Los drones militares ya no son una rareza reservada a misiones de vigilancia. En junio de 2026, los sistemas sin tripulación aparecieron en ataques de largo alcance, transporte terrestre, protección de convoyes y grandes ejercicios navales, mientras las defensas intentaban seguir el ritmo.
El ejemplo más claro llegó al mar Báltico. Una nueva división de la Armada estadounidense utilizó pequeñas lanchas robóticas como enemigo simulado durante BALTOPS 2026, el principal ejercicio marítimo de la OTAN en la región.
Una lancha robótica hace de enemigo
Un USV es, en la práctica, un barco sin tripulación que puede navegar por control remoto o con distintos grados de autonomía. La División 32 de Buques de Superficie No Tripulados trabaja sobre todo con el GARC, una embarcación compacta de reconocimiento. Durante BALTOPS desplegó estos vehículos como fuerza adversaria y la teniente Sarah Weinstein resumió el reto con una frase, «La primera dificultad es detectar el USV».
Sus marineros también estrenan una especialidad naval poco habitual, la de especialista en guerra robótica. Estos profesionales operan, revisan y mantienen las embarcaciones, además de preparar las rutas que seguirán durante cada misión.
La autonomía, por tanto, no elimina el trabajo humano. Lo desplaza hacia la planificación, el control del software, las comprobaciones técnicas y la decisión sobre cómo debe comportarse la máquina en cada momento.
BALTOPS mide la defensa aliada
BALTOPS 2026 terminó el 19 de junio en Kiel, Alemania, después de reunir a unos 6.000 militares y más de 30 buques y aeronaves de 15 países aliados. La edición fue la número 55 y el mando operativo recayó por primera vez en el Mando Conjunto Aliado de Brunssum.
El ejercicio incluyó maniobras anfibias, recuperación de personal y actividades con sistemas no tripulados. En otras palabras, no se trataba solo de navegar juntos, sino de comprobar si unidades de países distintos podían compartir información y reaccionar con procedimientos compatibles.
En uno de los ensayos con fuego real, una especialista en guerra robótica planificó la ruta de un GARC frente a dos corbetas alemanas y una fragata finlandesa. No era una demostración para la foto, sino una prueba de detección y respuesta ante un objetivo pequeño que se movía sobre el agua.
Ucrania sigue marcando el ritmo
La guerra de Ucrania ha convertido los drones en herramientas cotidianas en el aire y sobre el terreno. Una publicación oficial del Ejército estadounidense describe ataques combinados con aeronaves no tripuladas y robots terrestres, usados para transportar explosivos, reconocer posiciones o reducir la exposición directa de los soldados.
Los drones FPV permiten al piloto ver por una cámara como si viajara dentro del aparato. Algunos modelos mantienen la conexión mediante un cable de fibra óptica, por lo que no dependen de una señal de radio que pueda bloquearse con facilidad.
Eso no los hace invencibles, pero sí obliga a buscar otras respuestas. La actualización de junio también recoge más ataques ucranianos contra combustible, ferrocarriles y objetivos militares lejos del frente, una mayor presencia de robots terrestres y nuevos intentos rusos de mejorar sus drones de ataque frente a las interferencias.
El salto llega al aire y al Pacífico
La misma tendencia aparece en la aviación de combate. La Fuerza Aérea de Estados Unidos concedió contratos a General Atomics y Anduril para producir los FQ-42 y FQ-44, aeronaves semiautónomas pensadas para colaborar con cazas tripulados. El plan prevé superar los 150 aparatos antes de que termine la década y llegar, con el tiempo, a unos 1.000.
En Filipinas, el ejercicio Salaknib 2026 ofreció otra versión de la misma idea. Soldados estadounidenses y filipinos desplegaron un grupo de lanchas autónomas para formar una pantalla de seguridad alrededor de un buque logístico, vigilar el entorno y enviar información a los equipos situados en tierra.
El patrón se repite. En vez de diseñar una máquina que lo haga todo, las fuerzas armadas están conectando vehículos distintos para que unos observen, otros transporten y otros acompañen a plataformas tripuladas.
La defensa corre detrás
¿Basta con bloquear la señal de un dron? Ya no siempre. La OTAN ha pedido soluciones que combinen radar, cámaras térmicas, sensores acústicos y seguimiento óptico para detectar y neutralizar los modelos guiados por fibra, frente a los que muchos inhibidores tradicionales pierden eficacia.
En la práctica, la defensa necesita varias capas. Primero hay que descubrir el aparato, después distinguir una amenaza de un contacto inocente y, por último, elegir una respuesta que no resulte más cara o peligrosa que el propio dron.
El dato importante de junio no es un modelo concreto, sino el cambio de escala. Los drones aéreos, terrestres y marítimos están pasando del laboratorio a unidades permanentes, contratos de producción y maniobras multinacionales, aunque su eficacia seguirá dependiendo de operadores, comunicaciones fiables y reglas claras de uso.
La nota de prensa principal se ha publicado en DVIDS por las Fuerzas Navales de Estados Unidos en Europa y África.









