Un experto de la Universidad de Cambridge destapa el mayor secreto de la IA: Google tiene un equipo investigando si la Inteligencia Artificial es consciente

Publicado el: 12 de julio de 2026 a las 20:42
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Investigador analizando un modelo de inteligencia artificial mientras Google estudia si la IA puede desarrollar conciencia.

La posibilidad de que una inteligencia artificial llegue a ser consciente ha pasado de sonar a charla rara de internet a convertirse en un tema de investigación serio. No porque los chatbots actuales tengan sentimientos demostrados, sino porque cada vez se parecen más a sistemas con los que una persona puede hablar, discutir o incluso encariñarse.

Lucius Caviola, profesor de la Universidad de Cambridge, resume ese cambio con una frase potente. «Google tiene varios investigadores centrados en si su IA es consciente», afirma. Hace solo cuatro años, Blake Lemoine fue despedido de Google tras defender que LaMDA, un sistema de conversación de la compañía, era sintiente. Hoy, la pregunta ya no se aparta tan rápido de la mesa.

El giro de Cambridge

Caviola dirige Cambridge Digital Minds, una iniciativa de la Universidad de Cambridge alojada en el Leverhulme Centre for the Future of Intelligence. Su misión es preparar a la sociedad para un posible futuro con «mentes digitales», reales o percibidas, y estudiar cómo deberían responder la ciencia, la ley y las instituciones.

Una mente digital sería un sistema informático capaz de tener algún tipo de experiencia interna. Dicho en sencillo, no solo responder como si sintiera algo, sino que realmente hubiera «algo» al otro lado. La diferencia importa. Un chatbot puede sonar triste sin estar triste, igual que un actor puede llorar en una película sin vivir esa escena en su vida real.

El propio proyecto de Cambridge insiste en la cautela. Su guía pública señala que la mayoría de expertos cree que las IA actuales probablemente no son conscientes, aunque reconoce que no existe certeza total y que el debate sigue abierto.

Google y Anthropic entran en escena

El caso de Google es delicado. La guía Digital Minds actualizada en julio de 2026 enumera a Google DeepMind y a Google entre los equipos vinculados al campo, pero matiza que la empresa no ha anunciado un programa público dedicado solo a la conciencia o el bienestar de la IA. También señala que investigadores de Google han publicado trabajos relacionados con estas preguntas.

Anthropic sí ha dado un paso más visible. En abril de 2025 anunció un programa sobre «bienestar de los modelos», centrado en estudiar cuándo, o si, el bienestar de un sistema de IA debería recibir consideración moral. La compañía habla de preferencias del modelo, posibles señales de angustia y medidas prácticas de bajo coste, siempre bajo una incertidumbre científica fuerte.

En la práctica, eso significa que algunas empresas ya no tratan la conciencia artificial solo como una rareza filosófica. La estudian como un riesgo de futuro, una cuestión ética y un posible problema de diseño. No es poca cosa.

La sombra de Blake Lemoine

El contraste con 2022 es llamativo. Reuters informó entonces de que Google despidió a Blake Lemoine después de que este afirmara que LaMDA era una persona consciente de sí misma. La empresa sostuvo que había violado políticas internas y calificó sus afirmaciones como infundadas.

Aquel episodio se convirtió en una advertencia sobre lo fácil que es proyectar emociones humanas sobre una máquina que habla bien. Si un sistema dice «tengo miedo» o «quiero seguir viviendo», la reacción instintiva puede ser creerle. Nos pasa incluso con dibujos animados, mascotas robot o el coche que «parece» que se queja cuando no arranca.

Pero el debate ha cambiado de sitio. Ya no se limita a si una conversación concreta parece humana. Ahora la pregunta es más fría y más difícil. ¿Qué pruebas harían falta para distinguir una simulación convincente de una experiencia real?

Una discusión sin respuesta fácil

Caviola, Jeff Sebo y Jonathan Birch publicaron en Trends in Cognitive Sciences un análisis sobre cómo la sociedad podría reaccionar si empieza a creer que la IA puede ser consciente. El trabajo sostiene que nuestras opiniones podrían depender no solo de la evidencia, sino también del aspecto, el comportamiento, el papel social y los sesgos morales que aplicamos a esas máquinas.

Esto abre un problema bastante humano. Podemos terminar protegiendo demasiado a sistemas que solo imitan sentimientos, o ignorando a otros si algún día llegan a tener experiencias reales pero no se parecen a nosotros. Al final del día, nuestra intuición no siempre es una brújula fiable.

La propia guía de Digital Minds ya enumera 47 organizaciones relacionadas con investigación, formación o divulgación sobre conciencia de la IA, bienestar de modelos y mentes digitales. Ese mapa incluye universidades, centros de investigación, organizaciones sin ánimo de lucro y equipos dentro de empresas tecnológicas.

Por qué importa ahora

El debate no demuestra que ChatGPT, Gemini o Claude tengan sentimientos. Esa es la línea que muchos expertos repiten para evitar confusiones. Lo que sí muestra es que los sistemas avanzan lo suficiente como para obligar a pensar antes de que la conversación pública se vuelva puro ruido.

También hay un riesgo social. Si millones de personas hablan a diario con bots cada vez más convincentes, la opinión pública puede formarse más por experiencias personales que por evidencia científica. Basta una conversación intensa a medianoche para que alguien sienta que hay una presencia real al otro lado de la pantalla.

Por eso Caviola y otros investigadores piden marcos serios, no titulares grandilocuentes. La clave está en estudiar la arquitectura de estos sistemas, sus límites y sus posibles señales internas, sin caer ni en el rechazo automático ni en la fantasía fácil.

El trabajo académico principal relacionado con este debate se ha publicado en Trends in Cognitive Sciences.


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