Más baratos porque no paran ni duermen: los camiones autónomos rebajarán los costes logísticos un 35%
Los vehículos sin conductor circulan las 24 horas y por rutas más directas, sin paradas ni salarios
En un sector marcado por la escasez crónica de conductores, la automatización redibujaría también el mercado laboral
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El precio de casi todo lo que compramos lleva incorporado el coste de llevarlo de un punto a otro. Si ese traslado fuera más barato, muchos productos también podrían serlo. Y la tecnología que podría lograrlo ya circula por las carreteras.
Un equipo de economistas de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign ha calculado que la implantación generalizada de camiones autónomos podría reducir los costes de transporte hasta un 35%. El trabajo se publica en el Journal of Regional Science.
Ese ahorro tendría un efecto en cadena sobre el comercio entre estados, las infraestructuras y el empleo. El resultado no es una previsión de ventas, sino una simulación económica de cómo se reordenaría la actividad e impulsaría el valor total del comercio interior del país.
El motivo del recorte
La clave está en cómo trabaja un vehículo sin conductor. Un camión autónomo puede circular las 24 horas del día, los siete días de la semana, algo imposible para un conductor humano sujeto a descansos obligatorios y a jornadas limitadas por ley.
Además, sus rutas pueden ser más directas y continuas porque el vehículo no necesita detenerse para repostar, para tiempo de descanso ni para pernoctar. «El transporte autónomo puede hacerlo todo aún más eficiente», señala Taejun Mo, investigador de Illinois y primer autor del estudio.

A ese ahorro se suma el capítulo laboral. Al desaparecer la figura del conductor al volante, se recortan los costes de personal, uno de los grandes pesos de cualquier operación de transporte de mercancías por carretera. En un sector marcado por la escasez crónica de conductores, la automatización redibujaría también el mercado laboral.
Ganadores y perdedores
El impacto, eso sí, no sería igual en todas partes. Como los costes de transporte afectan de forma distinta según la especialización económica de cada territorio, el efecto variaría mucho de un estado a otro, advierte el estudio.
Los mayores incrementos relativos se concentrarían en el Medio Oeste y el centro-sur del país. Misisipi encabezaría la lista, con un aumento equivalente al 40,3% de su PIB, frente al 5,9% de Florida, en el extremo opuesto de la tabla.
En valor absoluto, sin embargo, los mayores volúmenes se registrarían en las grandes potencias económicas. Estados como Texas y Nueva York concentrarían las cifras más altas en dólares por su peso en la red comercial del país.
No sólo en los alimentos
El abaratamiento no se limitaría a los productos agrícolas o alimentarios. El modelo de los investigadores tuvo en cuenta una amplia gama de bienes, desde materias primas como el petróleo hasta productos químicos, textiles, maquinaria y electrónica.
El análisis por sectores sitúa a los vehículos a motor, la carga mixta y la electrónica entre las industrias con mayor crecimiento del valor comercial. Los más beneficiados en términos relativos serían los bienes con baja relación valor-peso.
Se trata de aquellos productos en los que el coste del envío representa una parte grande del precio final. «El precio de algunos bienes es muy sensible al coste del transporte», explica Mo, que también apunta a los que dependen de la demanda local o de las cadenas de suministro regionales.

El reverso de la moneda
La transformación tendría también su cara menos amable. Si todos los camiones eligieran la ruta más eficiente, el tráfico se concentraría en unos pocos corredores, que se desgastarían más rápido y exigirían más fondos de mantenimiento y reparación.
Al mismo tiempo, las vías menos transitadas se deteriorarían por falta de uso y de inversión. Algunas zonas que hoy son grandes nudos logísticos podrían dejar de serlo, mientras otras ganan protagonismo en el nuevo tablero.
El golpe más directo, no obstante, lo recibirían los trabajadores del sector. Conductores y mecánicos tendrían que reciclarse y adquirir nuevas competencias para no quedar desplazados por la automatización, advierten los investigadores.
La conducción autónoma, en definitiva, reescribiría poco a poco el mapa económico del país y, con él, la lista de quién gana y quién pierde en cada kilómetro de asfalto. El cambio, subrayan los autores, será gradual pero también profundo y desigual. «Los efectos de esta tecnología serán beneficiosos para muchos, pero desde luego no para todos», concluye Mo.