Irina (26 años) vive aislada en las montañas de León construyendo su propia casa de madera: «Desde los 11 años tenía claro que quería vivir así; lo que más valoro es la libertad»
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Independizarse en una gran ciudad puede convertirse en una misión casi imposible por los alquileres altos, que llevan a muchos jóvenes a compartir piso o a retrasar la salida de casa. En el caso de Irina, el camino fue el contrario y la llevó a un pueblo de la montaña leonesa al que no llegan los coches.
La joven vive en Matavenero, en el municipio de Torre del Bierzo, desde hace 11 años. En una entrevista en YouTube, explicó que nunca se ha planteado volver a la ciudad y destacó que la libertad es lo que más valora de su vida en el monte.
¿Por qué Irina eligió vivir en un pueblo sin coches?
Irina descarta dejar el pueblo. «Desde los 11 años tengo claro que quiero vivir en un sitio así; ha sido mi sueño y en ello estoy», respondió.
Su familia se mudaba con frecuencia, y ella calcula que pasó por unos 10 colegios y otros tantos institutos, desde pueblos de sus abuelos hasta ciudades como Cuenca o Albacete.
«Mi infancia fue una película de terror y yo me fui de mi casa a los 15 años porque no me pude ir antes», contó en el canal de YouTube de Gaston Marotta. Hasta entonces vivía con su madre y su hermano en una aldea a tres horas a pie, con cinco cabras, dos perros y un caballo.
En Matavenero había gente de su edad, y allí empezó una relación con un chico del pueblo, el motivo por el que acabó quedándose. Al llegar, tener agua del grifo ya le parecía un lujo.
Así es Matavenero, el pueblo leonés al que sólo se llega a pie
El pueblo quedó abandonado en los años 60 y, unos 20 años después, un grupo de personas decidió devolverle la vida. Sus fundadores eran sobre todo alemanes, y hoy, según Irina, la mitad de los vecinos son extranjeros o hijos de extranjeros criados en España.
Los coches se quedan en un aparcamiento a casi un kilómetro de las casas, al final de una pista de tierra de unos siete kilómetros que parte de Foncebadón, en el Camino de Santiago.
La compra, la leña, los materiales y la basura viajan en un teleférico casero de poleas y contrapesos. Baja como máximo 75 kilos y sube 25, porque el peso de arriba siempre tiene que triplicar al de abajo.
Irina calcula que viven allí unas 50 personas, contando a los niños. El pueblo está cerrado a nuevos vecinos por falta de agua, huertos y ruinas donde construir, y quien quiera quedarse debe pasar un año de integración y lograr el apoyo del 80% de la asamblea.
El invierno dura casi seis meses. La temperatura más baja que recuerda fue de 15 grados bajo cero, y una nevada dejó al pueblo dos semanas sin poder salir.
Cómo se gana la vida Irina en la montaña de León
Irina levantó su casa de madera sobre una ruina de piedra. Pasó tres meses estudiando por dónde salía y se ponía el sol, y orientó hacia él las ventanas principales. Calcula que, sin contar las temporadas fuera, la construyó en ocho meses de trabajo.
«Aquí, la manera de subsistir no es a través de paguitas», aclaró. Casi todos los jóvenes del pueblo salen unos meses a hacer trabajos de temporada. Muchos hombres son esquiladores, y las mujeres suelen emplearse en hostelería o en el campo, a veces en Suiza, Alemania o Francia.
En el pueblo no paga luz, agua ni alquiler, y buena parte de su comida sale del huerto y de las ocho gallinas que comparte con otra familia. Vende mermeladas, propóleo y cremas en Instagram, donde se presenta como @komomododevida, y quiere vivir de ello para no tener que salir tanto.
Para Irina, el mayor riesgo es una urgencia médica. Los hospitales más cercanos están en Bembibre y Ponferrada, y un helicóptero puede tardar media hora en llegar.
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