En una guerra aérea, no todo se decide en el cielo. A veces el objetivo está bajo una montaña, detrás de puertas de hormigón y conectado por túneles por donde entran camiones, mandos militares y lanzadores de misiles.
Ahí es donde Estados Unidos ha puesto parte del foco en la Operación Furia Épica contra Irán. La clave no sería solo destruir búnkeres, sino aislarlos de la superficie hasta que dejen de servir para combatir. Una imagen dura, pero bastante clara.
Un despliegue enorme
El Mando Central de Estados Unidos afirma que la Operación Epic Fury comenzó el 28 de febrero de 2026 por orden del presidente. Su ficha oficial habla de más de 13.000 objetivos golpeados y de más de 155 buques iraníes dañados o destruidos, una escala que muestra que no se trató de un ataque puntual.
La lista oficial de medios incluye bombarderos B-1, B-2 y B-52, cazas F-15, F-16, F-18, F-22 y F-35, aviones de guerra electrónica, drones, aviones cisterna KC-135 y KC-46, portaaviones, submarinos nucleares y destructores con misiles guiados. En la práctica, eso significa una campaña aérea, naval y logística funcionando como una sola máquina.
Primero se apagan los ojos
Antes de atacar túneles o centros de mando enterrados, hay que reducir las defensas aéreas. Dicho de forma sencilla, esas defensas son los ojos y los oídos del país atacado, porque combinan radares, misiles y centros de mando para detectar aviones y disparar contra ellos.
En una comparecencia del Departamento de Guerra, el general Dan Caine explicó que las fuerzas estadounidenses ya habían usado señuelos, aviones de cuarta y quinta generación y armas de supresión para abrir paso a sus paquetes de ataque. También señaló que los sistemas iraníes no llegaron a disparar contra el paquete de la Operación Midnight Hammer, lanzada en junio de 2025 contra Fordow, Natanz e Isfahán.
El reto bajo tierra
Irán lleva años protegiendo parte de su infraestructura militar y nuclear bajo tierra. Un búnker no es solo una habitación blindada, sino una instalación pensada para resistir bombas, mantener comunicaciones y permitir que el personal siga operando aunque la superficie haya sido atacada.
El precedente más claro fue Midnight Hammer. Según el Departamento de Guerra, siete bombarderos B-2 lanzaron 14 bombas GBU-57, conocidas como Massive Ordnance Penetrator, contra zonas nucleares iraníes. La Fuerza Aérea describe esa munición como un arma diseñada para alcanzar instalaciones muy protegidas donde pueda haber armas de destrucción masiva.
Sellar, no solo destruir
La táctica de los «sacos sellados» cambia el enfoque. En vez de intentar pulverizar cada metro de una red subterránea, busca derrumbar accesos, cortar rutas de mantenimiento y bloquear salidas. Es como cerrar todas las puertas de un garaje lleno de vehículos. Los vehículos siguen ahí, pero ya no salen.
Investigadores de Bellingcat identificaron imágenes de lo que parecían minas antitanque estadounidenses BLU-91/B del sistema Gator cerca de Kafari, en el sur de Irán. Tres expertos consultados por esa organización dijeron que las municiones parecían minas lanzadas desde el aire, aunque el Departamento de Defensa no respondió a sus preguntas en el momento de la publicación.
Qué logra esta táctica
Si una base subterránea pierde sus entradas, sus carreteras y sus zonas de salida, su valor militar cae deprisa. Puede seguir existiendo en el mapa, pero mover misiles, rotar tropas o reparar lanzadores se vuelve mucho más difícil. Al final del día, un túnel militar necesita respirar por algún sitio.
El propio Caine dijo el 10 de marzo que la operación buscaba destruir misiles, drones, capacidades navales y la base industrial militar iraní. También aseguró que los ataques con misiles balísticos iraníes habían bajado un 90 por ciento y los drones de ataque un 83 por ciento desde el inicio de la operación, según la evaluación estadounidense.
El riesgo nuclear
La parte nuclear añade una capa más delicada. El Organismo Internacional de Energía Atómica confirmó en junio de 2025 que Fordow, Natanz e Isfahán habían sido alcanzadas por ataques estadounidenses, aunque no informó de aumentos de radiación fuera de los emplazamientos. Su director general, Rafael Mariano Grossi, insistió en que las instalaciones nucleares no deberían ser atacadas por el riesgo para la seguridad y la no proliferación.
Esa advertencia no cambia el hecho militar, pero sí el marco político. Golpear bajo tierra puede reducir la capacidad operativa de Irán, pero también abre debates sobre contaminación local, acceso de inspectores y el futuro de las negociaciones. Nada de esto es un videojuego. Lo que ocurre bajo una montaña puede acabar pesando en toda la región.
La ficha oficial de la operación se ha publicado en el Mando Central de Estados Unidos.











