Historia: 'La Guerra Fría contada para escépticos'

Crisis democrática, espionaje de Marruecos y el gran hermano chino según Eslava Galán: «El comunismo es una religión que crece con la pobreza»

"Vivimos la decadencia del Imperio Romano, pero en lugar de en tres siglos, la vamos a ver en cincuenta años"

"El Muro de Berlín se levantó porque la gente huía del sector comunista al capitalista, jamás al contrario"

"Millones de personas van a votar sin evaluar la gestión real; votan a las siglas de siempre"

"Marruecos es un protectorado de facto de EEUU; en un conflicto, incluso con España, Washington estará de su lado"

La Guerra Fría contada para escépticos, editorial Planeta, Juan Eslava Galán, historia, comunismo, China, Gran hermano, Rusia, Estados Unidos, Marruecos
Juan Eslava Galán. (Javier Ocaña / Planeta)
Paula M. Gonzálvez

El orden mundial cruje, Occidente pierde el timón y la Guerra Fría «nunca se ha desconvocado». Sin paños calientes ni concesiones a la corrección política, Juan Eslava Galán dinamita el tablero geopolítico en La Guerra Fría contada para escépticos (Planeta). El autor y divulgador histórico aborda, en un encuentro con la prensa, desde la sombra hegemónica de Pekín hasta el idilio de Washington con Rabat, pasando por la orfandad intelectual de nuestra clase política y el colapso de un comunismo que extiende la hambruna.

El autor de la exitosa serie Para escépticos se adentra en el choque bipolar que marcó el siglo XX para explicar los desajustes del siglo XXI: una transición global convulsa, acelerada y marcada por el declive de las certidumbres occidentales. A su juicio, «en todas las transiciones hay desorden». «Nosotros estamos viviendo una época que se parece mucho a la decadencia del Imperio Romano. Sólo que la decadencia del Imperio Romano ocurrió en tres siglos aproximadamente, y nosotros la vamos a vivir en cincuenta años. Sabemos de dónde venimos, pero no sabemos exactamente a dónde vamos», detalla.

El comunismo como fe y el colapso soviético

Para Juan Eslava Galán, los grandes enfrentamientos del siglo XX tuvieron una envoltura doctrinaria que escondía una sala de máquinas estrictamente económica. Al analizar la naturaleza de la Unión Soviética y su expansión, el escritor define el movimiento como teológico, al sostener que «el comunismo es realmente una religión moderna y la gente le es absolutamente fiel y fanática, a pesar de que la historia nos está demostrando que todos los países que han tenido un régimen comunista han fracasado». Así, entiende el comunismo como «un régimen perfecto, como el catolicismo, desde el punto de vista teórico». «Lo que pasa es que los seres humanos somos imperfectos y, por tanto, no es aplicable», aclara.

El autor ilustra este desfase práctico con la evolución del sudeste asiático: «En el momento en que los americanos se fueron de Vietnam y se instituyó un régimen comunista, sobrevinieron hambrunas terribles… hasta que decidieron hacerse capitalistas». «Hoy tienen una economía boyante», añade.

En este tablero del siglo XX, Eslava Galán desmenuza el papel de Washington: «Estados Unidos tiene un espíritu muy contradictorio. Por una parte, siempre se ha acogido a una especie de aislamiento internacional; pero después de lo de Pearl Harbor no tuvieron más remedio que meterse en la guerra, aunque ya lo estaban haciendo de un modo soterrado. Cuando acabó la contienda, se planteó un dilema, porque el ideal de la Komintern era extender el comunismo por todo el mundo, así que ellos se vieron en la obligación de frenarlo e hicieron el Plan Marshall; el comunismo crece mucho con la pobreza y Europa estaba entonces empobrecida».

