Salud

Aurelio Rojas, cardiólogo, recupera el refrán de su abuelo sobre las cenas y advierte: «La ciencia empieza a darle la razón»

Cardiólogo y cenas
Janire Manzanas
  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

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«De buenas cenas están las sepulturas llenas», repetía el abuelo del cardiólogo Aurelio Rojas. Un dicho popular que, aunque no constituye una recomendación médica, guarda relación con una cuestión que está ganando interés en la comunidad científica: cómo influyen los horarios de las comidas en la salud cardiovascular. Un ensayo clínico publicado en 2026 ha estudiado los efectos de alargar el ayuno nocturno y dejar de comer al menos tres horas antes de irse a dormir. Los resultados sugieren posibles mejoras en diferentes indicadores relacionados con el corazón y el metabolismo.

Durante el ensayo, los científicos registraron una disminución de la frecuencia cardiaca durante la noche y de los niveles de cortisol, junto con una evolución más favorable de la variabilidad del ritmo cardiaco y de la reducción nocturna de la presión arterial. Asimismo, observaron cambios positivos en algunos indicadores vinculados al control de la glucosa, según explica el especialista en su cuenta de Instagram.

Horario de la cena y salud cardiovascular

En un ensayo clínico publicado en febrero de 2026 en la revista Arteriosclerosis, Thrombosis, and Vascular Biology, los investigadores analizaron qué sucedía cuando un grupo de adultos ampliaba su ayuno nocturno y dejaba de comer varias horas antes de acostarse. La investigación contó con 39 adultos de entre 36 y 75 años con sobrepeso u obesidad . Los participantes se dividieron en dos grupos: uno mantuvo sus horarios de alimentación habituales y el otro prolongó el ayuno nocturno unas tres horas, hasta alcanzar entre 13 y 16 horas sin comer y dejar un intervalo mínimo de tres horas entre la última comida y la hora de acostarse.

Durante el estudio, los participantes debían mantener sus niveles habituales de actividad física y su consumo de calorías y macronutrientes. Además, ambos grupos recibieron instrucciones sobre la iluminación durante las horas previas al sueño. En cuanto a la ingesta calórica, no se registraron diferencias significativas entre los grupos.

Éste es precisamente uno de los aspectos más interesantes del estudio: los investigadores no compararon simplemente una dieta saludable con otra menos saludable, sino que analizaron los efectos de cambiar el horario de las comidas y ampliar el ayuno nocturno. Como explica Rojas en el vídeo, aunque la alimentación sea saludable, cenar tarde podría tener consecuencias negativas para la salud.

Los investigadores observaron que el grupo que prolongó el ayuno nocturno experimentó un mayor descenso de la presión arterial diastólica durante la noche. También se detectaron cambios en otros indicadores relacionados con la regulación cardiovascular durante el sueño. Asimismo, registraron una disminución de la frecuencia cardiaca nocturna, un aumento de la variabilidad de la frecuencia cardiaca (VFC) y niveles más bajos de cortisol durante la noche.

Estos resultados coinciden con lo que señala Rojas al explicar que dejar unas tres horas entre la última comida y el momento de dormir se relacionó con niveles más bajos de cortisol nocturno, una mayor reducción de la frecuencia cardiaca y un descenso más favorable de la presión arterial, además de cambios en la regulación del sistema nervioso autónomo. En una prueba oral de tolerancia a la glucosa realizada por la mañana, el grupo que había prolongado el ayuno nocturno presentó niveles de glucosa más bajos y una mayor respuesta aguda de insulina a los 30 minutos.

Sin embargo, el estudio no encontró una mejora estadísticamente significativa en el índice de sensibilidad a la insulina de Matsuda, uno de los dos resultados principales analizados. El trabajo tampoco evaluó la aparición de infartos, accidentes cerebrovasculares, enfermedades cardiovasculares ni fallecimientos. Tampoco permite determinar si cenar más temprano de forma continuada reduce el riesgo de sufrir estos problemas a largo plazo.

Además, sólo 39 participantes completaron el protocolo y fueron incluidos en el análisis final. Por este motivo, los investigadores consideran necesarios nuevos ensayos con muestras más amplias y durante más tiempo para comprobar hasta qué punto los resultados pueden aplicarse a personas de distintas edades y sexos, así como a quienes padecen enfermedades como hipertensión o diabetes.

El estudio no establece una hora concreta para cenar, sino que tiene en cuenta el horario de sueño habitual de cada participante. En concreto, la última comida debía finalizar al menos tres horas antes de acostarse. «No sólo importa lo que cenas, sino cuándo cenas. Intenta dejar unas tres horas entre tu última comida y acostarte», concluye Rojas.

«Hay una cierta desincronización entre lo que hacemos y comemos. Deberíamos adecuarnos más a los ritmos naturales porque si no se presentan las desventajas para la salud. Por ejemplo, las personas que trabajan por turnos o por la noche tienen peor salud cardiovascular y cuando se analiza la dieta de estas personas se constata que es de peor calidad, presenta más cantidad de grasas saturadas o de azúcares; es menos saludable en general», explica en una entrevista con Infosalus el coordinador del Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría (AEP), el doctor José Manuel Moreno Villares.

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