La psicologia afirma que los niños que crecieron antes del año 2000 no desarrollaron mejor memoria por mérito propio sino por no depender de pantallas
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Los nacidos en los años 80 y los primeros 90 forman la última generación que vivió una infancia sin pantallas. El llamado efecto Flynn había observado durante décadas un aumento progresivo del cociente intelectual entre generaciones, impulsado por factores como la mejora de la nutrición, la expansión de la escolarización y la creciente complejidad del entorno. Sin embargo, esta tendencia comenzó a revertirse en los niños en torno al año 2000.
Diversos estudios, como los realizados por el Centro Ragnar Frisch de Oslo sobre más de 730.000 participantes durante varias décadas, señalan que los resultados comenzaron a descender en los nacidos a partir de mediados de los años 90, acentuándose en generaciones que ya crecieron con pantallas. La diferencia principal, según investigadores como la neurocientífica Theresa Cheng y otros expertos citados en medios como The Guardian o Le Monde, se encuentra en la atención sostenida, es decir, la capacidad de mantener el foco en una misma tarea durante largos periodos sin cambiar constantemente de estímulo.
La infancia de los niños que crecieron antes del año 2000
Las niños que crecieron antes del año 2000 leían enciclopedias, esperaban al fin de semana para ir al videoclub y disfrutar de su película favorita y tomaban apuntes a mano en clase, desarrollando habilidades como la memoria de trabajo, la concentración prolongada y la tolerancia al aburrimiento. Éstas se entrenaban a través de la propia experiencia cotidiana.
En cambio, quienes crecen con un teléfono móvil en el bolsillo están expuestos de forma constante a estímulos breves y constantes. El cerebro se adapta a este entorno, desarrollando mayor agilidad para cambiar de tarea, pero perdiendo parte de la capacidad para mantener la atención en una sola actividad, tal y como advierten los psicólogos.
Frustración y autorregulación
Según un estudio longitudinal de la American Psychological Association, el seguimiento de más de 400 niños durante ocho años permitió observar cómo un exceso de control en los primeros años se asocia más adelante con peores habilidades emocionales, sociales y académicas. La investigación analizó su desarrollo entre los dos y los diez años, comparando el estilo de crianza de los padres con la evolución de la capacidad de los menores para gestionar impulsos, frustración y convivencia diaria.
Los datos mostraron de forma clara que los niños cuyos padres ejercían un mayor control a los dos años presentaban a los cinco años más dificultades para regular sus emociones y controlar sus impulsos, una diferencia que no sólo no desaparecía con el tiempo, sino que se hacía más evidente en la preadolescencia. A los 10 años, estos menores tendían a mostrar más problemas emocionales, peor adaptación al entorno escolar, menos habilidades sociales y un rendimiento académico inferior, incluso teniendo en cuenta sus condiciones previas.
En este contexto, cobra importancia el concepto de autorregulación, tanto en los niños de los 2000 como en las generaciones actuales. Cuando el adulto interviene constantemente para resolver cualquier dificultad, reduce la posibilidad de que el menor experimente esas situaciones y desarrolle sus propios recursos. Este aprendizaje se adquiere mediante la experiencia directa de conflictos, errores, pequeños miedos y frustraciones que el niño debe resolver progresivamente.
Pantallas en la infancia y la adolescencia
«Entre la problemática que produce la utilización de pantallas a edades precoces (antes de los 4 años) se encuentran los comportamientos negativos en relación a las mismas, como las exigencias y las frustraciones, que pueden conllevar dificultades de autorregulación en edades posteriores.
Durante toda la infancia, el uso excesivo de la tecnología puede producir alteraciones en el sueño, en la alimentación, cambios en el volumen cerebral, dolor cervical y lumbar, cefalea y alteraciones visuales como fatiga, estrabismo o miopía progresiva. Algunas de las conductas asociadas al uso de pantallas, como el sedentarismo o los malos hábitos nutricionales, pueden aumentar el riesgo cardiovascular presente y futuro.
En la etapa de la adolescencia se producen importantes cambios cerebrales que posibilitan, entre otros, el control de impulsos o la óptima toma de decisiones. El uso de la tecnología puede interferir en este proceso madurativo, de forma que se reducen la capacidad de atención o la memoria de trabajo y aumentan la impulsividad o las distracciones, entre otras alteraciones. Todo ello puede conducir a numerosas dificultades, como peor rendimiento y menor capacidad intelectual», alerta la Asociación Española de Pediatría.
- De 0 a 6 años, no se recomienda el uso de pantallas. Como excepción, podría permitirse un uso muy puntual con fines concretos de contacto social, como una videollamada, un cuento o una canción, y siempre bajo la supervisión y acompañamiento de un adulto.
- De 7 a 12 años, el tiempo máximo recomendado es de una hora diaria, incluyendo el periodo escolar. No debería existir un acceso libre o ilimitado a Internet. Es importante establecer límites claros de contenido, tiempo y lugar de uso, además de, cuando sea posible, la supervisión de un adulto.
- De 13 a 16 años, se recomienda un uso máximo de pantallas de hasta dos horas al día, incluyendo el tiempo escolar. Es conveniente mantener cierto grado de supervisión adulta, al menos mediante herramientas de control.
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