En cuanto a la caída del bloque soviético, Eslava Galán apunta a la asfixia productiva y a la brecha económica insalvable: «Estados Unidos generaba un producto interior bruto tres veces mayor que el de la Unión Soviética, y la URSS tenía que ponerse a la par. La economía soviética no se podía mantener». A ese estrangulamiento se unió el imán irresistible del bienestar: «Además, ya había una pulsión en el pueblo soviético, que quería vivir mejor. De hecho, cuando se abrió la primera hamburguesería en Moscú [enero de 1990], había colas de cinco horas. La fascinación por el consumismo de Occidente era terrible: bajabas en el ascensor de un hotel y los botones te cambiaban un abrigo carísimo de pieles por tus pantalones vaqueros. Es más, el Muro de Berlín se levantó porque la gente huía del sector comunista al capitalista. Jamás se dio el caso contrario».

De la Guerra Fría al gran hermano digital

Frente a la confrontación ideológica de la posguerra, el escenario contemporáneo se ha transformado en una guerra comercial y tecnológica donde las potencias evitan el choque frontal directo: «La Guerra Fría era una guerra ideológica; ahora eso ha ido mutando y se trata de una guerra meramente comercial. Ya es dudoso que exista una guerra parecida a la Segunda Guerra Mundial. Si acaso, las grandes potencias se enfrentan en países no desarrollados; allí prueban sus armas y machacan a la gente, mientras ellos quedan indemnes. Todo va a ser una continuación de la Guerra Fría, pero con otros métodos; seguirá habiendo enfrentamientos, espionaje, etcétera».

En este nuevo tablero, el autor sitúa el centro de gravedad indiscutible en Asia al advertir que «mientras los demás países piensan en el mañana, China ya piensa en el pasado mañana». El divulgador afirma que «habrá varias grandes potencias, pero en la nueva era el poder dominante, desde luego, será China». Eslava Galán observa que «lo único que sabemos es que en todas esas potencias ha triunfado el capitalismo». «Estamos cediendo libertades. El futuro será el gran hermano que ya existe en la dictadura de China, donde prácticamente todo el mundo está perfectamente controlado. El Gran Hermano de Orwell es lo que vamos a tener en el futuro, y lamento mucho decirlo, pero es lo que creo», enfatiza.

Eslava Galán añade que el pulso decisivo no se libra ya en las cancillerías tradicionales, sino en el dominio de la Inteligencia Artificial y el control de las materias primas críticas (tierras raras), terreno donde confluyen el empuje tecnológico indio, el ascenso de Brasil en Sudamérica frente al repliegue de la hegemonía estadounidense y la pugna abierta por los ingentes recursos de África.

Rusia: desinformación contra las democracias

Respecto a la Rusia actual, con la «dictadura de Putin», el autor subraya la fractura psicológica que supuso la desintegración de 1991. Argumenta que «la caída del comunismo resultó profundamente humillante para una población orgullosa de hitos como la carrera espacial».

No obstante, señala su principal talón de Aquiles estructural en un modelo productivo rezagado: «El problema de Rusia es que apenas ha superado la etapa preindustrial, salvo en armamento y exploración espacial. Sigue viviendo principalmente de exportar materias primas: petróleo y gas. Es un arma de doble filo. Por un lado, tienen a Europa amenazada si cortan el grifo, pero por otro tienen una dependencia crítica de colocar esos recursos en el exterior».

Donde Moscú sí mantiene una ventaja decisiva es en la guerra informativa. En palabras del escritor, «las democracias liberales en la actualidad están más alteradas por Rusia que por EEUU, evidentemente, porque las democracias liberales ya estaban ganadas por los Estados Unidos y Washington sólo tenía que mantenerlas; la única que puede crecer a costa de esa influencia es Rusia, y de algún modo lo está haciendo». Para ello, «Rusia está fabricando fake news» y orquesta «filtraciones para descomponer las democracias desde dentro», subraya, de modo que «parte de la inestabilidad europea proviene de esa acción soterrada».

España, Marruecos y EEUU

Uno de los análisis más severos de Eslava Galán se centra en las relaciones triangulares entre Madrid, Washington y Rabat, asunto al que dedica un apéndice en el libro: «Marruecos es un protectorado de facto de Estados Unidos. En cualquier conflicto, Washington se pondrá siempre del lado de Marruecos, incluso en un choque con España. A nosotros ya nos tienen ganados; con Marruecos tienen un interés geopolítico prioritario en el norte de África».

