen del monarca descendiendo de un avión privado con mascarilla, difundida inicialmente sin verificación, acabó siendo la antesala del hecho: el Rey emérito vivía fuera de España, apartado de la vida pública, visitando su país solo en contadas ocasiones y bajo condiciones estrictas. Allí ha permanecido, entre actos privados, encuentros discretos y la preparación de sus memorias, un proyecto con el que pretende ofrecer «su versión» y dejar por escrito la interpretación final de su reinado y su vida.
El aniversario incómodo: un Rey que ya no cabe en su propio relato
Cincuenta años después de aquel susurro alentador de Sofía en el balcón, la conmemoración de su proclamación ha dejado claro que la historia de Juan Carlos I se partió en dos: la del héroe de la transición y la del protagonista de los escándalos financieros. El acto institucional reciente, en el que su presencia quedó relegada al mínimo, simboliza la conclusión de un ciclo. «Una nota al margen», como lo definieron algunos asistentes, en un relato que ya protagoniza en solitario Felipe VI. Del monarca campechano, cercano, querido por el pueblo, queda una huella imborrable. Del hombre que puso en riesgo la institución, queda otra igualmente profunda. El contraste es abrupto, casi dramático: del hombre que salvó la democracia al hombre que tuvo que abandonarla.
Hoy, Juan Carlos vive entre el recuerdo de lo que fue y la consecuencia de lo que hizo. Su legado es un territorio en disputa. Para muchos, sigue siendo el garante de la transición, el Rey del 23-F, el que evitó que España cayera en el abismo. Para otros, representa la opacidad de un modelo que se derrumbó al primer destello de transparencia.
Entre ambos polos se mueve su figura, compleja, contradictoria, decisiva. Una figura que ya no despierta ilusión, pero que sigue siendo imprescindible para entender la historia reciente del país. Medio siglo después, aquella frase de Sofía -“va a salirnos bien”- aunque cierta en parte, hoy se lee con otro matiz: el sueño se cumplió, pero la historia, como siempre, terminó siendo más humana, más frágil y más incierta de lo que imaginaron los reyes en aquel balcón