calor Día Mundial del Medio Ambiente

Ciudades que son hornos: el efecto isla de calor amenaza gravemente a las grandes urbes españolas

Madrid concentra la mayor diferencia de temperatura entre zonas urbanizadas y áreas verdes

En barrios como Malasaña se registraron hasta 8,5 °C más que en la Casa de Campo

Las soluciones basadas en la naturaleza contribuyen a reducir el calor urbano y aumentar la resiliencia climática

El efecto isla de calor urbano es una grave amenaza medioambiental para las ciudades. Generado por IA.
El efecto isla de calor urbano es una grave amenaza medioambiental para las ciudades. Generado por IA.

El Día Mundial del Medio Ambiente es una ocasión inmejorable para recordar que cuando protegemos el entorno, no sólo nos estamos preocupando por la naturaleza, sino también por nuestra salud, que se puede ver comprometida por multitud de problemas ambientales, tanto en el ámbito rural como en las ciudades, como pone de manifiesto el efecto isla de calor urbano.

Hablamos de un fenómeno climático por el que las ciudades registran temperaturas significativamente más altas que las áreas rurales o menos urbanizadas. Esto ocurre porque materiales como el asfalto, el hormigón o el acero absorben y acumulan gran parte de la radiación solar durante el día y liberan ese calor lentamente por la noche.

A ello se suman otros factores como la escasez de vegetación y agua, así como el calor generado por el tráfico, la climatización y otras actividades humanas. El resultado es un aumento sostenido de la temperatura en determinadas zonas urbanas, sobre todo en áreas densamente construidas y con poca presencia de la naturaleza.

Especialmente vulnerables

Susana Saiz, directora de Diseño Integral para Europa de Arup, consultora dedicada a planificación y diseño urbano, remarca que las ciudades españolas «son especialmente vulnerables» al efecto isla de calor.

Nuestras urbes, añade Saiz, «reciben una radiación solar muy alta y combinan alta densidad urbana y una gran proporción de superficies impermeables, resultando en temperaturas cada vez más elevadas, derivadas del cambio climático».

Una de las ciudades que más medidas deben poner en marcha frente al efecto isla de calor es Madrid. Según el estudio Urban Heat Snapshot, realizado por Arup en 2023, la capital española concentra la mayor diferencia de temperatura entre zonas densamente urbanizadas y áreas verdes. «En barrios como Malasaña se registraron hasta 8,5 °C más que en espacios como la Casa de Campo, donde la vegetación alcanzaba el 72%», recuerda la experta.

Salud pública

El citado estudio también muestra que la población madrileña más vulnerable no siempre habita en entornos debidamente adaptados a las altas temperaturas.

«Detectamos que más de 313.000 personas mayores y 178.000 menores vivían en áreas especialmente expuestas al calor extremo. Esto demuestra que no hablamos sólo de una cuestión ambiental, sino también de salud pública y vulnerabilidad social», añade Saiz.

El impacto, además, no se distribuye de forma equitativa. Según los autores de la investigación, los barrios con menos árboles, menos sombra y menos acceso a espacios verdes suelen registrar temperaturas más elevadas y menor capacidad de adaptación frente al calor extremo.

Vehículo y superficies duras

Para la responsable de la consultora, la situación a la que se enfrentan las grandes ciudades españolas es consecuencia de una determinada manera de entender el espacio urbano. «Durante décadas hemos diseñado muchas ciudades priorizando el vehículo, la densidad construida y las superficies duras frente a la naturaleza y el confort climático».

Saiz enumera las principales debilidades de las ciudades que han seguido este patrón: «exceso de asfalto y hormigón, escasez de sombra, falta de árboles, cubiertas oscuras que absorben calor, poca permeabilidad del suelo, poca posibilidad de implementar estrategias de ventilación y una distribución desigual de las zonas verdes».

Espacios naturales

Paralelamente, los espacios naturales suelen quedar relegados a las periferias de las urbes, «cuando precisamente deberían formar parte de la infraestructura esencial de los barrios más densos», insiste la experta.

También se detecta un reto importante de planificación. «Tradicionalmente, la infraestructura climática no se ha tratado con la misma prioridad que otras infraestructuras urbanas, cuando en realidad árboles, agua, suelos permeables o corredores verdes son fundamentales para la resiliencia urbana».

Gente abanicándose por el calor. Generado por IA.
Gente abanicándose por el calor. Generado por IA.

Naturaleza

Desde Arup apuestan por las soluciones basadas en la naturaleza como una de las «herramientas más eficaces y rápidas para reducir el calor urbano y aumentar la resiliencia climática de las ciudades por su capacidad multifuncional y adaptada al clima local».

Saiz cita medidas en esta línea como incrementar la cobertura arbórea, crear corredores verdes, naturalizar cubiertas y fachadas, recuperar espacios azules (con agua) y superficies permeables o aprovechar espacios infrautilizados para introducir la naturaleza en los barrios.

Dichas actuaciones «ayudan a reducir la temperatura ambiental, generar sombra, mejorar la calidad del aire y favorecer la biodiversidad», asegura.

Beneficios adicionales

Estas soluciones aportan además otros beneficios adicionales. «Mejoran la salud física y mental, refuerzan la cohesión social y hacen las ciudades más habitables», insiste la experta, que cita la existencia de estudios que indican que aumentar un 30% la vegetación urbana en ciudades europeas podría evitar miles de muertes relacionadas con el calor extremo cada año.

«La clave está en entender que la naturaleza no es un elemento decorativo, sino una infraestructura crítica para la adaptación climática», afirma.

Gorriones refrescándose en una pequeña fuente.
Gorriones refrescándose en una pequeña fuente.

Construcción bioclimática

La construcción y la rehabilitación de edificios constituye otro eje fundamental de actuación frente al efecto isla de calor. En este sentido, Saiz apuesta por plantear geometrías constructivas que observen «principios bioclimáticos como el control de la radiación solar y la ventilación».

También aboga por utilizar sistemas constructivos que disminuyan el impacto de la radiación, como cubiertas claras o reflectantes que reduzcan su absorción. Asimismo recomienda incorporar cubiertas y fachadas verdes o apostar por materiales más eficientes térmicamente.

«Este tipo de estrategias pasivas son clave para reducir la necesidad de climatización artificial y mejorar el confort interior de manera natural», recalca.

Cambios culturales

Por último, la adaptación frente al efecto isla de calor también requiere cambios culturales y de comportamiento. «Tendremos que acostumbrarnos a nuevas dinámicas urbanas y laborales adaptadas a temperaturas más extremas».

Para la responsable de la consultora, este cambio de visión incluye evitar la exposición durante las horas centrales del día, adaptar horarios, fomentar refugios climáticos, reforzar el acceso al agua potable o promover campañas de concienciación sobre riesgos asociados al calor extremo.

«Muchos países cálidos llevan décadas adaptando su forma de vivir al clima. Ahora las ciudades europeas también tendrán que hacerlo», concluye la experta.