La psicología afirma que los mayores de 65 años que se resisten a los cambios de última hora en sus planes no lo hacen por rigidez: quieren preservar su energía cognitiva
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Cambiar de restaurante media hora antes de la comida familiar o adelantar una visita sin avisar suele provocar más de un gesto de fastidio en los abuelos, y es que muchos hijos interpretan esa reacción como simple terquedad o falta de ganas de adaptarse.
Sin embargo, la psicología del envejecimiento ofrece otra explicación. Adaptarse a lo imprevisto exige un esfuerzo mental que crece con los años, y evitarlo es una forma de administrar una energía que ya no sobra.
Por qué los mayores de 65 años se resisten a los cambios de última hora
El psicólogo Thomas Hess, de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, lo explicó en 2014 en la revista Perspectives on Psychological Science. Según su planteamiento, envejecer aumenta el coste de poner la mente a trabajar, tanto por el esfuerzo que exige una tarea como por el cansancio que deja después. Por eso las personas mayores se vuelven más selectivas a la hora de gastar ese esfuerzo.
Un cambio de última hora obliga a hacer varias cosas: descartar el plan previsto, organizar el nuevo y resolver detalles como el transporte o los horarios. Para un joven es cuestión de segundos. Para alguien de 70 años supone un desgaste mayor, y mantener el plan original lo evita.
Un estudio de la Universidad Martin Lutero de Halle-Wittenberg (Alemania) con 133 personas de entre 64 y 97 años midió ese coste. Al cambiar de una tarea a otra, los mayores tardaban entre 373 y 455 milisegundos más que al repetirla, frente a los 134 de los jóvenes, y la diferencia crecía cuanto más difícil era la tarea.
Qué implica que los mayores administren su energía cognitiva
La idea encaja con el modelo de selección, optimización y compensación de los psicólogos Paul y Margret Baltes, del Instituto Max Planck de Berlín. Según ese modelo, envejecer bien consiste en elegir en qué invertir los recursos y no en mantener el ritmo de la juventud. La psicóloga Laura Carstensen, de la Universidad de Stanford, añadió que con los años las personas priorizan la tranquilidad emocional sobre la novedad.
La resistencia no es incapacidad. En otro trabajo, Hess comprobó que los mayores rendían mucho mejor en una tarea de memoria cuando sabían que tendrían que justificar su decisión ante otros. Es decir, se esfuerzan cuando algo les importa. El investigador recoge además que el cuerpo de los mayores responde con más cortisol, la hormona del estrés, ante el esfuerzo mental, y que tarda más en recuperarse.
El propio Hess matiza el entusiasmo. Esa selectividad es útil para ahorrar energía, pero puede volverse contraproducente si lleva a evitar actividades exigentes que, a largo plazo, ayudan a mantener la mente en forma.
Cómo distinguir la rigidez normal ante los cambios de una señal de deterioro cognitivo
La reacción es normal cuando la persona se molesta en el momento, pero mantiene su autonomía, explica sus motivos con lógica, como el cansancio o el tráfico, y se calma si se le da tiempo. Avisar con antelación y explicar el porqué del cambio suele bastar para que lo acepte.
Conviene prestar atención si la rigidez llega acompañada de confusión sobre el día o el lugar, de olvidos frecuentes de conversaciones recientes, de reacciones desproporcionadas como el llanto o la agresividad, o de un bloqueo total ante problemas sencillos, como un desvío por obras. También es una señal de alerta que la negativa afecte a la salud, por ejemplo saltarse una cita médica porque ha cambiado de hora.
En esos casos, el primer paso es acudir al médico de familia, que puede hacer una evaluación inicial en la consulta con pruebas breves de memoria y orientación y, si hace falta, derivar al geriatra o al neurólogo.
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