Para fundamentar esta tesis, rescata antecedentes históricos directos. Recuerda que el sultanato alauí protagonizó el reconocimiento diplomático primigenio de la república norteamericana: «Fijaos en que cuando los Estados Unidos obtuvieron su independencia, el primer país que los reconoció y que abrió sus puertos fue Marruecos». Esta inclinación se constató décadas más tarde en la guerra de Ifni (1957-1958), cuando Washington prohibió tajantemente a España emplear el armamento estadounidense transferido tras los acuerdos del 53 y apoyó a Rabat: «Los americanos habían ayudado descaradamente a los rebeldes marroquíes y tuvimos que recurrir a lo que quedaba de la Guerra Civil, a los viejos bombarderos Heinkel y Junkers alemanes al borde del retiro».

Por otro lado, el historiador no elude la vulnerabilidad de la seguridad nacional: «De lo que se dice sobre que Marruecos ha espiado las comunicaciones de nuestro gobierno, eso desde luego es cierto; tienen un sistema de información excelente». El autor dibuja un horizonte sombrío para Ceuta y Melilla, y augura que «dentro de un tiempo se inventarán algún tipo de cosoberanía». «La población musulmana irá en aumento frente a la reducción de la cristiana y española, y al final, casi sin darnos cuenta, habrán tomado y absorbido ambas plazas», matiza.

«Los españoles tenemos un defecto y políticos de poco fuste»

En el plano interno, el diagnóstico sobre la política española actual es demoledor: «Desgraciadamente, los españoles tenemos un defecto: hemos llegado muy tarde a la democracia. Ahora mismo no creo que vivamos una caza de brujas; simplemente tenemos políticos de derecha y de izquierda de muy poco fuste. Dado que las ideas flojean, no pueden sostener una controversia ideológica seria y se ven obligados a recurrir a consignas publicitarias y eslóganes simples».

Eslava Galán extiende su crítica a los propios cimientos del régimen constitucional: «La Transición fue en realidad una transacción, y de aquellos polvos vienen estos lodos. Seguimos siendo una democracia muy imperfecta». A su juicio, «el modelo de 17 autonomías fue un desacierto monumental. Procede de que había que darle algo a los catalanes y a los vascos porque en la República ya lo tenían y había que devolvérselo. Craso error: en lugar de partir de una tabula rasa común para todos los ciudadanos, donde todos empezáramos desde lo mismo, siendo un solo país, se crearon 17 paisitos, con la fractura y el desacierto que eso genera en la sanidad o la educación».

El escritor lamenta que la solución pase por algo que hoy parece improbable: «Que de pronto los políticos, tanto de izquierdas como de derechas, cobraran cierta vergüenza que no tienen y dijeran: ‘Vamos a reformar esto’». En su lugar, describe un sistema viciado: «Hoy tenemos una democracia falseada, lastrada por clientelismos partidistas ciegos. Estamos muy mediatizados por la tradición: hay un núcleo importantísimo de millones de personas que van a votar a las derechas o a las izquierdas sin molestarse en evaluar la gestión real ni ver lo que les están ofreciendo; votan a las siglas de siempre. Esa formación de clientelas es uno de los peores defectos que tenemos».

Para evidenciar esta tara cívica, Eslava Galán contrapone el modelo nacional con la cultura anglosajona: «En Inglaterra, por ejemplo, donde yo he vivido años, hay gente de izquierdas y de derechas, pero cuando llega el momento de votar, cada uno lo hace según el comportamiento que ha visto en el gobierno saliente: si le ha parecido bien, lo sigue votando; si le ha parecido mal, se pasa a los contrarios». El historiador remata con una advertencia dirigida a las nuevas generaciones: sin una ciudadanía informada y crítica que abandone el sectarismo hereditario, el país seguirá atrapado en sus propios mitos.

La Guerra Fría contada para escépticos, editorial Planeta, Juan Eslava Galán, historia, comunismo, China, Gran hermano, Rusia, Estados Unidos, Marruecos
Juan Eslava Galán, autor de ‘La Guerra Fría contada para escépticos’. (Javier Ocaña)