Okgreen

En 1891 un ingeniero español disparó semillas con una escopeta y 145 años después la zona se ha convertido en un parque regional de más de 17.000 hectáreas

: Ricardo Codorníu, ingeniero de montes, comenzó en 1891 la repoblación de una sierra devastada por décadas de tala

Aitana Pascual
  • Aitana Pascual
  • Aitana Pascual Cuesta (2001) es estudiante de Periodismo en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid desde el 2023. Escogió esta profesión por su gran vocación con la comunicación y la escritura. Hoy en día, tiene mucho interés por la historia, deportes y actualidad. Su principal objetivo es seguir formándose y aprender a contar los sucesos de forma clara y rigurosa.

Hay historias que merecen ser contadas y que sin embargo permanecen enterradas bajo el peso de lo inmediato. La de Ricardo Codorníu y Stárico es una de ellas. Este ingeniero de montes nacido en Cartagena en 1846 subió a pie el 19 de marzo de 1889 al Morrón de Espuña, la cima más alta de Sierra Espuña, en la Región de Murcia, para reconocer el terreno. Lo que encontró al bajar quedó anotado en sus propias palabras: «No vi ni un pino ni una sola encina». Y la conclusión que sacó de ese paseo marcaría el resto de su vida: «Deduje, por lo tanto, que había que repoblarlo todo».

135 años después de que empezaran los trabajos, Sierra Espuña es un parque regional de 17.804 hectáreas. Más de tres veces la superficie que aquel hombre se propuso recuperar.

Por qué la sierra estaba pelada

La situación de Sierra Espuña a finales del siglo XIX no era el resultado de ningún fenómeno natural. Era la consecuencia de décadas de tala y sobreexplotación que habían dejado las laderas sin vegetación. Sin esa cubierta forestal, el agua de lluvia bajaba directamente por las pendientes arrastrando el suelo y alimentando unas avenidas devastadoras.

La más terrible había ocurrido en 1879, cuando la riada de Santa Teresa mató a 761 personas entre Lorca y Murcia y provocó unas pérdidas que tuvieron eco en toda Europa. Aquella catástrofe fue el detonante que llevó al gobierno a crear en 1888 la Comisión de Repoblación de la Cuenca del Segura, organismo del que Codorníu formaría parte junto a los ingenieros José Musso y Juan Ángel de Madariaga.

El método: semillas disparadas con escopeta

Los trabajos comenzaron en junio de 1891. Antes de plantar un solo árbol hubo que construir infraestructura: 240 kilómetros de caminos y sendas, 11 casas para ingenieros, guardas y operarios, dos almacenes y 144 kilómetros de diques en ladera con 420.000 bancalitos entre ellos para sujetar la tierra y el agua. Contra las avenidas se levantaron además dos grandes diques reguladores.

Para las plantaciones se crearon siete viveros que ocupaban cinco hectáreas. Solo el Vivero Central de Levante, en Huerta Espuña, suministró en sus cinco primeros años seis millones de coníferas y 850.000 frondosas, regadas a través de 1.400 metros de canales y acequias.

Pero el problema más complicado era llegar a las laderas inaccesibles a pie. Para esas zonas, los operarios desarrollaron un sistema tan rudimentario como ingenioso: cargaban piñones en el cañón de escopetas y trabucos y disparaban en la dirección adecuada. Las semillas alcanzaban así cumbres y pendientes donde era imposible cavar un hoyo. El método tenía sus limitaciones, ya que más del 90% de las semillas acababan devoradas por pájaros, hormigas y roedores, pero en los terrenos de más difícil acceso era la única opción disponible.

El resultado: un paisaje transformado

La repoblación duró casi doce años, con el pino carrasco como especie principal del pinar que todavía hoy cubre la sierra. En las dos décadas siguientes, el paisaje cambió tanto que en 1931 fueron declaradas Sitio Natural de Interés Nacional las 5.084 hectáreas repobladas. En 1992 llegó la declaración de Parque Regional, que hoy protege 17.804 hectáreas: bosques, barrancos, cumbres y toda la biodiversidad que se fue asentando sobre lo que un siglo antes era un monte pelado y erosionado.

Aquella repoblación sirvió además de precedente para el Servicio Hidrológico-Forestal, que a comienzos del siglo XX extendió este tipo de trabajos por toda España. El método de Codorníu, perfeccionado y adaptado, se convirtió en el modelo de referencia para la reforestación nacional durante décadas.

El ingeniero cartagenero, al que en Murcia todavía se recuerda como el Apóstol del Árbol, murió en 1923 sin haber visto el resultado final de lo que comenzó. Pero dejó escrito algo que resume perfectamente lo que perseguía: «Crecen nuestras esperanzas de tener repoblada esta sierra dentro de pocos años», con la confianza de que el nuevo bosque aumentaría el caudal de los manantiales y daría «empleo y sustento a aquellos jornaleros tan sobrios, tan virtuosos y tan buenos trabajadores». Tenía razón en todo.