Tradición

Manuel, ganadero (76 años), vive aislado en una aldea asturiana de 8 habitantes: «El campo se está muriendo, soy el único que queda»

Manuel, ganadero asturiano
Manuel, ganadero asturiano. Imagen de Youtube @hilux_aventura.

En una zona de montaña muy buscada por el turismo rural hay una aldea asturiana donde hoy apenas viven ocho vecinos y abundan las casas abandonadas. Entre ellas sigue en pie la vida de un ganadero que se resiste a ser el último, y que asiste cada día a la desaparición de un modo de vivir ligado a la tierra.

Se trata de Cabielles, y quien resiste es Manuel, protagonista de un vídeo del canal de YouTube @hilux_aventura en el que recorre el pueblo y recuerda cómo era antes. «Como no tomen medidas, esto se va a acabar rápido», lamenta. «El campo se está muriendo porque soy el único ganadero que queda».

Un pueblo casi vacío en una zona codiciada

Son siete u ocho vecinos y, según cuenta Manuel, muchos casi no viven allí: quienes regentan un bar en la zona se marchan a mediodía y vuelven a las doce de la noche. Él recuerda que, desde que tiene uso de razón, faltan 40 o 50 vecinos o más, y señala las casas de gente que conoció y que ya no está.

El contraste llama la atención porque la comarca es de las más buscadas y caras: está a un paso de Covadonga y de los Picos de Europa, y a las casas rurales vuelve mucha gente. Aun así, muchas viviendas permanecen cerradas y se van arruinando.

Quienes se quedan valoran la tranquilidad, el paisaje y un trato casi familiar, porque en un pueblo tan pequeño todos se conocen. También hay visitantes que se enamoran del lugar, como una pareja de Alicante que compró una casa vieja hace unos 25 años y regresa en verano, en Semana Santa y en los puentes.

Por qué se vacía el campo

Para Manuel, la causa principal son las herencias sin repartir. Hay casas que no han partido ni los abuelos, ni los padres, ni los nietos actuales, y sin reparto no se pueden vender, de modo que acaban en ruina. Con el tejado arreglado, dice, quizá podrían venderse.

También influyó el cierre de la escuela, a finales de los años sesenta, cuando acudían unos ocho o diez alumnos. Después llegaron los autobuses hacia Cangas y los niños se fueron concentrando. Hoy, cuenta, un microbús recoge a tres críos del pueblo de arriba.

A los ganaderos les complican la vida, además, los lobos: asegura que no se pagan los animales muertos y que, para cobrar uno, mueren cinco. Cree que las administraciones no responden y que el problema tiene «mala solución».

Un ganadero jubilado que sigue en pie

Manuel, jubilado, lleva 15 años seguidos viviendo en el pueblo tras trabajar fuera en distintos sitios, entre ellos un ayuntamiento y una central eléctrica. Cuida una huerta con patatas, lechugas, pimientos, calabacín, pepino y cebollas, siembra fabes para todo el año y maíz para las gallinas. Todavía tiene doce vacas más un ternero.

Otra forma de resistir es la fiesta que celebran tres pueblos vecinos, que va rotando cada año el último fin de semana de septiembre. Salen con un carro de hierba suelta, como antiguamente, y la cena del segundo día reúne a unas 250 o 300 personas con gaitas incluidas. «Queremos seguir manteniendo la costumbre, la cultura», dice.

Para él, el problema de las casas rurales no es la casa en sí, sino que, al no vivir gente en el pueblo, se pierden las tradiciones. Esa es la realidad que retrata el vídeo, planteado como un homenaje a Manuel y a los pueblos que mueren en silencio.

Lo último en Curiosidades

Últimas noticias