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Psicología

La psicología lo tiene claro: quienes resistían la dureza de la vida en la España rural de hace un siglo no lo hacían porque fueran más fuertes que nosotros

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Cuando hablamos de la España rural de hace un siglo, siempre hemos creído que nuestros abuelos y bisabuelos eran personas mucho más fuertes que nosotros. Trabajaban desde niños, soportaban largas jornadas en el campo, vivían con muchas menos comodidades y afrontaban dificultades que hoy nos resultarían difíciles de imaginar. Sin embargo, la psicología ofrece una explicación mucho más compleja. La capacidad de una persona para enfrentarse a las dificultades no depende únicamente de tener un carácter «más fuerte». En realidad, la resiliencia es un proceso dinámico en el que intervienen un amplio abanico de factores, como el entorno, las relaciones sociales, las circunstancias y los recursos disponibles. Por eso, compararnos con las personas de aquella época puede llevar a una conclusión equivocada.

La España rural de hace aproximadamente un siglo estaba marcada por unas condiciones materiales completamente diferentes de las actuales. Para muchas familias, el trabajo físico formaba parte de la vida cotidiana desde edades temprana, y todos los miembros de la familia tenían responsabilidades en las tareas agrícolas y ganaderas. Además, el acceso a los servicios era limitado y la falta de infraestructuras dificultaba los desplazamientos. Sin embargo, vivir en un contexto difícil no significa necesariamente que una persona fuera psicológicamente más fuerte.

La dureza de la vida en la España rural

Investigaciones recientes sobre resiliencia muestran que la adversidad puede tener consecuencias negativas y que la respuesta de cada individuo depende de múltiples factores. Es más, determinados elementos protectores, como el apoyo social, las relaciones familiares, la cohesión comunitaria y determinadas capacidades personales, están relacionados con una mejor adaptación.

Una diferencia clave se encuentra en las expectativas. Las personas que crecieron en zonas rurales hace un siglo aprendieron desde muy pequeñas que madrugar, trabajar físicamente, ayudar en casa o colaborar con la familia eran obligaciones normales. Pero esto no significa que no sufrieran ni que aquellas condiciones fueran mejores, sino simplemente que sus referencias eran diferentes. Una persona no compara  su situación con la de generaciones futuras, sino con aquello que conoce y con lo que ocurre a su alrededor.

Por otro lado, la psicología ha desmentido la idea de que esta capacidad sea simplemente un rasgo fijo de personalidad. Actualmente, se entiende  como un proceso de adaptación que puede verse favorecido o dificultado por diferentes circunstancias. Cambia con las personas, con las sociedades y con las circunstancias. Y entenderlo permite mirar aquella España rural : sin idealizarla, pero tampoco menospreciando la enorme capacidad de adaptación de nuestros abuelos y bisabuelos.

Éxodo rural

Entre 1950 y 1975, miles de familias abandonaron las zonas rurales españolas para trasladarse a las ciudades en busca de nuevas oportunidades. Uno de los factores que impulsaron este proceso fue la transformación de la agricultura, marcada por una mayor concentración de las explotaciones y por la creciente mecanización de las tareas del campo. A ello se sumó el Plan de Estabilización de 1959, que favoreció el desarrollo industrial y permitió absorber parte del excedente de trabajadores procedentes del sector agrícola.

Durante la década de 1960, se calcula que alrededor de 3,1 millones de españoles se trasladaron desde el medio rural hacia las ciudades. Los principales destinos fueron los grandes núcleos industriales y las zonas con mayor actividad en el sector servicios, especialmente Madrid, Barcelona y el País Vasco.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), Entre 1960 y 1970, Barcelona pasó de 2.560.464 a 3.871.471 habitantes; Madrid, de 2.325.659 a 3.724.947; Vizcaya, de 630.434 a 1.027.320; Badajoz, de 892.032 a 694.816; Cáceres, de 587.461 a 462.116; y Toledo, de 576.905 a 471.791 habitantes.

Visita del rey Alfonso XIII a Las Hurdes

En 1922, el rey Alfonso XIII viajó hasta la comarca de Las Hurdes, en el norte de Cáceres, una de las regiones más pobres y aisladas de España en aquella época, para poner el foco sobre una situación que hasta ese momento apenas había traspasado las fronteras de la propia comarca. Durante el viaje estuvo acompañado, entre otros, por el obispo de Coria, monseñor Segura; el ministro de la Gobernación, señor Piñés; el diputado del distrito, conde de la Romilla, y los doctores Varela y Marañón. De aquella visita quedó un documental que, más de un siglo después, continúa impresionando por la dureza de las escenas que recoge.

Las imágenes del documental muestran localidades con grandes dificultades de comunicación, caminos en mal estado y una población sumida en unas condiciones de vida extremadamente precarias. La escasez de asistencia médica, las deficientes condiciones higiénicas y enfermedades como el paludismo formaban parte de la vida cotidiana. Las imágenes muestran escenas especialmente duras: niños enfermos, viviendas en condiciones muy precarias y una pobreza que se había convertido en un problema estructural.

La visita de Alfonso XIII ayudó a dar mayor visibilidad a la situación de Las Hurdes, aunque las mejoras no llegaron de forma inmediata y el desarrollo de la comarca se prolongaría durante décadas. Hoy, aquel documental constituye un importante testimonio de la España rural de comienzos del siglo XX y permite acercarse a una realidad marcada por la pobreza, el aislamiento y las profundas desigualdades existentes en aquella época.