Gastronomía
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Ni albóndigas ni croquetas: el manjar de dioses que solo conocen en Aragón y se elabora a partir de la matanza del cerdo cuando llega el frío

  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

Las familias turolenses preparan cada invierno los fardeles, un plato de matanza que pocos conocen fuera de Aragón y que eclipsa a las albóndigas y las croquetas en las mesas de la región. El hígado y el tocino de cerdo, picados y envueltos en redaño, la fina membrana de grasa que recubre el estómago del animal, forman la base de esta receta.

El nombre varía según la comarca, algunos lo llaman piazuelo y otros crepineta, pero el resultado final mantiene siempre el mismo secreto, una envoltura de grasa animal que se derrite durante la fritura y empapa el relleno de jugo. La receta pasa de padres a hijos desde generaciones y cada casa guarda su propia combinación de especias.

Qué son los fardeles aragoneses y cómo se elaboran

Los fardeles aragoneses llevan hígado de cerdo picado, tocino, ajo, perejil, huevo y pan rallado, condimentados con canela y clavo molido, dos especias que marcan la diferencia frente a otros embutidos de matanza. El redaño, limpio con agua fría y un chorro de vinagre, envuelve cada porción de masa sin necesidad de hilo de cocina, porque la propia grasa sella el paquete.

La fritura a fuego medio-suave dora el redaño por fuera mientras el hígado se cocina despacio por dentro. Ese contraste entre el exterior crujiente y el interior jugoso convierte al fardel en un bocado que muchos cocineros aragoneses defienden por encima de las croquetas y las albóndigas tradicionales.

Los carniceros de la zona recomiendan pedir el redaño fresco, entero y sin cortar, para que cada familia lo estire y lo recorte en casa según el tamaño de sus fardeles. La pieza sobrante aguanta bien la congelación, envuelta en film transparente, para preparar otra tanda semanas después.

Por qué los fardeles aragoneses se preparan durante la matanza del cerdo

El hígado se estropea en pocas horas y no admite la curación con sal que sí soportan el jamón o el lomo, así que las familias aragonesas lo cocinaban de inmediato tras el sacrificio del animal. Los fardeles nacieron como una fórmula de aprovechamiento para transformar esa víscera perecedera en un plato capaz de aguantar varios días más, o de conservarse en botes de aceite.

El frío de noviembre a enero, meses tradicionales de la matanza en Aragón, mantenía firme la grasa del redaño mientras las manos la manipulaban, y evitaba que la carne se estropeara durante el proceso. La matanza reunía a familias enteras en torno a una tarea compartida: picar, sazonar y envolver cada fardel uno a uno, en una jornada que combinaba trabajo y celebración vecinal.

Quien quiera preparar fardeles en casa debe pedir el redaño con antelación al carnicero, porque pocas carnicerías lo exponen en el mostrador y muchas veces lo descartan durante el despiece. El término técnico, redaño de cerdo, funciona en cualquier región de España, aunque en Aragón el carnicero también reconoce la palabra piazuelo, y en el sector hostelero circula además el nombre crepineta.

Comer más allá de lo habitual se puede convertir en una forma de conocer la historia de un territorio, y se puede entender la matanza como algo más que una tradición ganadera.